San Valentín puede celebrarse sin desorden financiero; la clave es regalar con criterio
San Valentín es una de esas fechas que combina emociones, expectativas sociales y gasto. Flores, cenas y regalos aparecen como detalles casi obligatorios para mostrar afecto. Sin embargo, desde el punto de vista financiero, esta celebración también abre una pregunta importante: ¿el dinero que se gasta realmente vale la pena?

Pareja con regalos en San Valentín
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En un contexto en el que muchos hogares aún arrastran el impacto del gasto de diciembre y enero, San Valentín se convierte en una prueba adicional para el presupuesto. No se trata de eliminar la celebración, sino de entender cómo gastar sin que el gesto afectivo se transforme en una decisión financiera poco eficiente.
The Deadweight Loss: el estudio detrás del gasto en regalos
La discusión económica sobre los regalos no es nueva. En 1993, el economista estadounidense Joel Waldfogel publicó el artículo “The Deadweight Loss of Christmas” en la revista American Economic Review, uno de los journals académicos más influyentes en economía. Aunque el análisis se centró en la Navidad, sus conclusiones son aplicables a cualquier fecha en la que existe esa presión por regalar, incluido San Valentín.
Waldfogel introdujo el concepto de “pérdida de eficiencia” (“deadweight loss”) asociada a los regalos. Desde la teoría económica, esta pérdida ocurre cuando el valor que el receptor asigna a un regalo, es menor al dinero que costó adquirirlo. En términos simples, parte del valor económico se “destruye” en el proceso.
Por ejemplo, si una persona gasta USD 40 en un obsequio y quien lo recibe lo valora en USD 25, hay USD 15 que no generan utilidad real.
El problema no es la intención, sino la dificultad de anticipar con precisión las preferencias del otro, especialmente cuando la compra se hace bajo presión de tiempo o expectativas sociales.

Regalar no siempre es sinónimo de eficiencia
Desde la perspectiva estrictamente económica, el regalo más eficiente sería el dinero en efectivo o gift cards, ya que permiten que el receptor decida cómo maximizar su utilidad. Sin embargo, en fechas como San Valentín, regalar dinero suele interpretarse como una señal de poco esfuerzo o escaso compromiso emocional.
Y aquí entra en juego un concepto clave: la señalización.
Como lo plantea el artículo de Waldfogel, los regalos no solo transmiten valor monetario, sino también mensajes sobre dedicación, atención y conocimiento de la otra persona.
Por eso, muchas personas prefieren un objeto o experiencia, aunque saben que podría no ser la opción más eficiente desde el punto de vista financiero. El desafío entonces, no es eliminar el acto de regalar, sino reducir la pérdida de valor económico sin sacrificar el significado emocional.

Una mirada desde las finanzas personales
Para aterrizar este debate en la realidad cotidiana, GESTIÓN entrevistó a María de Lourdes Hernández, experta en finanzas personales de Finanzas On.
Hernández menciona que el principal riesgo de San Valentín no está en el gasto puntual, sino en la falta de planificación.
“Muchas personas toman decisiones de consumo guiadas por la presión social y no por su presupuesto real”, explica Hernández.
San Valentín se vive como una obligación, cuando debería ser una elección alineada con la situación financiera de cada pareja o persona.
Hernández subraya que el problema no es gastar en una fecha especial, sino hacerlo sin evaluar el impacto posterior, como el uso de tarjetas de crédito, compras impulsivas o gastos que luego dificultan cubrir obligaciones básicas.
¿Experiencias u objetos?
El estudio de Waldfogel muestra que las experiencias suelen generar mayor satisfacción que los bienes materiales. A diferencia de los objetos, que rápidamente se integran a la rutina y pierden novedad, las experiencias tienden a mantenerse en la memoria y reforzar vínculos emocionales.
Cenas sencillas, actividades compartidas o escapadas cortas suelen tener un mayor retorno emocional que regalos costosos con poco uso posterior.
Además, desde el punto de vista financiero, reducen el riesgo de gastar en algo que no será valorado o utilizado.
Hernández coincide con este enfoque: “Las experiencias bien pensadas suelen ser más valoradas que los regalos genéricos. No requieren grandes montos, pero sí de la intención.”

Regalos útiles y ahorro de tiempo
Otro criterio que ayuda a reducir la pérdida de eficiencia es priorizar regalos que tengan utilidad práctica o ahorren tiempo. Servicios, suscripciones funcionales o apoyos concretos pueden mejorar el bienestar cotidiano y tener un impacto más duradero que un objeto decorativo.
Desde la economía del bienestar, el tiempo es un recurso escaso. Regalos que reducen estrés o liberan tiempo generan una utilidad que muchas veces supera la de bienes materiales más costosos.
San Valentín y el presupuesto: una prueba de coherencia
Uno de los errores más frecuentes es tratar esta fecha como un gasto aislado. En realidad, forma parte del flujo financiero del primer trimestre del año, un periodo que suele estar marcado por ajustes tras el alto consumo de diciembre.
Hernández advierte que financiar regalos a crédito sin una estrategia clara puede extender el desorden financiero durante varios meses. “Un gasto pequeño hoy, puede convertirse en un problema si se suma a otros compromisos asumidos sin planificación” agrega.
La recomendación es integrar San Valentín al presupuesto mensual y no asumir gastos que luego obligan a sacrificar ahorro, pagar intereses innecesarios o postergar obligaciones importantes.

Tres preguntas antes de gastar
Aplicar la lógica económica no implica quitar romanticismo a la fecha, implica hacerse preguntas simples antes de comprar:
- ¿Este gasto genera utilidad real para quien lo recibe o solo cumple una expectativa social?
- ¿Este regalo construye una experiencia compartida o solo cumple con la fecha?
- ¿Puedo cubrir este gasto sin afectar mis finanzas en febrero y marzo?
Responderlas ayuda a tomar decisiones más conscientes y a evitar compras impulsivas que luego generan arrepentimiento financiero.
Regalar mejor también es una forma de cuidado
El mensaje central del estudio de Waldfogel y de la educación financiera moderna es claro: gastar más no equivale a querer más. El valor de un regalo está en su utilidad, su significado y su coherencia con la situación financiera de quien lo da.
San Valentín no tiene por qué convertirse en una fuente de presión económica. Bien gestionado, puede ser una oportunidad para fortalecer vínculos sin desordenar el presupuesto. Como Hernández menciona “el mejor regalo es aquel que no compromete tu tranquilidad financiera. El afecto no se mide en precios, sino en decisiones conscientes”.
(*) Periodista Gestión Digital.
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