Diego Pérez, el ecuatoriano que convirtió la sala de su casa en un restaurante tras el robo de su auto en Los Ángeles
Diego Pérez migró hace nueve años a Los Ángeles, California, en busca de mejores oportunidades laborales. Hoy, encontró estabilidad como encargado de bodega de una empresa de cosméticos y la venta de comida ecuatoriana en la sala de su casa, en donde saca unos 150 platos por fin de semana.

El ecuatoriano Diego Pérez sostiene un plato de hornado en su casa, en Los Ángeles, el 4 de julio de 2026.
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Felipe Larrea / PRIMICIAS
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DESDE LOS ÁNGELES. El olor del chancho recién salido del horno invade cada rincón de la casa antes del mediodía. En la sala, donde normalmente debería haber un sofá frente al televisor, cuatro mesas esperan a los primeros clientes, todos migrantes ecuatorianos en California.
En una pared cuelga una bandera de Ecuador. Abajo de la televisión, que aparece prendida y a todo volumen con música ecuatoriana, está otra bandera de Quito, como si aquel pequeño espacio quisiera recordarles a todos que, aunque estén a más de 5.000 kilómetros de distancia, hay lugares que nunca se abandonan del todo.
Los fines de semana, esa sala deja de ser una sala. Se convierte en un restaurante improvisado donde se sirve hornado, yaguarlocro, encebollado, bolones, seco de chivo, papas con cuero, guatita y empanadas de morocho. Afuera no hay un gran letrero. Adentro tampoco hay lujos.
Detrás de cada plato está Diego Francisco Pérez Enríquez, un quiteño que hace nueve años tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre. "Vinimos de vacaciones y vimos que aquí había un poquito más de futuro. Como dicen, es el país de las oportunidades", recuerda en una entrevista con PRIMICIAS.
Dejar Ecuador fue mucho más que cambiar de país. Fue despedirse de la familia, de los amigos y, sobre todo, de su madre. Su padre falleció mientras él ya vivía en Estados Unidos y nunca pudo volver a abrazarlo. "Fue la parte más dura", dice con la serenidad de quien aprendió a convivir con la distancia.
Los primeros meses en Los Ángeles estuvieron lejos del sueño americano. Vivió en un cuarto pequeño y durmió en un sillón. Durante tres meses estuvo convencido de regresar a Ecuador.
Después llegó el primer trabajo. Entró a una empresa que elaboraba comida congelada para aerolíneas. El primer día apareció con una chaqueta ligera, sin imaginar el frío que lo esperaba dentro de la planta. "Ya renunciaba", recuerda entre risas.
Pero entonces vio a una mujer de más de 75 años trabajando en las mismas condiciones. "Si ella puede estar aquí en este frío, ¿por qué yo no?". Aquella imagen fue suficiente para quedarse.

Con el tiempo, la pandemia volvió a cambiarle el rumbo. La empresa redujo personal y Diego quedó sin empleo. Como miles de personas, empezó nuevamente desde cero: dejó solicitudes en distintas agencias hasta que encontró trabajo en una fábrica donde empacaban pruebas de Covid-19.
Las jornadas eran interminables. Trabajaba entre 12 y 14 horas diarias, muchas veces los siete días de la semana, junto a su hijo. El esfuerzo, sin embargo, dio resultados. Para 2020, la familia consiguió una cierta estabilidad económica.
Parecía que lo peor había quedado atrás. Pero entonces ocurrió algo inesperado. Su hijo fue a trabajar en un supermercado. Y, al salir, no encontró el auto. Lo habían robado. Si bien horas unas horas más tarde lo encontraron, estaba completamente desmantelado. Y reconstruirlo costaba USD 5.000.
Pero hasta en la desgracia, Diego y su familia tuvieron suerte. Y es que, una vez que el auto ingresó a la mecánica en una grúa, sufrió una caída al no estar bien asegurado y chocó a otro vehículo. Eso generó que la propia mecánica reconozca el daño y pague una importante suma de dinero.
Lo cierto es que, en lugar de lamentarse, Diego reunió a su esposa y a su hijo alrededor de una idea tan sencilla como poderosa. "Hagamos hornado." Así nació un emprendimiento que nunca estuvo en sus planes.
Prepararon 150 platos para aquella primera venta. Se agotaron todos. Fue una sorpresa total. "Ahí dije: yo sé cocinar, vamos para adelante."
Lo que comenzó como una forma de recuperar el dinero perdido terminó convirtiéndose en un segundo hogar para decenas de ecuatorianos que viven en California.
Al principio todo era únicamente para llevar, desde el departamento donde vivían. Más tarde, cuando se mudaron a una casa con un poco más de espacio, decidieron abrir también las puertas de su sala. No querían que la gente solo comprara comida. Querían que se sintiera como en casa.

Cada 15 días, y solo los fines de semana, este cálido y acogedor comedor improvisado vuelve a llenarse.
Diego trabaja de lunes a viernes como encargado de bodega en una empresa que fabrica shampoo y cosméticos, donde descarga mercancía, revisa pedidos y organiza el ingreso de productos a la bodega. Antes de eso empacó pruebas de Covid.
Los viernes la familia empieza a preparar el hornado, pela papas y organiza todos los ingredientes hasta cerca de las 23:00. A las 03:00 del sábado vuelven a levantarse para terminar el encebollado, las tortillas y el resto del menú.
A las 11:00 llegan los primeros clientes. No tardan mucho en llenarse las mesas. Entre 120 y 180 platos salen en cada jornada, dependiendo del menú. El hornado es el plato favorito, aunque el yaguarlocro desaparece en apenas unos días cuando logran conseguir todos los ingredientes.

Lo más especial no es únicamente la comida. Es la comunidad que se ha formado alrededor de ella. "Me gusta que la gente venga y coma como en casa", dice Diego.
Su esposa, nacida en Guatemala, aprendió a preparar el agrio, el ají y hasta el encebollado con sazón ecuatoriana. Su hijo ayuda cobrando cuando el movimiento supera la capacidad de la familia.
Muchas veces los clientes llegan por recomendación de otros. Otros vuelven una y otra vez. "No nos abastecemos", admite entre sonrisas.

De todas formas, Pérez no pretende competir con grandes restaurantes. Tampoco abrir todos los días. Prefiere mantener la tradición cada 15 días para que el encuentro siga siendo especial.
Cuando mira hacia atrás, no piensa en el frío de la fábrica, ni en las jornadas de 14 horas, ni siquiera en el auto que apareció convertido en chatarra. Piensa en todo lo que vino después. "No me arrepiento de nada. Dios nos hizo venir acá por alguna situación."
Mientras habla, los platos siguen saliendo de la cocina y las conversaciones llenan la sala. Las banderas del Ecuador observan en silencio. Afuera continúa siendo Los Ángeles. Adentro, por unas horas, vuelve a ser Quito.
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