No es normal
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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El brutal crecimiento de la violencia en el Ecuador es realmente lamentable. Los números de homicidios de los últimos años sitúan al país entre los más violentos y peligrosos a nivel mundial. El 2025 cierra como el año más violento de la historia del país, con una tasa de más de 50 homicidios por cada 100.000 habitantes. El narcotráfico y otras formas de crimen -organizado y desorganizado- se han tomado el país y han permeado prácticamente todas sus esferas.
Aparte de tener que convivir con los riesgos cotidianos como el ser robado, asaltado, e incluso asesinado, la violencia tiene otro efecto igual de perverso: su normalización. LA VIOLENCIA NO ES NORMAL, y no debemos pensar que sí lo es. Si lo hacemos, nos acostumbraremos a vivir con ella y cada vez se irá incrustando más en nuestra cotidianeidad.
No es normal que, casi inevitablemente, el tema de la inseguridad se haya convertido en tema recurrente en las conversaciones familiares o entre amigos.
No es normal que en los centros comerciales se revise a los visitantes a la entrada para ver si portan armas.
No es normal que en la puerta principal de mi lugar de trabajo, tras un asalto a un vehículo blindado, hayan asesinado a una persona.
No es normal que asalten a una cafetería del sector más moderno de la capital ecuatoriana y un guardia termine asesinado.
No es normal que mis hijos, de nueve y once años, tengan que escuchar con frecuencia conversaciones sobre cadáveres y narcotraficantes. No es normal que sepan a la perfección lo que la palabra “sicario” quiere decir, y lo que “lavado de dinero” significa.
No es normal que en las cárceles de varias ciudades haya masacres que acaben en la muerte de decenas de presos.
No es normal que en mi barrio haya altoparlantes que anuncien “Atención: Zona Vigilada” (como si eso nos hiciera sentir más seguros).
No es normal que en pueblos de la costa amanezcan acribilladas personas – varias veces al año.
No es normal que futbolistas sean asesinados porque a algún apostador no le convino su actuación en un partido.
No es normal que un candidato a presidente de la república sea asesinado en plena calle después de un mitin.
No es normal que de los puentes de distintas ciudades del país amanezcan colgados los cuerpos de personas asesinadas.
Y no es normal que hayamos llegado a creer que todo lo anterior es normal. Vivimos en una sociedad que poco a poco ha ido enfermando y en la que nos hemos acostumbrado a convivir con la violencia, e incluso a aceptarla.
Si bien todos sufrimos de la escalada en los niveles de violencia de alguna manera u otra, debemos hacer conciencia y repetirnos varias veces que esto no es normal, que no es inevitable y que no es algo a lo que debamos resignarnos. La violencia no es un fenómeno natural, ni una condición permanente de nuestra sociedad: es el resultado de decisiones -y omisiones- políticas, institucionales y sociales acumuladas durante años.
Normalizar la violencia es quizás uno de sus efectos más peligrosos. Cuando dejamos de sorprendernos -de indignarnos-, cuando asumimos que vivir con miedo es parte del día a día, cuando ajustamos nuestras rutinas, nuestras conversaciones y nuestras expectativas a la lógica del terror, la violencia deja de ser solo un problema de seguridad y se convierte en un problema moral y democrático. Una sociedad que se acostumbra a la violencia es una sociedad que empieza a tolerar lo intolerable.
Esto no implica desconocer la complejidad del problema ni minimizar los desafíos que enfrenta el Estado. Combatir al crimen organizado, recuperar el control territorial, reformar el sistema penitenciario y reconstruir instituciones debilitadas no es sencillo ni rápido. Pero reconocer la dificultad del desafío no puede llevarnos a aceptar la violencia como un costo inevitable de vivir en el Ecuador contemporáneo.
Decir que “no es normal” no es un simple ejercicio retórico ni un gesto de ingenuidad. Es, por el contrario, un acto de resistencia cívica. Es negarse a que la violencia se vuelva paisaje, a que los asesinatos se conviertan en estadísticas frías, a que el miedo determine silenciosamente cómo vivimos, cómo educamos a nuestros hijos o cómo imaginamos el futuro.
Repetir que la violencia no es normal es también una forma de exigir más: más Estado, más justicia, más prevención, más política pública basada en evidencia y menos improvisación; más responsabilidad a quienes gobiernan y menos acostumbramiento por parte de quienes somos gobernados. Porque cuando aceptamos la violencia como algo normal, dejamos de exigir soluciones y empezamos a conformarnos con sobrevivir.
Y sobrevivir no puede ser el horizonte de una sociedad. Vivir con dignidad, sin miedo y con la expectativa razonable de seguridad no es un privilegio, es un derecho. Recordarlo, decirlo en voz alta y negarnos a normalizar lo que nos está destruyendo es, quizás, el primer paso para recuperar un país que no debería reconocerse en esta violencia cotidiana.