Rumbo a 2027: En Quito, las banderas políticas no pesan, los candidatos tienen poco respaldo y los votantes pierden interés
Una vez más la capital se encamina a la elección de su nuevo alcalde. Las experiencias pasadas y los problemas de las organizaciones políticas apuntan a otra contienda dispersa.

Una Junta Receptora del Voto, en Quito, en las elecciones seccionales de 2023, el 5 de febrero.
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En 20 años, Quito ha sumado 56 candidatos a la Alcaldía, en apenas cinco elecciones. A esa lista están por sumarse los próximos aspirantes a dirigir el Municipio capitalino, en 2027. Sin embargo, el principal problema es la ausencia de liderazgos políticos en la ciudad.
Y esto forma parte de la aguda y creciente crisis de las organizaciones políticas. En las últimas elecciones locales, la mayoría de partidos han optado por figuras que buscaban un auspicio sin ataduras ideológicas ni responsabilidades partidistas. Es decir, las agrupaciones ya no forman cuadros propios, sino que apuestan por 'subirse a la camioneta' de personajes que podrían conseguirles, al menos, algo de votos.
El objetivo de la mayoría de listas ya ni siquiera es llegar a la Alcaldía, sino conseguir el porcentaje mínimo de votación para sobrevivir y mantener la vida jurídica. Esto les permite seguir auspiciando candidatos propios o externos, tener acceso a fondo anuales estatales y seguir participando, aunque ya no tengan una representación relevante.
Debido a la multiplicación constante de partidos y movimientos (nacionales y locales) esto ha resultado en papeletas gigantes y resultados fragmentados. En 2019 esto ocasionó que Quito haya tenido 18 candidatos, una papeleta nunca antes vista en su extensión. En 2009 y 2023 hubo escenarios similares.
Y, a su vez, conllevó a que la fragmentación se dispare en 2019 y siete de los contendientes no alcancen ni siquiera el 1% de la votación. Otros siete quedaron bajo el 7%. Y los cuatro 'primeros' tuvieron votaciones entre el 17% y 21%, con décimas de diferencia en la mayoría de casos.
Esta crisis de representación se refleja en la caída de la votación que ha hecho que en los últimos siete años la capital esté liderada por alcaldes con baja representación y respaldo popular. Las votaciones mayoritarias que hubo hasta 2014 ya no existen.
La 'victoria' de Jorge Yunda en 2019 no le garantizó su periodo completo, terminó siendo el primer alcalde destituido en la historia de la ciudad, lo que dio paso a la cuestionada y aún más deslegitimada administración temporal de Santiago Guarderas, una figura sin vigencia ni capital político.
Algo similar se repitió en las seccionales de 2023, el candidato del correísmo y actual alcalde, Pabel Muñoz, llegó al sillón municipal con apenas la cuarta parte de los votos válidos. En números, su 'victoria' se concretó con casi 324.000 votos de los 1,55 millones de electores registrados. Al final, 640.000 prefirieron otros candidatos, 263.000 votaron nulo y blanco y 322.000 se ausentaron.
Son datos que se alejan radicalmente de las votaciones de años anteriores que superaban el 40% o 50% de respaldos. Sucedió con Paco Moncayo que tuvo una larga carrera militar y política, jefe del Comando Conjunto, diputado, dos veces alcalde y asambleísta. Con Augusto Barrera, que tuvo una larga trayectoria de líder social, pasando a ocupar cargos públicos, ser concejal y alcalde.
La única excepción fue Mauricio Rodas, en 2014, cuando empezó la tendencia de candidatos desconocidos, sin trayectoria política o de administración pública. Apenas había regresado al país para incursionar en política apenas un año antes, utilizando las presidenciales de 2013 como su primera tarima.
Rodas supo aprovechar el descontento de los capitalinos con el correísmo y con los partidos tradicionales, lo que le dio una alta y sorpresiva votación, de cerca del 60%. Pero al terminar su administración, también cuestionada, desapareció de la vida pública y desde entonces su partido no ha logrado otra victoria electoral propia.
Sin embargo, desde entonces, ya ni los candidatos ni las autoridades electas responden a grandes grupos de la población, sino a la coyuntura. Ninguno llega a aglutinar a los diferentes distritos electorales y menos aún a mantener continuidad en el tiempo.
Los números de lista y las banderas políticas tampoco tienen un significado relevante entre la población, ya que la mayoría desconoce a los partidos existentes, pese a que estos dicen tener cientos de miles de militantes que no se reflejan en sus convenciones ni en sus resultados electorales.
Además, muchas de las agrupaciones que participaron entre 2004 y 2014 ya no existen y otras, que nacieron después, también han desparecido, se han reencauchado o han cambiado de manos e ideología. Esto hace todavía más difícil que la ciudadanía tenga referentes partidistas.
Todos estos factores hacen que Quito ya no sea considerada como bastión político en la actualidad, pese a ser el cantón con más electores, a tener la sede administrativa del gobierno nacional e, históricamente, a haber sido la cuna de varios líderes políticos nacionales. La crisis es tan grave que la capital ha perdido protagonismo como semillero de candidatos presidenciales.
Esto se suma a la apatía y desinterés de los ciudadanos, que ya no quieren involucrarse ni saber de política ni de administración pública, pese a que sean los pilares sobre los que se asienta su día a día. Y eso se refleja también en que, en las últimas dos elecciones, los votos nulos se duplicaron.
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