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Internacional

A 25 años del 11 de septiembre | Cuatro ecuatorianos en Nueva York recuerdan el día que cambió sus vidas y alteró al mundo

Estaban trabajando, estudiando o camino a sus empleos cuando los aviones impactaron las Torres Gemelas. Luego de más de dos décadas, cuatro ecuatorianos vuelven a una mañana que recuerdan en silencios, olores y preguntas que todavía cuesta responder.

El momento que uno de los aviones secuestrados impacta la torre sur del World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.

El momento que uno de los aviones secuestrados impacta la torre sur del World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.

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AFP

Autor:

Selene Cevallos

Actualizada:

11 sep 2026 - 05:55

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NUEVA YORK. El mundo recuerda este viernes 11 de septiembre, 25 años de un hecho trascendental en la historia moderna: el ataque terrorista de Al Qaeda contra las Torres Gemelas, en Nueva York, y contra el Pentágono, en Arlington, Virginia. 

Ese 11 de septiembre de 2001, casi 3.000 personas murieron por el atentado terrorista que se considera el más letal de la historia. 15 de esas víctimas eran ecuatorianas, en su gran mayoría migrantes que trabajaban en el World Trade Center, en Nueva York. Fue un día que marcó al planeta y que los habitantes de la capital del mundo recuerdan con dolor. Entre ellos están cuatro ecuatorianos, que cuentan a PRIMICIAS cómo vivieron ese día y lo que vino después. Pero sobre todo, cómo ese recuerdo los acompaña para siempre.

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El momento en que la torre sur del World Trade Center colapsa el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.AFP

Ramón Vera: Las diez horas más largas

“¿Estás bien? ¿Estás bien? Júrame que estás bien”. Ramón Vera recuerda las palabras de su esposa y la voz se le rompe. Hace una pausa antes de continuar. Habían pasado cerca de diez horas sin poder hablar. Ella estaba embarazada de ocho meses y, desde Nueva Jersey, veía por televisión cómo se derrumbaban las Torres Gemelas mientras su esposo seguía en Manhattan. Cuando finalmente consiguió escucharlo, lloró. “Me lo repitió como treinta veces”, cuenta Ramón. Luego de 25 años, recordar aquella llamada todavía lo quiebra.

Había salido más temprano aquella mañana por una cita médica en Nueva York. Trabajaba como supervisor de producción de El Diario, rotativo para el público latino de esta ciudad. Al cruzar el Holland Tunnel escuchó una explosión que retumbó dentro. Cuando salió, miró hacia las Torres Gemelas y vio un enorme agujero y humo. Tomó su dispositivo y avisó al grupo de la redacción: “Aquí hay algo que está pasando”. Canceló la cita y se dirigió al periódico.

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Ramón Vera se desempeñó como supervisor de producción en El Diario, de Nueva York. El 11 de septiembre de 2001 estaba en esas oficinas, desde donde presenció el impacto del segundo avión contra las Torres Gemelas.Cortesía Ramón Vera

La ventana de su oficina daba directamente a las Torres Gemelas. Desde allí vio el impacto del segundo avión y, después, una de las escenas que todavía recuerda con dolor: “Vi a personas lanzarse desde los pisos superiores”. Horas más tarde, por las calles comenzaron a pasar sobrevivientes cubiertos por el polvo del derrumbe: algunos estaban ensangrentados; otros caminaban llorando. Mientras Manhattan se vaciaba de tráfico y se llenaba de ambulancias, policías y vehículos de emergencia, dentro de El Diario el equipo intentaba sacar el periódico. Vera permaneció allí hasta cerca de las ocho de la noche

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Un agente de policía y otras personas caminando por Park Row desde la capilla de St. Paul donde se encontraba el World Trade Center, 11 de septiembre de 2001.AFP

