De la Vida Real
Mi dislexia y yo, buscando tribu
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
Al ser mamá de tres niños, pasar a full trabajando y tener una vida social limitada, se me ocurrió hace diez años, más o menos, que el mejor escape sería entrar a un club de libro. Pero jamás pensé que resultaría una tarea titánica.
Una amiga me contó: “Valen, en mi club de libro pasamos tan lindo. Nos reunimos una vez al mes”, y yo quería que siguiera y me dijera: “Valen, te invito a ser parte”. Pero no. Solo me sacó prosa de lo lindo que es su grupo, de los libros que leen y de los paseos que hacen. Le pedí que, por favor, me invitara a ser parte de su club, y me dejó de hablar. Hace diez años que no sé de ella.
Luego le escribí a una chica que maneja muchos clubes de libros. Me dijo que no, que ya los cupos estaban llenos, que si quería, me podía integrar al virtual (y esto fue antes de la pandemia). Me sentí tan mal. Me pareció ridículo entrar a un club de libro por medio de la frialdad de la computadora. Yo quería hacer amigas, comer rico e irme de paseos. Salir de la rutina.
Pasaron algunos años y, cada vez que pedía ser parte de un club de libro, me rechazaban de la manera más sutil o más frontal posible. Hasta empecé a dudar de mis capacidades de comprensión lectora. Como he dicho públicamente que soy disléxica, pensé que tal vez a nadie le guste compartir un club de libro con alguien que, en vez de “casa”, lee “coso”, o que se confunde al leer en voz alta. Sentí pena de mí y decidí hacer mi propio club de lectura, pero no tenía a quién invitar.
Les dije a unas amigas bastante cercanas y ellas me dijeron que ya estaban en uno. Yo no tenía idea de que ya pertenecían a un club de lectura. Hasta me hice la idea de que ellas estaban juntas y me descolgaron. No quise indagar mucho para no sentirme peor. Dejé que el tiempo curara las heridas y juré no volver a tocar el tema con ellas. Pero ¡qué dolor en el corazón que me dio!, además, a ninguna le gusta de verdad leer. Sentí envidia de que ellas sí pertenecían a un club de lectura y yo no.
Ahora sé, por chismes lejanos, que no duraron más de tres meses en sus clubes de libros, y yo me alegré tanto (cosa que tampoco he asumido públicamente).
Cada vez que alguien decía que estaba en un club, yo pedía que me ingresaran, ya sin dignidad, dispuesta al rechazo. A mi tía, a mi tía que tanto amo, le pedí que me dejara entrar en su club. Me dijo que todas las señoras tienen más de ochenta años. Le respondí con lágrimas en los ojos que no importa, que me invite, por favor. Pero me dijo que no. Hasta le propuse llevar y traerle. Pero su negación fue rotunda, como todas las anteriores peticiones.
Así que me resigné a jamás participar en un club de lectura. Pero nunca me resigné del todo, porque encontré uno en Instagram y les escribí; y me dijeron que se acabaron los cupos presenciales y que podía entrar al virtual con un costo de treinta dólares mensuales. Les bloqueé. “Qué pendejas”, pensé. Entonces ahí sí me resigné. Mi dislexia y yo seguiríamos leyendo a nuestro ritmo, en silencio y en completa soledad.
Hasta que, en un grupo de Facebook, alguien puso que quería pertenecer a un club de libro en el Valle de los Chillos. En ese momento le escribí por interno, un poco desesperada. Nunca me contestó. Dejé un comentario, también desesperado, diciendo que me interesaba de verdad ser parte o formar un club de libro. Y una chica me respondió y juntas formamos un grupo de WhatsApp, con un link y todo.
Fue un éxito. Ya tuvimos la primera reunión: leímos el primer libro, comimos picaditas, nos reímos, nos conocimos y hasta nos contamos nuestras penas. No he sido la única rechazada al querer pertenecer a los clubes de libros.
Así que ahora las rechazadas leemos con fuerza, esperamos con ansias la segunda reunión y lo más lindo es que todas queremos un club de libro relajado, lindo, ligero y, sobre todo, con variedad literaria, sin análisis profundos. Solo hablar de los libros, comer, reírnos y seguir soñando mes a mes con nuestro próximo encuentro.
¿Saben qué, queridos lectores? Siento que ahora soy un poquito más feliz de lo que era antes.