Columnista invitada
Las muñecas de la mafia en Samborondón; no solo venden favores, también lavan millones
Experta en prevención de crimen organizado. Docente de la UG, con más de 5 años de expertise en prevención de crimen organizado y lavado de activos. Licenciada en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. Máster en Seguridad.
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Hoy, el lavado de activos, que no proviene exclusivamente del narcotráfico, representa cerca del 40 % del producto interno bruto del país. En términos prácticos, una parte sustancial de la economía ecuatoriana se sostiene sobre capitales de origen criminal. Sin embargo, en los últimos días, debido al asesinato de alias “El Marino”, el debate público no ha avanzado hacia una comprensión seria del fenómeno. Por el contrario, ha derivado en un morbo excesivo que desplaza el análisis estructural del lavado de dinero y sus efectos reales sobre el Estado y la sociedad.
El morbo social se ha desplazado hacia las llamadas “muñecas de la mafia”, retratadas con frecuencia como mujeres jóvenes cuya estética se asocia a los arquetipos de las muñecas Bratz de los años noventa. En el discurso público, estas figuras suelen ser presentadas, de manera muy errónea, como víctimas colaterales. Sin embargo, en la mayoría de los casos se trata de cómplices específicas y eficaces dentro de los esquemas de lavado de activos y del modus operandi.
Estas mujeres suelen estar vinculadas al crimen organizado transnacional junto con su entorno familiar inmediato, incluidos padres y hermanos. Para lavar activos se requiere una red amplia de colaboradores capaces de desempeñar roles específicos altamente complejos.
Por ejemplo, en el estado de la Florida, una de las nacionalidades que más compra bienes raíces es la ecuatoriana; la gran mayoría son mujeres jóvenes que aseguran que su esposo o pareja sentimental es un empresario. Este esquema ha sucedido por más de 10 años.
Estos esquemas no funcionan sin la participación de personas integradas en las élites económicas o en sectores de clase media, cuya apariencia de respetabilidad resulta clave para sostener la ficción de legalidad. Además, el lavado de dinero exige inversiones millonarias y mecanismos ágiles para adquirir bienes, acciones o proyectos: viviendas para los padres de la pareja, negocios para sus parejas, propiedades a nombre de hermanos o primos, activos transferidos a hijos o familiares cercanos.
Como un dato de interés, los mejores negocios para lavar activos siempre están en los negocios de minería, bienes raíces, acuicultura, arroceras, carros usados, empresas de saneamiento o de recolección de basura, importadoras, casas de cambio o remesadoras, joyerías o galerías de arte y, finalmente, grupos deportivos locales e internacionales, entre otros. Estos ejemplos, cualquier estudiante en prevención del crimen organizado lo sabe debido al modus operandi.
La necesidad de externos para el lavado se debe a que el líder o los miembros directamente asociados al grupo delictivo enfrentan severas restricciones para operar bajo su propio nombre debido a la presión judicial y al escrutinio de las autoridades. Precisamente por ello, el uso de terceros, familiares, parejas y círculos de confianza no es una excepción, sino una pieza central de la arquitectura financiera del crimen organizado. Por ende, poco o nada importan las penas por crímenes financieros al líder del GDO, sino más bien las penas y los decomisos a su familia extendida, incluyendo abuelos.
En el caso específico de alias “El Marino”, lo que resulta particularmente llamativo en Ecuador es que tanto él como su hermana figuraban como titulares de varias empresas supuestamente “legales”. En principio, no deberían haber tenido la capacidad jurídica para constituir y sostener ese tipo de estructuras empresariales.
La cuestión central es determinar si dichas empresas generaban ingresos reales o si, como ocurre con frecuencia, funcionaban como compañías pantalla: negocios que aparentan operar, pero que en realidad registran pérdidas constantes o actividad mínima. Este tipo de empresas ficticias no solo facilitan el lavado de activos, sino que además distorsionan el mercado. Para las empresas legítimas, competir con estructuras que no dependen de la rentabilidad sino del dinero ilícito resulta, sencillamente, imposible.
Finalmente, como una crítica ciudadana más subjetiva de mi parte, tanto en Samborondón como en Cumbayá se ha normalizado una escena conocida en las urbanizaciones: el vecino posiblemente vinculado al narcotráfico, su camioneta Ford F-150 y la Bratz que lo acompaña con seguridad privada. Es una puesta en escena que, en otros contextos, como el mexicano, suele, aunque sea, leerse como kitsch, naco o de mal gusto, pero que aquí se ha integrado al paisaje cotidiano.
Frente a ella, la reacción social es casi siempre la misma: saludar, mirar hacia otro lado y fingir normalidad. No siempre por complicidad económica, pero sí por una combinación peligrosa de miedo, resignación y adaptación. Esa aceptación silenciosa es, en sí misma, una de las victorias más profundas del crimen organizado.