No son traiciones; son transiciones
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Decía Freud con razón que la Naturaleza no tiene moral; tampoco la tienen los servicios de inteligencia como la CIA, la exKGB o el Mossad. Hablamos de moral como la entienden el ciudadano de a pie, la señora del mercado y tantos columnistas que llaman a respetar los valores, los derechos, el bien común, la lealtad y cosas así, muy bonitas pero muy maleables. Y pisables.
Por eso, cuando la CIA recomendó al presidente de EE.UU. que dejara a María Corina colgada de la brocha y mantuviera en el poder a los hermanos Rodríguez, era evidente que la inteligencia gringa había aprendido la lección de Irak, donde derribaron el aparato del Estado, dejando un vacío de poder que vino a ser ocupado por el Estado Islámico.
Ahora querían una transición que no se les fuera de las manos, pero los chavistas duros vieron toda la jugada como una traición de Delcy a Maduro y al catecismo antiimperialista de Hugo Chávez.
Hablar de traición en la alta política es una ingenuidad. Cuando alguien estorba, se lo quitan de en medio y punto. Maduro estorbaba a Trump y a Delcy por igual. Los agentes de la CIA hicieron su trabajo, conversaron con los interesados y enviaron su recomendación. Si en tiempos del Renacimiento un noble florentino vertía de su anillo unas gotitas de veneno en la copa de quien interfería en sus planes y punto, ahora Donald y el Pentágono montaron un show hemisférico para que nadie dudara de su poderío militar ni de su resolución.
Y Delcy cumple con el papel asignado: repite el discurso chavista para mantener apaciguados a los colectivos y a los diosdados y padrinos, al tiempo que va ubicando a su gente en puestos clave del Gobierno. Por otra parte, concede el petróleo al goloso imperio, devuelve la libertad a cientos de presos políticos y su servicio de inteligencia supuestamente colabora con el FBI para capturar a Alex Saab, testaferro de Maduro.
Estamos ante una transición relativamente pacífica que empieza a concitar aceptación internacional, aunque no falten resentidos que califiquen a Delcy como ‘Fouché, símbolo de las deslealtades y genio de las transiciones.
A la deliciosa biografía del francés, Stefan Zweig le puso como subtítulo: ‘Retrato de un político’. Ni perverso ni amoral, simplemente político. A Fouché le atribuyeron una frase que es más probable que la pronunciara el canciller Talleyrand ante el caso del duque de Enghien, quien, por orden de Napoléon, había sido secuestrado en el extranjero para ser juzgado y fusilado en París. “Peor que un crimen, fue una estupidez”, dijo el canciller. Ajeno a los cuestionamientos morales, simplemente juzgó sus resultados.
En efecto, las monarquías europeas se escandalizaron porque atropellaban a uno de los suyos, a un Borbón, y creció el rechazo diplomático a Napoleón, visto como un tirano irracional. Su respuesta fue proclamarse emperador meses después.
En términos de imagen, a Trump le ha funcionado mejor el secuestro de Maduro: ya nadie opina en los medios que fue un error, ni importa quién traicionó a quién; lo que cuenta es cómo se está reordenando el poder y si Delcy logrará sortear los peligros que la acechan de lado y lado. Crece la expectativa luego del apresamiento de Saab, que tiene a los exjerarcas del madurismo durmiendo con los dos ojos abiertos.
Dado que todos ellos son bolivarianos, la comparación con Lenin Moreno es impajaritable. Moreno y otros ministros del gobierno de Rafael Correa que no renunciaron a las mieles del poder –tales como José Serrano, Fander Falconí y María Fernanda Espinosa– fueron estigmatizados como traidores por sus excompañeros.
Sin embargo, la mayoría de ecuatorianos aplaudió el giro de Lenin pues no lo vio como una traición sino como una transición indispensable para que él y el país se liberaran del socialismo del siglo XXI. Sucesivas elecciones presidenciales, en las que han ganado los opositores al correísmo, le han dado la razón a Lenin Boltaire.
Otro ejemplo es la muy elogiada transición española. Tampoco allí fue un revolucionario desgreñado quien la condujo sino un atildado joven salido de las filas del franquismo, Adolfo Suárez, quien logró contener a sus excoidearios, que lo acusaban de traición absoluta desde que legalizó al odiado Partido Comunista de Santiago Carrillo. También apostó por la democracia el joven rey Juan Carlos, otro Borbón colocado en el trono por Franco.
Queda por verse cuán hábil resulta Delcy para quitarse definitivamente de en medio a Diosdado y a Padrino, ahora que muchos de los discípulos del histriónico comandante que incendió América Latina con su discurso revolucionario y su inagotable chequera, están botando a la basura la camiseta del Che Guevara para enfundarse la del Tío Sam.