El Chef de la Política
¿Crisis política?, ¿crisis judicial?
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Una crisis se verifica por un cambio profundo entre un estado actual y el que se tenía tiempo atrás. Si las variaciones son mínimas, no hay crisis, sino continuidad. Por tanto, si las modificaciones son poco perceptibles entonces nos hallamos frente a un escenario previsible. Y lo previsible es sintomático de lo estable. Ese tipo de estabilidad no nos puede gustar, pero es lo que la realidad expresa. De allí que el uso abusivo de la palabra crisis lejos de ayudar al cambio puede fomentar la persistencia. En el caso del sistema político y judicial del Ecuador no hay crisis, simplemente continuidades.
De hecho, una ligera revisión de medios de comunicación y de la propia memoria histórica de las personas lleva a concluir que lo ocurrido en las últimas semanas en la esfera política o en la de naturaleza judicial no se distancia en mayor medida de lo que se ha dado en el país a lo largo de los últimos años. Las cartas de presentación de los asambleístas, por ejemplo, no difieren mucho entre esta conformación de la legislatura y las tres o cuatro anteriores. Mediocridad y escándalos de corrupción han sido las características esenciales de nuestro cuerpo legislativo, independientemente de la organización electoral.
A nivel del gabinete ministerial sucede algo similar. Personas sin mayores conocimientos sobre las áreas en las que ejercen su cargo y ausencia de una agenda de política pública definida son los rasgos distintivos de quienes han ocupado ese tipo de espacios, más allá de las administraciones presidenciales. En la gestión pública, las diferencias entre la ignorancia en el manejo del aparato estatal de los funcionarios de ahora y los del pasado inmediato son mínimas. Ahí otra recursividad. Así funciona nuestro sistema político. No hay nada que deba extrañarnos, por tanto, en lo que viene sucediendo en el día a día.
En la esfera judicial tampoco hay nada nuevo. Más de lo mismo. La independencia de los jueces para tomar decisiones es una mera declaración que no refleja en modo alguno cómo se ha conducido históricamente la relación entre quienes administran justicia y quienes gozan del poder político. Las dificultades que tienen los actores políticos para resolver sus diferencias en esa arena son zanjadas en los tribunales de justicia con prisiones preventivas o allanamientos. En ciertos casos, los informes de responsabilidad penal de la Contraloría han sido también la vía de desfogue de la conflictividad política. Si sacamos los nombres del análisis y solo incluimos hechos, las diferencias entre lo que se ve ahora y lo que sucedía en el pasado son mínimas. Somos un país previsible.
De las libertades, ni hablar. Las tenemos abundantemente descritas en ese documento llamado Constitución que, en algunos sistemas sirve como matriz de los acuerdos de convivencia democrática, pero que acá es solo un conjunto de parámetros meramente referenciales. Agresiones desde el poder a los periodistas, a los medios de comunicación y a las opiniones disidentes están a la luz del día hoy pero también ayer y anteayer. Las diferencias son mínimas, casi imperceptibles. Que nuestra estabilidad sea de baja intensidad no quiere decir que no esté presente.
En resumen, nuestros sistemas político y judicial arrojan resultados previsibles independientemente de quiénes sean los que mueven las tuercas del aparato estatal. Aunque la crítica a lo coyuntural no deja de ser respetable, lo de fondo es asumir que los problemas del país son sistémicos y, por tanto, requieren respuestas de ese tipo. Así, mientras no ataquemos a los aspectos estructurales, lo que vemos hoy en la política o la justicia no dejará de ser parte de la normalidad, de nuestra normalidad. Desde luego, si asumimos que ese tipo de códigos de relacionamiento no nos hacen bien, la posibilidad del cambio está en mirar más allá de lo epidérmico. No estoy seguro de que como sociedad estemos dispuestos a asumir ese debate. Da la impresión de que estamos cómodos en la labor de admirarnos de lo que sucede en el día a día y asumir que todo tiempo pasado fue mejor, cuando en realidad fue muy similar a lo que ahora nos conmociona.