De la Vida Real

Todo estaba en paz hasta que salió el dichoso álbum del Mundial

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

12 Sep 2022 - 5:26

La vida transcurría normal, los niños volverían a clases y yo retomaría la rutina laboral y el gimnasio.

Pero sí, siempre hay un ‘pero’ que arruina la paz mental de todas las madres. Llegó el álbum del Mundial de Fútbol.

Mi marido, El Wilson, me había dicho algunas veces que había que comprarle a El Pacaí el álbum y los cromos.

-Chi, los niños en la escuela van a llevar sus cromos para intercambiar, y El Pacaí todavía no tiene. No quiero que se sienta mal.

En mi casa todo es fútbol. El Pacaí juega FIFA en el PlayStation y les hace abrir unos sobres virtuales a sus hermanos. Pone gran expectativa cada vez que llega el turno de abrir uno nuevo.

La Amalia conoce el nombre de todos los jugadores y con El Rodri hacen los equipos. El Pacaí juega el partido.

Pensé que El Wilson tenía razón, el álbum los haría felices.

El domingo pasado fui a desayunar donde mi amiga Camila. Estábamos pasando lindísimo. En eso me llagaron mensajes de mis hijos pidiéndome que pasara comprando el álbum y unos cromitos.

Luego, me llamó El Wilson a decirme que los guaguas estaban desesperados:

-Mi vida, está de comprarles el álbum de pasta dura y de una vez una caja entera de sobres.

De regreso a la casa, pasé por un centro comercial y pedí el álbum de pasta dura y una caja de cromos. Cuando la señorita me dijo que debía pagar USD 93 casi me muero. Llamé a El Wilson bravísima:

-No puede ser que gastemos tanto en esta estupidez.

-Mi vida, escúchame. No es una estupidez. Es el álbum del Mundial, un ícono mundialista. Porfa, no nos dejes sin esta ilusión.

Compré el álbum y la caja de cromos con cargo de conciencia. Ni bien llegué a la casa, los cuatro me recibieron felices.

-Má, no mires el precio. Mira la felicidad que has generado en un niño y en toda una familia -me dijo El Pacaí.

Los cuatro se pusieron alrededor de la mesa del comedor. La Amalia y El Rodri abrían los sobres. El Pacaí y El Wilson ordenaban los cromos por equipos y grupos. Yo me fui a leer.

Esa noche dejaron todo arreglado, pero regadas las fundas de los sobres abiertos. Qué crimen contra el medioambiente, pensé.

-No puedo creer que una sola cosa cause tanta contaminación- dije en voz alta, mientras metía toda la basura en una bolsa.

Supuse que el lunes, primer día de clases, El Pacaí llevaría el álbum para intercambiar los cromos con sus amigos. Pero no, resulta que padre e hijos decidieron pegar algún otro rato los famosos cromos.

Por la noche El Pacaí me dijo que tenía que llevar el álbum a la escuela al siguiente día, que por favor le ayudara a pegar los cromos:

-Es facilito, Má. Están ordenados. Tú solo fíjate en las banderas, en el número de cada uno, en el nombre de los jugadores y los pegas. Es tillos.

En mi mente retumbó la palabra “tillos”. Por experiencia, todo lo “tillos” resulta ser complicadísimo. Me quedé pegando cromos hasta las 23:40. Terminé con dolor de cuello.

El sistema que usé fue el siguiente:

Agarraba un cromo, buscaba página por página el país, identificaba el jugador, despegaba el cromo con una dificultad única y con precisión de cirujano lo pegaba. Una y otra vez se repetía este proceso. Se volvió algo mecánico y bastante meditativo.

Le pedí a la Alexa, mi asistente virtual, que me acompañara con música. No me quejo. Resultó un trabajo bastante entretenido, hasta que… Siempre hay un “hasta” que frena el entusiasmo.

Y en esta historia fue cuando me di cuenta de que pegué mal una página entera de cromos. Los de Senegal los pegué en la página de Ghana. Vi idénticas las banderas.

Estaba tan cansada que me reí de mi nivel de despiste en medio de tanta concentración. Le desperté a El Wilson. Nunca en la vida mi marido ha reaccionado tan rápido. Ni cuando los guaguas están enfermos actúa tan hábilmente. Dijo:

-Mierda, ¿y ahora? Y se volvió a dormir.

Había visto un truco para sacar las etiquetas de los frascos de vidrio, que consiste en colocar una fuente de calor sobre estas. Saqué el secador de pelo y puse calor a toda la página. Los cromos salieron perfectos, ni se arrugaron.

Terminé de pegarlos y a la mañana siguiente le entregué a El Pacaí. Él me besó y me agradeció hasta el infinito.

Cuando regresó de la escuela tenía mucha ilusión de saber cómo le había ido en el intercambio:

-¡Súper! Cambié con el Nico mis cromos por su sánduche. Te amo, Má. Eres la mejor. ¿Cuándo vas a Quito a conseguir más cromos?

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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