Limpió casas para pagar la universidad y hoy es referente social en Hoboken; la lección de superación de un ecuatoriano en Estados Unidos
Ronald Bautista llegó a Nueva Jersey durante la crisis bancaria de Ecuador, vivió cuatro años en un sótano siendo indocumentado y limpió casas para ayudar a su padre enfermo y pagarse la universidad. Hoy utiliza aquella experiencia para conectar a inmigrantes y familias vulnerables con recursos y organizaciones.

Ronald Bautista llegó a Nueva Jersey desde Guayaquil cuando tenía 12 años. En Hoboken se desarrolló y comenzó su trayectoria comunitaria.
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NUEVA YORK. Tenía 12 años cuando su madre le dijo que al día siguiente se iban a Estados Unidos. Era mayo de 1999 y Ecuador atravesaba una de sus peores crisis económicas. No hubo tiempo para una despedida larga. Su hermano mayor los llevó de madrugada al aeropuerto y le encargó que cuidara de su madre. Lo que debía ser una salida temporal terminó convirtiéndose en una nueva vida: llegaron a Hoboken, Nueva Jersey, y durante los siguientes cuatro años vivieron en el sótano de unos familiares.
Adaptarse le tomó casi el mismo tiempo a este guayaquileño. El inglés que había estudiado en Ecuador no alcanzaba para desenvolverse con naturalidad y hacer amigos tampoco era tan sencillo como salir a jugar al barrio. Pero había algo que condicionaba todavía más su adolescencia: Bautista y sus padres estaban indocumentados. Durante 11 años aprendió a convivir con la posibilidad de que una decisión cotidiana pudiera exponerlos. Evitaba determinados viajes y recuerda que su padre insistía en que debían ser extremadamente cuidadosos. Los desplazamientos escolares en autobús a Washington, Pensilvania o Boston fueron algunas de las pocas oportunidades que tuvo de viajar con cierta tranquilidad.
La falta de documentos apareció también cuando comenzó a pensar en la universidad. Una profesora le mostró una beca completa para la que reunía los requisitos académicos en el Stevens Institute of Technology. “Tuve que explicarle que mi situación migratoria me impedía solicitarla”, recuerda. Estudiar, sin embargo, seguía siendo parte del plan. Cómo hacerlo, lo resolverían luego.
Sus padres habían llegado a Estados Unidos con profesiones que no pudieron ejercer. Su padre había trabajado en marketing para empresas en Ecuador y su madre había sido profesora de inglés. En Nueva Jersey terminaron limpiando casas. Cuando Bautista empezó la universidad, su padre fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y progresivamente perdió fuerza y movilidad. Ronald ocupó entonces su lugar: estudiaba y limpiaba casas junto a su madre para pagar la universidad y sostener el hogar. Llegaron a atender unas 30 viviendas al mes en Hoboken.
Mientras limpiaba durante el día y estudiaba por las noches, comenzó a utilizar los fines de semana para hacer voluntariado. Encontró en esas organizaciones una forma de adquirir la experiencia profesional que no podía conseguir mediante un empleo formal. Llegó a ser director ejecutivo de Organización Juventud Ecuatoriana, vinculada a un programa de becas para jóvenes.
Con los años obtuvo la residencia, se graduó en Marketing y Negocios Internacionales en New Jersey City University y posteriormente cursó una maestría en Comunicación Política y Gobernanza en George Washington University.
Aquellos años sin documentos se convirtieron después en una herramienta para acercarse a otros inmigrantes que tenían miedo de denunciar abusos. Bautista recuerda el caso de trabajadores de un supermercado de Washington Street, en Hoboken, “Para conseguir que una de las trabajadoras confiara en mí, primero le conté mi propia historia. Yo también fui indocumentado”,

