De la Vida Real
Ochenta años bien contados
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Eran los 80 años del tío. En todas las familias hay ese tío bueno, al que todos quieren, respetan y del que sabes que puedes contar con él para lo que sea. El tío que no juzga, escucha, tiene una cultura y una inteligencia envidiables, aparece cuando hay que mover un mueble, está dispuesto siempre a hacer un favor y luego simplemente se sienta a conversar.
En mi familia ese tío es el tío Jaime.
Para su cumpleaños le preparamos un almuerzo grande, de esos que ya no se hacen. Nada de reservar en restaurante ni contratar catering. Fue un almuerzo de casa, de olores a refrito y pastel horneado y de ollas grandes.
Con mi tía hicimos lomos de chancho, fréjol, arroz, maduro acaramelado y mi especialidad culinaria, la única que jamás me falla: cueritos picantes. De esos que pican de verdad y hacen que los invitados digan “solo un poquito más”, y se repiten una y otra vez.
Mi tía, además, hizo dos pasteles de zanahoria con nuez, con una cobertura espectacular de queso crema, mantequilla y una cantidad de azúcar impalpable que haría llorar a cualquier nutricionista.
Compramos colas, aguas y licores. Contratamos dos pajes para que nos ayuden a servir, porque cuando la familia es grande, la logística también. Sacamos las mesas al jardín, armamos con mi prima unos floreros lindísimos y también preparamos bocaditos. Todo estaba listo para festejar al tío a lo grande, como se merece alguien que ha sido bueno toda la vida.
Los invitados empezaron a llegar. Eran solo familia y un amigo especial, pero claro, el tío tiene doce hermanos, más la familia de la tía, o sea, la nuestra. En total éramos cuarenta y cinco personas.
Todo salió increíble. En la noche pasamos humitas y pizza, porque siempre hay espacio para más comida, aunque uno jure que ya no puede y está a punto de reventar.
Los invitados jamás pasaron, como dice mi papá cuando se refiere a la sala, a los amplios salones. Todos nos quedamos en el jardín. Sacábamos más sillas, nos íbamos acomodando como podíamos, contando historias y anécdotas. Las risas eran como las olas del mar, una tras otra, sin descanso.
Hasta que alguien dio paso a la ronda de cachos. Y ahí ya no hubo retorno. Las risas tranquilas se convirtieron en verdaderos tsunamis. Los cachos iban subiendo de tono, cada vez más chistosos, cada vez más patanes o, como decía mi abuela, “chistes colorados”.
Mi abuelita, si oía todo lo que se contó esa noche, se hubiera vuelto a morir. Literal.
Y yo, aparte de contemplar el talento de cada persona que contaba cachos, me di cuenta de algo: es una tradición que está casi extinguida. La gente mayor tiene una memoria privilegiada. Recuerdan textos largos, hacen cierres perfectos y pausas exactas. Los jóvenes ya no tenemos ese don ni esa gracia. Tenemos memes, pantallazos y videos de quince segundos, que son los que nos entretienen.
Además, para contar cachos hay que tener una gracia especial. Hay gente que nace con ese talento. No todos pueden contar un cacho. No basta con sabérselo de memoria, hay que saber decirlo y cómo decirlo.
Los más jóvenes que estaban presentes, de unos quince a veinticinco años, nunca habían oído un cacho en vivo. No les parecía chistoso. Y claro, los cachos son lo menos correcto que existe. Se burlan de los gordos, de los flacos, de los infieles, de los cornudos, de los pobres, de los ricos, de los cojos, de los tartamudos. Todo lo que hoy es políticamente incorrecto, concentrado en dos minutos de relato lleno de gestos y mímicas.
Para una generación como la mía, que creció oyendo cachos pero ya no puede retener ni uno solo, escuchar a los viejos contar es un verdadero placer. Es memoria oral, es una tradición de las reuniones de antes.
Mi tía, la esposa del tío, sacó una “polla” para seguir con los cachos. Cada uno peor que el otro. Y nosotros no podíamos parar de reír, porque además se equivocaba con la polla incluida, lo que hacía todavía más chistoso el momento.
Y sí, el cumpleaños del tío tuvo magia. No se contrató catering, no hubo banda ni grupo musical para entretener a los invitados. Hubo historias, anécdotas y cachos, muchos cachos.
Y lo que más hubo fueron risas. Muchas risas. Y esa complicidad familiar que aparece de vez en cuando para recordarnos que, a veces, lo único que hace falta es un tío Jaime para poder festejar su cumpleaños.