Su familia llevaba horas buscándolo. Sus padres, sus hermanos desde Ecuador y, sobre todo, su esposa. La incomunicación provocó en ella una crisis nerviosa y tuvo que recibir atención médica.  El embarazo pudo continuar normalmente y su hijo nació en octubre del 2001. Pero Ramón aún recuerda esas horas como un ‘vacío de tiempo’. Habla de “pánico, desesperación, angustia”. Desde ese día evita las conglomeraciones. Procura no regresar a la Zona Cero. “Es volver a vivir ese momento”

  • 25 años del 11 de septiembre: Estados Unidos lucha contra el olvido de los atentados que cambiaron su historia

Louie Charvet: El martes que no fue a trabajar

El 10 de septiembre de 2001, Louis Charvet quería trabajar más. Este guayaquileño que se fue a Nueva York apenas terminó la escuela, era universitario y tenía un empleo tres días a la semana en una empresa de limpieza. Con ese dinero ayudaba a pagar sus estudios. Así que aquel lunes buscó a su supervisor y le pidió que le permitiera trabajar también martes y jueves.

Al principio, su jefe aceptó. Después se arrepintió. Louis trató de convencerlo. “Regresa a la universidad”, le respondió. “Yo no quiero que tú estés limpiando baños toda una vida”. Louis volvió a insistir porque los martes tenía una tarea concreta: llevar el rol de pagos a la Torre Sur del World Trade Center para que los supervisores lo firmaran.

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Solía hacerlo entre las 08:30 y las 09:30. El supervisor mantuvo el no. Louis no fue a trabajar el martes 11 de septiembre. Su padre sí estaba trabajando en el distrito financiero.

Esa mañana del martes, Louie despertó y vio las noticias impactado y comenzó a buscar a su padre. No podía comunicarse con él. Contactó a un tío que también trabajaba en la zona y ambos intentaron acercarse a downtown. “Los taxis solo podían avanzar hasta cierto punto, así que nos tocó caminar muchísimas cuadras”.

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Una mirada a las Torres Gemelas, aún en pie luego del ataque, desde el puente de Brooklyn, el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.AFP

Veían el humo. Escuchaban gritos. Veían personas avanzar desesperadas en dirección contraria. “Nosotros solo caminábamos, y seguíamos hacia abajo porque necesitábamos encontrar a mi padre”.

Luego de varias horas, cerca de Canal Street se sentaron en una acera a descansar. Habían buscado, llamado, caminado. Quedaba una posibilidad que ninguno quería mencionar. “Cuando tú contactas a un hospital, es porque es lo último de lo último”. Entonces llegó un mensaje a su dispositivo tipo beeper. Su padre estaba en casa. Louie ni siquiera recuerda bien cómo volvió después. Ya no importaba demasiado. Su padre estaba vivo.

A la mañana siguiente sonó el teléfono. Era el trabajo. Tenían que regresar. La empresa de limpieza comenzó a enviar empleados a edificios de la zona financiera para retirar polvo y escombros. Recuerda el overol blanco, los guantes, pero hay algo que no consigue recordar. La mascarilla.

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Las ruinas en el World Trade Center, en una foto del 12 de septiembre de 2001, en Nueva York. La remoción de escombros fue una tarea titánica en la que trabajaron ecuatorianos como voluntarios.AFP

También recuerda las bolsas negras con cuerpos. Durante los meses siguientes siguió trabajando en el área y entrando a la Zona Cero. Con el tiempo desarrolló asma. Louie está convencido de que está relacionada con aquella exposición, aunque se trata de su propia interpretación sobre el origen de la enfermedad.

Más de dos décadas después volvió a encontrarse con Anthony Fundaro, aquel supervisor. Fue en 2024. Se hicieron fotografías. Hablaron. “Gracias a él, que me dijo que no, creo que estoy vivo”. Su supervisor murió después. Cuenta que padeció complicaciones que relaciona con los trabajos posteriores al atentado. “Su muerte me afectó demasiado”

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Louie Charvet, junto a Anthony (Tony) Fundaro, su supervisor, que el 10 de septiembre de 2001 le negó un turno adicional para el día siguiente. “Gracias a él, que me dijo que no, creo que estoy vivo”, dice 25 años después.Cortesía Louie Charvet

Louie es profesor ahora. El 11-S aparece todavía en lugares inesperados. Una sirena. Varias ambulancias juntas. Mucho humo. Durante la pandemia fueron las mascarillas: al verlas pensaba en aquellas que no recuerda haber utilizado mientras limpiaba los alrededores de la Zona Cero.

