El indiscreto encanto de la política
Las primeras señales del nuevo El Universo
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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El reciente cambio de propiedad de El Universo empieza a generar inquietudes sobre su línea editorial. No se trata de un giro abrupto, sino de matices en el encuadre y el tratamiento del discurso oficial. En los medios, un cambio de enfoque rara vez se anuncia; se evidencia.
Durante más de un siglo, El Universo ha sido —con sus virtudes y desaciertos— un referente nacional de periodismo serio. Para amplios sectores, representó un espacio donde el poder respondía preguntas incómodas y se sometía al escrutinio público.
En el gobierno de Rafael Correa, cuando el periódico enfrentó demandas millonarias y sentencias que pusieron en riesgo su continuidad, su posición se convirtió en símbolo de defensa de la libertad de expresión frente a la presión estatal.
Por eso, su venta no es solo una noticia empresarial: es un hecho político. Y los hechos políticos producen señales que conviene leer con atención.
El 1 de marzo, el diario publicó la nota "Muertes violentas caen un 38 % en Guayaquil tras detención de Aquiles Álvarez, confirman cifras oficiales". El artículo recoge, sin mayor problematización, las declaraciones del presidente Noboa —quien afirmó que "el alcalde criminal ha sido atrapado y desde entonces hemos visto resultados concretos"— y las amplifica sumando datos del Ministerio del Interior presentados como confirmación.
La nota incorpora al final opiniones de expertos que relativizan la relación automática entre detención y reducción de homicidios. Sin embargo, ese contrapeso llega tarde y resulta insuficiente frente a un titular y una estructura narrativa que ya sellaron el mensaje: la detención del alcalde redujo los homicidios.
El problema es el encuadre. Dieciséis días es una ventana demasiado estrecha para sostener una inferencia causal de esa magnitud: no se descartó la estacionalidad, ni el efecto acumulado de operativos previos, ni posibles variaciones en el registro policial. En el periodismo riguroso, ese tipo de preguntas suele anteceder al titular.
La portada impresa del mismo día refuerza esa impresión. Mientras el mundo reaccionaba al ataque de Estados Unidos contra Irán ocurrido el día previo —un hecho de evidente repercusión global—, el diario eligió como titular principal: “¿Qué nexos hay entre la baja de crímenes y Aquiles?”. La noticia internacional quedó relegada a un recuadro inferior.
Una nota no define a un medio; pero un patrón, sí. Cabe esperar que estas publicaciones hayan sido hechos aislados y no respondan a una estrategia deliberada. En un contexto de alta polarización, el diario no debería derivar hacia una función amplificadora del discurso oficial.
No necesita convertirse en opositor sistemático, pero tampoco en caja de resonancia del poder.
Honrar su herencia implica ejercer el mismo rigor frente a cualquier gobierno, someter las cifras al mismo escrutinio y preservar la distancia crítica que durante décadas lo distinguió como un medio serio e independiente.
La libertad de prensa no se defiende por nostalgia, sino por necesidad democrática: sin medios capaces de incomodar con rigor, el poder deja de rendir cuentas y la ciudadanía pierde el derecho a distinguir hechos de consignas.