Esa idea —conectar a una persona con alguien que sí puede resolver su problema— atraviesa buena parte de su trabajo comunitario. Bautista no se presenta como especialista en cada una de las causas en las que ha participado. “Yo entraba y decía: ¿en qué puedo ayudar?”, resume. A veces significa localizar una organización, otras ayudar con una estrategia o conseguir que un problema que permanece escondido llegue a la agenda pública.
La otra cara de Hoboken
Hoboken —la población donde nació un ícono estadounidense como Frank Sinatra— tiene uno de esos contrastes que las cifras permiten ver mejor. El ingreso medio de sus hogares alcanza los 180.579 dólares anuales y el alquiler bruto mediano se acerca a los 3.000 dólares mensuales, según la Oficina del Censo de Estados Unidos. Pero el mismo registro señala que el 7,8% de sus habitantes vive bajo el umbral de pobreza. Es en esa otra parte de la ciudad donde Bautista también ha concentrado parte de su trabajo comunitario.
Durante la pandemia colaboró con una organización que llevaba alimentos a familias vulnerables, primero mediante restaurantes y entregas a domicilio y, más tarde, a través de neveras comunitarias abastecidas con comida preparada. La emergencia sanitaria terminó, pero la necesidad de ayuda alimentaria no desapareció: en la ciudad siguen funcionando puntos donde los vecinos pueden recibir gratuitamente alimentos y otros productos básicos.
El Hoboken Community Center Pantry distribuye gratuitamente alimentos y artículos para el hogar. Entre los puntos que la ciudad ha utilizado para estas entregas están el Hoboken Community Center, en 1301 Washington Street, el Multi-Service Center, en 124 Grand Street, y dependencias de la Hoboken Housing Authority. Los lugares, días y horarios pueden variar, por lo que deben consultarse antes de acudir.

Seguridad peatonal y apoyo a inquilinos, dos frentes de ayuda social
Los problemas que llevaron a Bautista a involucrarse en su comunidad no siempre tuvieron que ver con la pobreza. A veces estaban literalmente en la calle. “Mi madre caminaba constantemente por Hoboken y comencé a interesarme por la seguridad de los peatones”.
Recuerda especialmente dos muertes: la de una mujer de unos 80 años atropellada y la del padre de una antigua profesora suya. Aquellos casos reforzaron una idea que ya estudiaba desde la política urbana: el diseño de una calle puede determinar qué tan peligroso resulta atravesarla.
Desde el Vision Zero Task Force —grupo de trabajo con la visión de eliminar las muertes y lesiones graves en el tránsito que reúne a expertos y entidades comunitarias— impulsó cambios que modifican la forma de moverse por la ciudad: carriles más estrechos para obligar a los vehículos a reducir la velocidad, extensiones de las aceras para acortar los cruces, mayor visibilidad en las esquinas y carriles para bicicletas.
La vivienda fue otro frente. Bautista había conocido a residentes que recibían presiones para abandonar sus apartamentos y la discusión sobre el control de alquileres llegó incluso a su propia casa: su madre firmó una petición sin comprender completamente sus implicaciones y, cuando él se las explicó, pidió retirar su firma. Bautista se sumó entonces a la movilización de inquilinos que recorrió Hoboken explicando la propuesta, finalmente rechazada en las urnas.
La política llegó por ese camino. Se presentó a la alcaldía de Hoboken en 2017 y obtuvo apenas el 1% de los votos. Después vinieron otras elecciones y otras derrotas. En lugar de desaparecer entre una campaña y la siguiente, continuó trabajando con organizaciones y vecinos. En 2026 ganó las primarias demócratas para comisionado del condado de Hudson por su distrito y llegará a las elecciones generales sin un rival inscrito.
El recorrido encierra una contradicción que él mismo reconoce. Durante buena parte de su adolescencia y juventud aprendió que vivir sin un estatus migratorio significaba medir los movimientos, evitar determinados viajes y, sobre todo, no llamar demasiado la atención. Hoy su vida pública exige exactamente lo contrario. “Tantos años sin poder hablar, ahora no hay quien me calle”, dice.
Hay cosas, sin embargo, que Bautista procura mantener lejos de esa exposición pública. En casa habla español con sus dos hijas, de ocho y tres años, y conserva una relación estrecha con Ecuador. Cuando puede regresar, tiene un destino casi obligado: Salinas. Allí vivió durante años su abuela y de allí era su padre, fallecido tiempo atrás. Volver a la playa, cuenta, se ha convertido en su propio ritual para mantener esa conexión.
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