Cuando va a Manhattan mira las salidas. Cuando entra a un tren piensa qué haría si ocurriera algo. A veces, antes de ir, aparece una pregunta que lleva 25 años acompañándolo: “¿Regresaré?”.  Ahora, en la escuela donde trabaja se guarda un minuto de silencio cada 11 de septiembre. Es estricto con ese momento. Sus estudiantes nacieron muchos años después de los atentados. Para él, ese minuto todavía pertenece a una mañana que recuerda con precisión.

  • Entre el sonido del agua, los nombres grabados y la reflexión: el Memorial del 11-S atrae a miles de turistas en Nueva York

Wilson Sánchez: El voluntario que siguió regresando

Wilson Sánchez hizo algo difícil de explicar 25 años después. Vio lo que estaba ocurriendo y se acercó. Trabajaba en Manhattan, en una tienda de Brooks Brothers, y conocía bien el área del World Trade Center porque había trabajado también en Liberty Plaza. Después del primer impacto todavía podía existir la duda de un accidente. Con el segundo, esa posibilidad desapareció.

Salió del trabajo y fue hacia la zona. Alcanzó a ver caer una de las torres. Recuerda los gritos. La gente corriendo sin saber exactamente hacia dónde. Él terminó refugiándose con otras personas dentro de un restaurante. Entonces llegó la nube. Desde allí vio aquella masa de polvo avanzar por la calle. Esperaron a que pasara. “Después salí para ver en qué podíamos nosotros ayudar. Estábamos vivos”.

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Escenas del caos del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, luego del atentado contra las Torres Gemelas.AFP

Al día siguiente se incorporó a los grupos de voluntarios que trabajaban en la zona y recibió un entrenamiento antes de avanzar. “Nos advirtieron que, si alguno se quebraba y no podía continuar, tendría que renunciar” (...) Pero era difícil, la zona parecía peor que un campo de guerra”. “Había restos humanos incluso entre las ramas de los árboles”. Wilson dice que tuvo que recoger algunos.

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Wilson Sánchez durante sus labores como voluntario entre los escombros de la Zona Cero, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.Cortesía Wilson Sánchez

Aún con eso, no se fue. Regresó al día siguiente, y a la siguiente semana. Estuvo alrededor de tres meses y medio. No lloró, solo lo hacía cuando llegaba a casa. Durante ese tiempo terminaba de trabajar cerca de las cinco de la tarde y regresaba a casa. Se bañaba. Comía algo. Dormía aproximadamente tres horas.

Sus padres tenían una tarea: despertarlo alrededor de las diez de la noche. Wilson se levantaba y regresaba a la Zona Cero. Pasaba allí la madrugada. Hacia las seis de la mañana. Se lavaba como podía en las instalaciones disponibles y se iba directamente a trabajar.

El cuerpo terminó guardando cosas que Wilson habría preferido olvidar. Durante años no pudo estar cerca de una parrillada. “El olor de la carne cocinándose me recordaba inmediatamente a la Zona Cero”. No podía comerla. Evitaba incluso pasar frente a casas donde estuvieran haciendo un asado. “Eso ya uno nomás lo sabe, los que hemos vivido ahí”.

Con los años, Wilson convirtió otra parte de aquella experiencia en una causa. “Yo tenía papeles, pero sé que muchos de mis compañeros voluntarios no. Incluso hasta ahora”. La propuesta buscaba que su trabajo fuera reconocido con una vía para obtener la residencia permanente.  Sánchez se organizó con otros voluntarios y llevó el pedido ante autoridades de Estados Unidos y Ecuador.

