Fabián Flores, el cuencano que migró hace hace 40 años a Nueva Jersey, es constructor y tiene una colección histórica de los Mundiales
Fabián Flores emigró de Cuenca a Estados Unidos en 1986. Cuatro décadas después posee todos los balones de las Copas del Mundo, desde 1930 hasta 2026, y Adidas incluso recurrió a su conocimiento para una publicación especializada.

Fabián Flores posa con su colección de balones de los Mundiales en su casa en Nueva Jersey.
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DESDE NUEVA JERSEY. Llegó a Estados Unidos en 1986 con apenas 18 años y el sueño de construir un futuro mejor. Cuatro décadas después, Fabián Flores posee una de las colecciones de balones mundialistas más importantes del planeta: todos los modelos originales utilizados desde 1930 hasta 2026 y, salvo una excepción, ejemplares que estuvieron en la cancha durante partidos oficiales.
Cuando Fabián Flores salió de Cuenca en 1986 no imaginaba que algún día sería reconocido por coleccionistas, árbitros internacionales e incluso por Adidas como uno de los mayores expertos en balones de los Mundiales.
Como miles de ecuatorianos de su generación, llegó a Estados Unidos impulsado por el deseo de encontrar nuevas oportunidades. Lo que inicialmente parecía una aventura temporal terminó convirtiéndose en toda una vida.
"Vinimos para acá supuestamente por dos años y nos quedamos. Estamos 39 años aquí", recuerda en una entrevista con PRIMICIAS desde Nueva Jersey.
Llegó acompañado de un amigo cuencano. Poco después se casó con una compatriota, formó una familia y se asentó en Nueva Jersey. Hoy tiene tres hijos y una trayectoria construida a base de trabajo y esfuerzo.
Su primer empleo fue como ayudante de mantenimiento en una planta de reciclaje de botellas de cerveza. Meses después encontró una oportunidad en la construcción, actividad a la que se dedica hasta la actualidad.

"Ahora soy constructor. Puedo construir casas, hacer ampliaciones y remodelaciones. Si uno tiene ganas y motivaciones, siempre hay oportunidades", afirma.
Sin embargo, reconoce que los primeros años fueron complejos. La adaptación a una nueva cultura, el idioma y la distancia de su tierra marcaron una etapa difícil.
"El cambio de cultura, el cambio del lenguaje, no conocer la ciudad ni las leyes, es una barrera bastante grande. Poco a poco hay que ir aprendiendo a vivir", señala.
Aunque logró regularizar su situación migratoria cuatro años después de llegar al país, asegura que lo más difícil de emigrar fue alejarse de sus raíces. "Ausentarme de las raíces de uno es lo más duro. Después la esposa y los hijos empiezan a llenar esos vacíos".
El Mundial que cambió su vida
La pasión que lo convertiría en un referente mundial nació dos décadas después de haber emigrado.
En 2006 viajó a Alemania para seguir a Ecuador durante la Copa del Mundo. Antes del partido entre Ecuador y Alemania en Berlín, visitó una tienda de Adidas y quedó fascinado al observar una exhibición con los balones oficiales de distintos Mundiales.
"Cuando era niño siempre había querido tener un balón profesional. Vi esa colección y quise comprarla, pero me dijeron que no estaba a la venta porque pertenecía a Adidas".

Antes de salir tomó fotografías de cada pieza. Aquellas imágenes serían el punto de partida de una obsesión que terminaría convirtiéndose en una de las colecciones más completas del mundo.
Al regresar a Estados Unidos comenzó a buscar réplicas y reediciones por internet hasta reconstruir la colección que había visto en Berlín. Lo cierto es que un comentario en redes sociales cambió el rumbo de su afición.
"Muchos me felicitaron, pero otros me dijeron que tenía una buena colección de reediciones, no de originales. Ahí empecé a investigar las diferencias".
Lo que siguió fue un proceso de aprendizaje junto a coleccionistas veteranos de Europa y América. Estudió la historia de cada balón, aprendió a identificar detalles de fabricación y desarrolló una red de contactos. “Poco a poco adquirí conocimiento, aprendí la historia y me apasioné cada vez más”.
Una colección entre las mejores del mundo
Hoy, Fabián posee todos los balones oficiales de los Mundiales desde Uruguay 1930 hasta la edición de 2026. Pero lo que distingue su colección no es únicamente la cantidad de piezas.
A partir del Mundial de México 1970, casi todos los balones que conserva fueron utilizados en partidos oficiales y cuentan con documentación que certifica su autenticidad.
“Todos mis balones son originales. Ahora solo colecciono balones usados en partidos y que tengan todas las certificaciones que acrediten que estuvieron en cancha”.
La única pieza que todavía persigue es un balón del Mundial de España 1982 que haya sido utilizado en un encuentro oficial. Aunque posee el modelo original, continúa negociando con coleccionistas y árbitros para conseguir uno con historial comprobado.
“Es el único que me falta para completar la colección exactamente como la sueño”, menciona Flores, que cuenta con orgullo esta hazaña.
La búsqueda lo ha llevado a establecer relaciones con árbitros internacionales, exjugadores y expertos de distintos países. Entre ellos se encuentran jueces de Holanda, Bélgica, Italia y Estados Unidos, quienes han facilitado información y acceso a piezas históricas.
Reconocimiento internacional
La reputación de Flores trascendió el círculo de coleccionistas. Su conocimiento sobre los balones mundialistas llamó la atención de Adidas, que llegó a solicitarle asesoramiento para una publicación especializada distribuida en Europa.
"Ellos lanzaron un libro sobre balones y me pidieron que revisara las fotografías y los datos históricos. Mi nombre aparece en ese libro".
Ese reconocimiento confirma el lugar que ocupa dentro de un universo extremadamente selecto. Según explica, existen grandes coleccionistas en países como Alemania, Francia y México, pero su colección es considerada una de las cinco mejores del mundo.
"Lo que la hace especial es la calidad de las piezas. La mayoría son balones utilizados en partidos y con toda la documentación que lo demuestra".
Mucho más que objetos
Aunque evita calcular el valor económico de su colección, admite que algunas piezas han multiplicado varias veces el precio que tenían cuando comenzó a adquirirlas. Sin embargo, para él el verdadero valor es histórico.
"No se puede poner un precio general. Cada balón representa una parte de la historia de los Mundiales. Depende del partido, del árbitro, de cómo se consiguió y de todo lo que hay detrás".
A lo largo de los años, la colección también le ha permitido conocer a figuras que antes solo veía por televisión.
Pero quizás el mayor logro sea otro: demostrar que un joven cuencano que llegó a Estados Unidos con una maleta llena de incertidumbres pudo convertir una pasión nacida en una vitrina de Berlín en una colección admirada alrededor del planeta.
Casi cuatro décadas después de emigrar, Fabián Flores no solo conserva la memoria de los Mundiales. También guarda una historia de perseverancia, trabajo y amor por el fútbol que comenzó muy lejos de los grandes estadios, pero terminó conectándolo con la historia misma del deporte.
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