'No olvidamos quiénes somos': Sybil y Louie, dos maestros ecuatorianos que defienden el español en las aulas de Estados Unidos
En las aulas de Nueva Jersey y Nueva York, enseñan mucho más que verbos y gramática: luchan contra el olvido. En el Día del Maestro Ecuatoriano, PRIMICIAS presenta la historia de dos docentes que han convertido el salón de clases en una trinchera para que los hijos de migrantes no pierdan su lengua ni su identidad.

Sybil Sánchez y Louie Charvet, dos profesores ecuatorianos que llevan varios años radicados y enseñando en los Estados Unidos.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. En el pasillo de Randolph High School, en Nueva Jersey, Sybil Sánchez camina con la naturalidad de quien se siente plenamente cómoda en el idioma que habla. Saluda en español a estudiantes y colegas. Ellos le responden como pueden, algunos con soltura, otros con el acento extranjero marcado. Ahí, en ese intercambio cotidiano, el español no aparece como una rareza ni como un gesto decorativo. Tiene lugar propio.
Sybil, guayaquileña, es profesora de español y ESL (Inglés como segunda lengua, por sus siglas en inglés). Tiene más de 25 años de experiencia docente en América Latina y Estados Unidos. Llegó a este último en 2001 a través del Visiting International Faculty Program (VIF), un programa que le permitió incorporarse al sistema educativo estadounidense.
En 2025 representó a las Fellowships of Educators of New Jersey como Teacher of the Year. Ha enseñado desde primaria hasta secundaria, desarrolló cursos para estudiantes hispanohablantes y de literatura avanzada, y también ha trabajado en orientación académica, liderazgo estudiantil y apoyo comunitario a familias latinas. Su carrera se ha construido alrededor de una idea: el idioma es un puente entre cultura, identidad y expresión.
En su aula, el español no se reduce a una materia. “Es un sistema de vida, una oportunidad, un refugio”. Habla de estudiantes migrantes que necesitan el inglés para integrarse, de adultos que lo requieren para conseguir trabajo y de jóvenes que crecieron escuchando español en casa, pero que no siempre saben leerlo o escribirlo de forma fluida o correcta. “Cada grupo exige una forma distinta de enseñar”, explica.
Por eso insiste que el aprendizaje del idioma cambia según la situación. Para quienes llegan al país y necesitan hablar inglés pronto, el tiempo es limitado. No están aprendiendo para un examen, sino para resolver el día a día. Hablar con un empleador, entender a un maestro, asistir a una reunión en la escuela o poder acceder a un trabajo. “No hay tiempo para perfeccionar la gramática”, dice. En esos casos, lo importante es comunicarse y poder desenvolverse en su entorno.

En sus clases también hay estudiantes que crecieron escuchando español en casa, pero que no lo dominan en lectura o escritura. “No parten de cero, pero tampoco tienen una base académica”. Ahí la enseñanza se ajusta. Sybil no corrige lo que traen, lo ordena y lo amplía. Expone a los alumnos a otras formas de decir lo mismo, a registros más formales, a un vocabulario que no siempre circula en el entorno familiar. El objetivo es reforzar ‘su español’ sin romper su origen.
Ese proceso se refleja en el ambiente del aula. Los acentos se vuelven visibles: colombianos, argentinos, hondureños, puertorriqueños. “No tenemos que viajar a otro lugar porque lo tenemos aquí”, dice. En ese punto, el idioma es una forma de ubicarse frente a otros.
Cuando se le pregunta qué distingue a un profesor formado en Ecuador fuera del país, responde sonriendo: “El orgullo de ser ecuatoriana”. Habla de historia, de las raíces que no se dejan atrás y de la responsabilidad de abrir camino para quienes llegan después.
De estudiante migrante a vicerrector en Nueva York
En la Escuela Claremont, en Ossining, Nueva York, Louie Charvet trabaja desde otra posición dentro del sistema escolar, pero con una preocupación parecida. En su oficina hay una bandera de Ecuador, recuerdos traídos del país, referencias al fútbol y un mapa donde Ecuador ya está señalado. No están ahí para decorar. Funcionan como claves de reconocimiento para estudiantes y familias que entran cargando dudas, nervios o distancia.
Llegó a Nueva York, desde su natal Guayaquil, en 1987. Creció en Harlem, estudió en escuelas públicas, trabajó desde joven, pasó por el Army, por empleos fuera del sistema educativo y por la experiencia dura de regresar al área del World Trade Center tras los atentados del 11 de septiembre para participar en la limpieza de escombros.
Más tarde entró al campo de la educación, primero como asistente de maestro, luego como docente en educación bilingüe y educación especial, y después en cargos de liderazgo escolar. Hoy su recorrido combina experiencia migrante, trabajo en aula y gestión educativa.

Desde ahí, su lectura del idioma es menos pedagógica y más estructural. “Hay un balance que no se logra”, dice. Se refiere, por un lado, a familias que aceleran la adaptación al inglés y, por otro, a un sistema educativo que no siempre conecta con la cultura latina de sus estudiantes. En ese punto intermedio, cuenta, el español retrocede; sobre todo entre las nuevas generaciones.
Louie también habla de algo menos visible. Al migrar, el idioma puede producir vergüenza, retraimiento, inseguridad. “Uno se cohíbe”, explica, recordando su propia experiencia al llegar a Estados Unidos. Por eso insiste en la responsabilidad del docente de crear un ambiente donde los estudiantes puedan tomar riesgos académicos e intelectuales sin sentirse juzgados por cómo pronuncian una palabra o por lo que todavía no dominan.
En su caso, el valor del español también aparece en términos prácticos. “Es un as bajo la manga”. A él mismo lo contrataron por ser bilingüe. En un mercado laboral y en un sistema educativo donde cada vez más instituciones buscan personal capaz de moverse entre dos idiomas, hablar español ya no es solo un rasgo cultural. Es una ventaja concreta.
Su experiencia en educación especial añade otro matiz. Distinguir entre una dificultad de aprendizaje y una barrera lingüística no es automático. Requiere tiempo, evaluación y contexto. Para estudiantes recién llegados o con trayectorias educativas interrumpidas, una lectura apresurada puede producir errores serios. Ahí el idioma, de ser solo un detalle, se convierte en parte central del diagnóstico.
Cuando una familia ecuatoriana entra a su oficina, Louie señala el mapa, habla de sus raíces, menciona sus propias experiencias como migrante y la conversación cambia. “Eso abre puertas”, resume. La escuela deja de sentirse completamente ajena. El español, en ese instante, no solo informa. También baja defensas, aproxima y genera confianza.
Las trayectorias de Sybil y Louie se cruzan ahí. Ambos enseñan español en Estados Unidos, pero también trabajan sobre algo más amplio. El idioma como herramienta de integración, como vínculo con el origen y como espacio donde se disputan identidad, autoestima y acceso. Esa dimensión importa en un país donde la población latina alcanzó 68 millones en 2024, según Pew Research Center con base en datos del U.S. Census Bureau, y donde el español sigue siendo la lengua no inglesa más hablada en los hogares.
En el Día del Maestro ecuatoriano, sus historias permiten mirar una parte menos visible de la docencia migrante. No solo la del profesor que enseña una materia, sino la del profesional que, desde otro país, convierte el idioma en una forma de acompañar, orientar y abrir camino.
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