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El ecuatoriano Wilson Sánchez (izquierda), junto al senador Charles Schumer durante un memorial del 11-S en Nueva York, donde ha impulsado la regularización migratoria de ecuatorianos que participaron como voluntarios tras los atentados.Cortesía Wilson Sánchez

Su proyecto lleva años sin conseguir ese resultado. Un cuarto de siglo después, sigue regresando a la Zona Cero, a través del mismo pedido: que quienes entraron a ayudar ‘sin papeles’ no queden fuera de la historia que ayudaron a levantar de entre los escombros.

  • Alcalde de Nueva York promete revelar más documentos sobre el 11-S: “Nada más será censurado”

Luis Fernando Cañarte: Lo que quedó después

Luis Fernando Cañarte conserva un periódico de hace 25 años. El papel ha envejecido, pero todavía se distingue la enorme fotografía de Manhattan cubierta de humo y su nombre impreso sobre una de las historias. Trabajaba como periodista deportivo en El Diario y vivía en Kearny, New Jersey. Ese martes 11 de septiembre era su día libre.

Vio el ataque desde la televisión de su apartamento. Mientras intentaba comprender lo que estaba ocurriendo, buscó un casete VHS para grabar las imágenes. Al teléfono comenzaron a llegar las llamadas desde Guayaquil. Antiguos compañeros y amigos querían saber qué estaba pasando y, sobre todo, localizar a familiares. Las comunicaciones comenzaban a colapsar.

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Veinticinco años después, el periodista ecuatoriano Luis Fernando Cañarte conserva la edición de El Diario publicada tras los atentados del 11-S.Cortesía Luis Fernando Cañarte

Del otro lado del Hudson, sus compañeros tenían una preocupación mucho más inmediata: el periódico tenía que salir al día siguiente. Manhattan estaba prácticamente cerrada y parte del equipo terminó en New Jersey. Allí, otra redacción les abrió las puertas. “Diario El Récord nos dio la mano”, recuerda Cañarte. Les permitió utilizar sus instalaciones y el periódico consiguió publicarse al día siguiente de los atentados.

Luis Fernando tardó hasta el sábado en volver a Manhattan. Bajó en Christopher Street y caminó hacia las oficinas de Hudson Street. Entonces vio de cerca algo que hasta ese momento había seguido principalmente a través de una pantalla. “El polvo blanco todavía cubría calles y vehículos. Como que se había explotado un volcán cerca”, recuerda. Había jugado tenis cerca de Battery Park, había caminado muchas veces por aquella zona. Ahora las Torres que servían como referencia en el paisaje simplemente habían desaparecido.

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Las ruinas de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. El hombre en la foto gritaba si alguien necesitaba ayuda.AFP

Pero hubo una imagen mucho más silenciosa que Cañarte encontró de regreso en New Jersey. Cerca de la estación del PATH de Harrison era habitual ver bicicletas encadenadas. Sus propietarios llegaban hasta allí pedaleando, las dejaban y tomaban el tren hacia Manhattan. Al terminar la jornada regresaban, abrían el candado y volvían a casa.

Después del 11-S, algunas bicicletas permanecieron allí. Con el paso de los días comenzó a entender lo que significaba que siguieran amarradas. “Sus propietarios habían tomado el tren hacia Nueva York aquella mañana y no habían regresado”.

Muy cerca de aquella estación, otra ausencia tuvo rostro. En el restaurante ecuatoriano Cordillera, en Harrison, habían colocado la fotografía de un ecuatoriano desaparecido de apellido Ibarra. Luis lo reconoció. Años antes, ambos habían coincidido en una fábrica de paraguas. “Me impactó encontrarlo allí, convertido de pronto en el rostro de alguien a quien todavía esperaban encontrar”.

Han pasado 25 años. Lo suficiente para reconstruir el lugar donde estaban las Torres y para que millones de personas conozcan aquella mañana únicamente por imágenes. Para quienes estuvieron allí, el tiempo funciona de otra manera. A veces basta un olor o un teléfono que no responde, para que el 11 de septiembre vuelva a estar presente.

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Una rosa encima de una placa con los nombres de los fallecidos en el 11-S, en Nueva York, el 19 de junio de 2026.Felipe Larrea / PRIMICIAS
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