El indiscreto encanto de la política
Ganar la narrativa, perder la alcaldía
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
Actualizada:
Analistas, presentadores y periodistas alineados con el Gobierno utilizan sus tribunas para instalar la narrativa de que, así como en el plano nacional, en las elecciones seccionales el anticorreísmo debe aglutinarse en torno a las figuras oficialistas para evitar que la Revolución Ciudadana copte esos espacios.
El trasfondo estratégico es evidente: se busca replicar la polarización nacional para concentrar el voto, evitar la dispersión y cerrar el paso a outsiders o terceros actores. El problema es que esa lectura, funcional en elecciones presidenciales, suele fallar en el ámbito local y, en no pocos casos, resulta contraproducente.
En el plano nacional, la polarización cumple una función ordenadora: reduce alternativas, simplifica la competencia y estructura identidades políticas. En la última elección presidencial, por ejemplo, la disputa se organizó en torno a clivajes claros —noboísmo o correísmo—, lo que condujo al elector a votar por adhesión o rechazo antes que por una evaluación programática.
Las elecciones seccionales tienen una lógica distinta. El voto territorial es más pragmático y menos ideológico. El elector evalúa a los aspirantes por sus credenciales de gestión, cercanía y conocimiento del territorio. No vota contra alguien, sino a favor de quien percibe como mejor administrador de problemas concretos: movilidad, seguridad, servicios y obra pública. La identidad política importa, pero no es decisiva.
Cuando se intenta “nacionalizar” una elección local, se introduce un elemento que distorsiona la competencia y desplaza la agenda de lo concreto a lo abstracto. La campaña deja de centrarse en los problemas de la parroquia, el cantón o la provincia y pasa a reproducir disputas nacionales, ajenas al día a día de la gente. En ese proceso, el candidato se desconecta del territorio.
Las derrotas de Augusto Barrera en Quito y Paúl Granda en Cuenca, en 2014, son ilustrativas. Ambos procesos se plantearon en clave nacional y estuvieron marcados por la intervención de Rafael Correa, en su momento de mayor fortaleza. Mauricio Rodas y Marcelo Cabrera ganaron las alcaldías al instalar una narrativa de gestión y cercanía. La “nacionalización” de la campaña terminó debilitando a las candidaturas oficialistas.
Forzar una polarización en este contexto no solo desordena la campaña, sino que reduce su eficacia. Las elecciones seccionales se definen en el barrio, no en Carondelet.