El Chef de la Política
Se apagan las voces
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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El país vive un preocupante proceso de agotamiento de la opinión pública. Cada vez hay menos voces que orienten la discusión de temas de interés nacional o seccional. Cada vez las perspectivas constructivas sobre lo que deberíamos ser como sociedad son más difíciles de encontrar. Cada vez la criticidad, que no quiere decir oposición al orden constituido por el solo hecho de hacerlo, está más venida a menos. Cada vez la evaluación analítica de un momento de la vida social, intentando despojarse parcialmente de apasionamientos o sesgos de diversa naturaleza, tiene menos espacio. Cada vez más la vida pública, en definitiva, se acerca más al ostracismo.
El escenario descrito no se explica por la carencia de ciudadanos que estén en capacidad de poner en evidencia lo que ocurre a diario en el país. Capital humano hay, y de muy buen cuño. El problema es que, peligrosamente, los espacios en los que se pueden escuchar ese tipo de opiniones se están reduciendo. Los medios de comunicación tradicionales batallan, en muchos casos, por captar audiencias nuevas y en esa búsqueda la frivolidad gana terreno a pasos agigantados. Otros medios de comunicación, de su lado, se disputan codo a codo la presea de ser el más esbirro del poder de turno. En esa competencia, están dispuestos a hacer cualquier cosa por recibir la palmadita de los gobernantes. Si hay algún cariño adicional en vil metal, mejor. Si hay un almuerzo o una cena entre las altas esferas gubernamentales, bienvenido sea.
Tristemente esa es la realidad del país. Como corolario, buena parte del periodismo se encasilla, hoy por hoy, en una categoría de análisis que sería la del lambiscón con micrófono. Este penoso grupo se dedica cotidianamente a hacer una defensa de los intereses de los actores políticos con los que se encuentra alineado, pero bajo los más escatológicos parámetros. No guardan ni las más elementales formas. Por supuesto, el decoro no está entre sus referentes de vida. Salen ahí, a diario, a recitar el guion que les preparan sus mandamases y frente al que, en muchas ocasiones, ni siquiera entienden bien su contenido. Se visten bonito y hablan pausado, cambian el tono de voz y se maquillan. Tratan así de disimular su estatus de paniaguados del siglo XXI.
Se podrá decir que el triste panorama que vive el país en términos de escasez de opinión pública se lo puede subsanar recurriendo a las redes sociales. Verdad a medias. Para exponerse a ese público hay que tener las agallas y el hígado en buenas condiciones para soportar lo que allí se ventila. Ese es el espacio de los criterios sesudos, pero también el tinglado en el que se procesan las más vergonzosas disputas entre quienes, por sus problemas de autoestima, no tienen otro medio que las redes sociales para buscar legitimación social. Discriminar entre lo bueno, lo malo y lo feo que circula en la esfera digital no es cuestión fácil.
Pero en la ausencia de espacios no está toda la explicación del debilitamiento de la opinión pública. Hay otros factores del ambiente que también inciden y allí son decisivas las restricciones que provienen desde la política hacia la libertad de expresión. Nada que sea nuevo en el país, en efecto, pero no por ello ahí hay una justificación para despreocuparse de ese terrible mal de nuestros gobernantes. Se ha hecho costumbre en el país asumir la crítica como oposición y también se ha hecho costumbre perseguir a los supuestos opositores a través de los medios más ruines e infames. La justicia es solo uno de ellos. El SRI o la Contraloría cumplen también su rol de recaderos de los intereses de quienes detentan el poder político.
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Y así vamos, perdiendo de a poco la posibilidad de informarnos de forma crítica. Reduciendo cada vez más los espacios en los que las voces con conocimientos especializados pueden orientar al país. En esas seguimos, agregando en el día a día periodistas que han desfigurado a tal punto su función social que al momento no son sino vulgares parlantes de las disposiciones e intereses de quienes solventan sus lujosos, pero al mismo tiempo banales, estilos de vida.