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Del origen del vibrador y la política del urinario

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.

Actualizada:

21 Ene 2023 - 5:28

En un simpático artículo bautizado como ‘Jack, el vibrador’, Paola Gavilánez cuenta con gracia y desenfado que adquirió su primer vibrador.

Pero cuando informó de la gran novedad a sus dos confidentes, ellas replicaron: “ya era hora”.

Como este país sigue siendo en el fondo curuchupa, ya era hora también de hablar libremente de temas como la masturbación. De nombrarlos, pues cada palabra que sale del closet es un acto de liberación.

Recordemos que, a fines del siglo, el caso de Lorena Bobbit volvió normal el uso de la palabra ‘pene’ en la prensa nacional. Y el descubrimiento del Viagra puso sobre la mesa el término ‘erección’.

En cambio, la historia del vibrador es mucho más antigua y la mejor forma de enterarse de ella es mirando ‘Histeria’, una entretenida comedia inglesa de 2011 sobre la manera cómo apareció el primer vibrador en el Londres victoriano del siglo XIX.

Ante el tópico de la histeria femenina –que el doctor Sigmund Freud intentaría aliviar con la verbalización, dando origen al psicoanálisis–, el joven doctor Mortimer de la película (y la vida real) se puso literalmente manos a la obra.

¡Albricias y orgasmos a la orden! La clientela satisfecha creció de tal suerte que la mano del buen doctor se agotó y empezó a utilizar, desde 1883, un plumero mecánico que no había sido creado precisamente con fines eróticos.

Desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente; hoy, la oferta es de lo más variada e imaginativa, como puede verse en Internet.

Inmerso en tales navegaciones, no me sorprendió hallar a continuación, en la sección editorial del New York Times, un artículo que, traducido libremente, se titularía: ‘Si NY es tan bacán, por qué no hay dónde orinar‘.

Cuenta su autor, Theodore Siegel, que andando por Times Square le dieron ganas de orinar. Luego de ser rechazado en varios lugares, debió ordenar una botella de agua en un McDonald’s, requisito para canjearla con aguas menos decorosas.

Eso lleva a Siegel a plantear las dificultades de encontrar un baño accesible como una cuestión de salud pública. Y a denunciar la negligencia atávica de la ciudad para dar solución al problema.

Para redondear el asunto salté a París, donde siempre hubo mingitorios públicos y donde, años atrás, colocaron al aire libre unos urinarios individuales y ecológicos que tienen unas flores encima.

Allí, los transeúntes masculinos se alivian contemplando las barcazas que navegan por el Sena sin que nadie se mosquee por tan cotidiana actividad.

Mucho menos un quiteño, acostumbrado a ver a chispos y taxistas arrimados a los muros. Y acostumbrado a escuchar las maravillas que se dicen en el sagrado recinto de la Asamblea Nacional.

Como cuando el honorable Jaime Nebot, bajo los efectos o las urgencias del alcohol, gritó a un adversario que se aproximara para mearle en la oreja.

O cuando, en un Congreso anterior, el expresidente Carlos Julio Arosemena, el de los vicios masculinos, que a la sazón fungía de parlamentario, al ser ofendido por un adversario de corta estatura le calificó de “catador de urinarios”.

Sin embargo, esa pieza de loza, tan servicial cuanto denostada, estuvo en los orígenes del arte contemporáneo.

En 1917, Marcel Duchamp compró un urinario flamante y lo envío a una exposición parisina con el título de ‘Fuente’.

Empezaron así los ‘readymades’ u objetos fabricados con fines utilitarios, que adquirían otro sentido al ser ubicados en un contexto artístico.

CODA: ¿Bajarían las tensiones en la Asamblea si se distribuyera a las y los honorables vibradores y urinarios o tubos para esa danza cuya sola mención ocasionó la censura de un asambleísta?

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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