El indiscreto encanto de la política
Noboa y Correa: el show de la polarización
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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El pasado domingo, mientras el mundo miraba los premios Óscar, Ecuador tuvo su propia función. El cruce de descalificaciones en X entre Daniel Noboa y Rafael Correa, a propósito del acuerdo comercial con Estados Unidos, reprodujo un libreto conocido.
Mensaje provocador, respuesta confrontacional y contraataque feroz. Comentaristas, militantes y troles se atrincheran al instante. Las reacciones se multiplican, las visualizaciones explotan y el algoritmo premia el enfrentamiento.
El eje del desacuerdo es la política comercial del Ecuador y su relación con Washington. Noboa sostiene que el acuerdo abre oportunidades para el comercio, la inversión y la cooperación bilateral. Correa, en cambio, advierte que la iniciativa compromete la soberanía nacional al subordinar al país a los intereses estadounidenses.
Cada uno interpreta su papel en una disputa que, en el fondo, busca imponer un marco político sobre el presente del país. Para el Gobierno, el relato es apertura, modernización y ruptura con el pasado. Para el correísmo, soberanía, dignidad nacional y resistencia frente a la injerencia externa.
Son narrativas incompatibles, pero funcionales. Ambas refuerzan la lógica binaria que desde hace años organiza nuestro debate público: gobierno versus correísmo. Noboa consolida su perfil anticorreísta mientras Correa mantiene al correísmo como principal fuerza de oposición.
Paradójicamente, este antagonismo termina siendo útil para los dos. Da cohesión a sus bases, reafirma identidades políticas y, sobre todo, reduce el espacio para que emerjan actores políticos alternativos a las puertas de las elecciones seccionales.
La disputa, por tanto, no es un episodio aislado. Es otro capítulo de una historia repetida: el conflicto se convierte en narrativa política y la política adopta rasgos de espectáculo. X no corrige esa tendencia, más bien la acelera, premiando las frases incendiarias y castigando los matices.
Además, hay un problema de fondo: el tono de la confrontación es vergonzoso. Quienes ocupan —o han ocupado— las más altas magistraturas del Estado deberían encarnar un mínimo de decoro institucional. La democracia también exige formas.
Cuando el presidente y un expresidente convierten la discusión pública en un cruce de agravios debilitan el estándar de conducta que una república debería exigir a sus dirigentes.
Quizás por eso la metáfora de los Óscar no resulta descabellada. Como en el cine, hay guion, actores reconocibles y un público que ya sabe de qué lado aplaudir.
La diferencia es que, en la política ecuatoriana, el espectáculo no termina cuando se apagan las luces. Aquí la función continúa. Y el libreto de la polarización sigue siendo, por desgracia, el más rentable del momento.