De la Vida Real
Las arepas en la pantalla, el Ecuador en mi cabeza
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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En un programa ecuatoriano de televisión de la mañana hablaban de lo fácil que es preparar arepas y de lo deliciosas que quedan rellenas con carne mechada.
También decían que son una maravillosa opción para los celíacos (personas que no toleran el gluten).
Y yo pensé: sí, la arepa es deliciosa, pero tampoco es más rica que una tortilla de verde rellena de queso. O que una tortilla de yuca con harto queso y bañada en miel de panela, o las deliciosas tortitas de quinua con zanahoria.
Nosotros, los ecuatorianos, tenemos miles de opciones riquísimas que no tienen gluten.
Mientras veía el programa seguía pensando: qué tal los productores de este programa, por qué no preparan nuestros platos. No me gusta llamarles platos típicos, porque siempre lo típico es complicadísimo de preparar. ¿Han visto la receta para hacer el típico rosero? Es un plato en peligro de extinción por lo elaborado que es.
Pero hacer unas tortas de yuca es lo más fácil del mundo y son deliciosas. Igual que las tortas de verde, o los llapingachos con huevo frito.
Mi cuñada me enseñó a hacer unas torrejas de maduro con queso que son una delicia. Son facilitas. Se les pone un poquito de manjar y, mamá mía, eso ya entra en la categoría de comida gourmet.
Creo que las tortillas y tortas que preparamos en el Ecuador tienen algo maravilloso: se pueden comer a cualquier hora y acompañadas de cualquier cosa. Pero no las valoramos lo suficiente.
Las tortillas de verde a eso de las seis de la tarde son un placer. No me encanta el café, pero con un té al estilo inglés, pintadito con leche… qué nivel.
O cuando te dan de postre unos muchines de yuca. Qué regalo de la vida.
O al desayuno preparar unas deliciosas tortitas de camote asadas en el sartén. Es el motivo perfecto para comenzar el día agradecidos con la vida.
Cuando vivía en la casa de mis papás no había mejor regalo que llegar del colegio y que en el almuerzo hubiera llapingachos con huevo frito y remolacha. Solo con ese plato se justificaba existir. Y la Jacinta, la empleada de esa época de mis papás, hacía bastante seguido ese menú y me decía:
—Niña Valen, solo de verle comer con tanta felicidad me alegra la vida.
Y ella no tenía idea de cuánto me alegraba a mí el alma con ese menú.
Creo que los llapingachos están subvalorados. Son lo más rico que existe y facilitos de preparar. Si están fritos en manteca de chancho, mejor todavía.
El programa seguía y yo seguía, en mi mente, peleando con toda la diversidad de comida ecuatoriana que le gana a las arepas.
El chef estaba explicando cómo se pone la carne mechada dentro de la arepa, pero yo pensaba: esa carne mechada encima de un bolón con queso, o mixto. Uf, qué delicia.
—Para las personas intolerantes a la lactosa estas arepas son perfectas porque no llevan queso —comentó la presentadora.
Y yo le refutaba mentalmente: se puede comer esa delicia con unas tortitas de verde sin queso. O un majado sin queso.
Nuestra comida es tan buena que le quitas el queso y no pasa nada. No solo con las arepas pasa eso.
Sí, reconozco que mi fanatismo por la comida ecuatoriana supera cualquier lógica. Pero me da iras que la gente siempre prefiera y defienda lo que se come en otros países y no lo nuestro.
Ese mismo programa, con un menú de tortitas de verde, habría superado de largo cualquier rating. Porque cada familia tiene su propia receta.
Por ejemplo, mi suegra siempre me dice que para que las tortas de verde no queden secas se les agrega un poquito del agua donde se cocinó el verde. Así quedan suavitas, y yo las hago tal cual. Mis hijos se devoran.
Pero el otro día vi otra receta en que el truco está en ponerles bastante mantequilla.
Y ahí está el secreto de nuestra comida: la base es la misma, aunque el proceso cambie.
Quizá por eso me dio tantas iras ese programa: hablaban de la maravilla de la arepa, mientras yo pensaba en todos los manjares que tenemos nosotros.