Martes, 27 de febrero de 2024
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Adolescentes, pandemia y celulares: la tormenta perfecta

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.

Actualizada:

24 Jun 2023 - 5:28

Una cómica española dice en un video que, al salir del colegio, tenía muchos sueños, pero que ahora, madre divorciada con dos hijos, perro, hipoteca y un trabajo agotador de todo el día, lo único que tiene es mucho sueño.

El público ríe, pero lo que está diciendo es dolorosamente serio: retrata con dos líneas el drama de cada generación que arranca llena de ilusiones y proyectos y los va perdiendo en el camino.

No todos, claro; quienes logran alcanzar sus metas es porque tuvieron talento, o suerte, o coraje, o disciplina y obstinación, o una combinación de esos factores.

En particular, porque nacieron en familias acomodadas y obtuvieron una mejor educación y capital inicial y contactos.

Pero todos, triunfadores o no, partieron del colegio con la mochila cargada de sueños, para usar el cliché. Hoy, según artículos y estudios que se realizan sobre todo en los países desarrollados, muchos adolescentes han perdido las ilusiones antes de partir. 

Y en casos extremos las ganas o el coraje de vivir. El quiebre se produjo con la pandemia, que obligó a cerrar los colegios, agravando ese deterioro del contacto físico que ya venían generando los smartphones.

Se ha vuelto un lugar común echar la culpa a los "malditos" celulares. Pero fue la generación anterior, fueron los padres quienes se los dieron sin ningún control a los chicos y les botaron jodiendo, para decirlo en quiteño, y ahora no entienden qué diablos les pasa.

Siempre fue difícil ser adolescente. A la tormenta de las hormonas se añadía el desafío de perfilar la identidad y ampliar los límites en la familia, el colegio y la esquina del barrio.

A esa etapa, los mayores la llamaban burlonamente la edad del burro, de la que casi todos salíamos más o menos modelados para ir a la universidad.

Allí, a mi generación le aguardaba una rebelión cultural más honda y más social, mezcla de hipismo con marxismo. Aunque mucho de ese romanticismo se fue disipando, nunca perdimos el enfoque social e ideológico, el sabernos parte de un grupo social con una determinada visión del mundo.

La asombrosa, la fulgurante difusión del smartphone –que prendió con particular fuerza en los jóvenes–, vino a acentuar el proceso de disolución de muchas estructuras sociales como partidos políticos, iglesias, clubes barriales…

Y la crisis económica agravó la situación de los colegiales pobres, que son la mayoría y que en esos dos años no aprendieron casi nada. Pero incrementaron su dependencia del smartphone para vivir la vida, una vida mediatizada por la pequeña pantalla.

Anotan los sicólogos que hay desesperanza, ansiedad, incertidumbre, que el futuro pinta color de hormiga y mientras más pobres, más deprimidos están los muchachos. Y zumba la droga. Y los servicios de salud mental brillan por su ausencia.

En todas partes aumentaron los índices de suicidio adolescente, pero acá lo que más preocupa es el sicariato que, bien visto, es otra forma de suicidio; es dar la vida por perdida antes de hora. 

Así, a los muchachos más vulnerables les ofrecen drogas, sexo, dinero y el poder sobre la vida y la muerte. No es poca cosa ante una sociedad que no les ofrece nada.

Perdón; les ofrece un menú de farsantes por los que pueden votar desde los 16 años, mientras los consultores políticos diseñan campañas en TikTok para seducir a un grupo etario que pasa del millón de almas.

El nuevo profeta se llama Bukele. Y el establishment cree que haciendo cárceles y repartiendo bala a mansalva se va a arreglar el problema.

Pues tendrán que hacer cárceles del tamaño de la pobreza.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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