De la Vida Real
'Hiedra': una película que no te suelta
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Para el arte, cada persona tiene sus propios parámetros para decidir si algo le gusta o no. Por ejemplo, yo califico si un libro, una película o una serie es buena en base a cuánto me hizo pensar, llorar o reír.
Y a la película 'Hiedra', dirigida por la ecuatoriana Ana Cristina Barragán, le doy una altísima la calificación. Lloré desde la primera toma hasta la última. No quería que prendieran las luces del cine. Me hubiera encantado quedarme unos veinte minutos más en la oscuridad para poder asimilar todo lo que vi y todo lo que sentí en esos 98 minutos de proyección.
Fui a ver la película sin saber nada de la trama. No tenía idea de qué se trataba, así que cada escena fue un acertijo para ir armando la historia.
Durante los primeros diez minutos de la película me descolocó ver que está filmada en cuadro medio. Todo se ve muy cerca, la cámara no se aleja más. Se puede ver cada detalle de los personajes y de los objetos. Cada sensación se multiplica.
Pero conforme va pasando el tiempo, la cámara se vuelve un personaje más que invita al espectador a ser parte de la película.
Ese recurso visual —tan característico del cine de Barragán— responde a una forma de narrar muy particular: un cine íntimo y sensorial, donde la cámara se acerca a los cuerpos, a los gestos y a los silencios para capturar aquello que casi nunca se dice con palabras.
Hay una escena en la que hasta se huele el ambiente, y el viento se siente. Pero no es que realmente esté ahí: es que los sentidos se agudizan a tal punto que uno empieza a imaginar cosas más allá de lo que se ve en pantalla.
Han pasado cinco días desde que la vi en el cine y sigo pensando en ella.
No quiero contar nada de la trama. Quiero que cada espectador llegue sin tener idea de qué se trata, para que se deslumbre y no se sienta más inteligente tratando de adivinar lo que está pasando en la historia. Para experimentar todo lo que ofrece 'Hiedra' hay que ir sin conocimiento previo, en la ignorancia total de la historia.
Hacer una sinopsis sería fácil: diez líneas y el resumen está hecho. Pero qué va. 'Hiedra' sigue conmigo. Sigo analizando temas profundos.
'Hiedra' también abre una pregunta incómoda sobre los vínculos humanos, sobre esas formas de afecto que no siempre encajan en las categorías ordenadas con las que solemos explicar la vida. La película se mueve en una zona ambigua donde la ternura, la necesidad de compañía y las heridas personales conviven sin pedir permiso. Los personajes se acercan porque reconocen en el otro algo de su propia fragilidad. Y entonces uno entiende que muchas relaciones humanas no nacen desde la lógica, sino desde un vacío que busca ser acompañado.
En el auto pensé, sin música y en silencio profundo, que la parte animal del instinto maternal sigue dentro de nosotros. Y eso no tiene moral. No tiene juicio de valor. No se puede juzgar. Está ahí. Presente.
Y no hay que verlo como una salvajada, sino como algo que simplemente existe.
Porque 'Hiedra' es una película que se puede pensar desde la psicología, la sociología o la comunicación. Es una trama tan completa que, desde el ángulo que la mires, siempre aparece algo más profundo para analizar.
Es una película donde los actores no actúan. Durante 1 hora y 38 minutos se vuelven parte de tu vida, y tú parte de la vida de ellos. Y cuando se acaba, también se acaba esa relación que construiste con los personajes. Y te queda un vacío que no se llena fácilmente. Por más que uno trate de decirse: “es solo una película”.
No. Qué va. Es un movimiento del alma. Una sacudida de la mente. Un arrancarte los sentidos. No se queda contigo por sus escenas bonitas, ni por lo guapos de los personajes, ni siquiera por la banda sonora. Se queda contigo porque rompe los esquemas, desde donde entendemos la vida, en pequeños fragmentos.
Está una escena que sientes, vives y reaccionas. Lento, despacio.
Luego estás en otra: lloras, sientes y sonríes. Pausado.
Después de verla no sales igual del cine. Y esa es la magia real de una película hecha con el cuidado suficiente para sacudirte por dentro.
Y entonces me quedé pensando en algo que todavía no logro descifrar: ¿Y los conejos qué representarán? Como en ese cuento de Cortázar, Carta a una mujer en París, donde los conejos aparecen sin explicación. Tal vez hay cosas que no están hechas para entenderse.