De la Vida Real

De repente mi bebé se convirtió en un hijo grande

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

21 Nov 2022 - 5:27

El tiempo pasó sin darme cuenta. De un día para el otro, recibí un mail en el que convocaban a los padres de familia a la primera reunión de séptimo de básica para organizar el paseo de fin de año del grado de El Pacaí, mi hijo mayor.

Mi mente no podía procesar esa información. Sí, El Pacaí tiene 12 años, es un niño muy maduro, racional, pero no deja de ser mi bebé.

Hasta ayer, les juro que fue hasta ayer, se pasaba a la cama y me hablaba de sus amigos imaginarios. Le preparaba su sopa preferida. Como no podía decir locro, me decía: “Yo quielo esa sopita que palece pulé de papa con mucho queso”.

He amado cada etapa de mis hijos, he disfrutado muchísimo las distintas edades y también las he odiado. Me he quedado llorando en el auto para que no me vean entrar triste a la casa. Hubo una época en la que el baño fue mi refugio.

Me sumergí por muchos años en sus mundos de fantasías y ahora me cuesta salir de ellos. Cuando les cuento algo fantásticamente imaginado, ellos me dicen que ya son grandes para creer en duendes, hadas, nubes y magia.

Les trato de explicar algo que no entienden y me dicen que mejor le preguntan a la Alexa o que van a buscar la respuesta en YouTube.

Este desprendimiento me ha permitido crecer en lo profesional, levantarme del piso e involucrarme en el mundo adulto. Cada etapa con mis hijos ha tenido un balance. Lo lindo ha sido que les he podido acompañar en esto, y ellos me han acompañado a mí.

Pero darme cuenta de un porrazo que mi hijo mayor ya va a secundaria el próximo año y que en seis va a la universidad, me agarró sin previo aviso.

Ningún papá está listo para aceptar la realidad de que su hijo creció así, de golpe.

Fue un momento de profunda reflexión. Sentí nostalgia por el pasado, desconcierto por el presente y pánico por el futuro.

Fue una sensación que hasta ese momento no había experimentado, pero, claro, entiendo que al ser mamá siempre hay una primera vez para todo en este tipo de sentimientos y sensaciones.

Los recuerdos de mi hijo chiquito vinieron uno tras otro en un continuo flashback.

Me volví a acordar del tema del paseo cuando llegó un mensaje al grupo de WhatsApp:

-A las 18:00 les esperamos en la reunión que se realizará por Zoom. Les enviamos el ID de la reunión y la contraseña. Rogamos puntualidad.

Entré a la reunión. Conocía a casi todos los papás de la clase de El Pacaí desde que estaba en inicial II. Fue una reunión sumamente formal y diplomática. Me pareció tan alhaja ver cómo fuimos tomando una postura madura.

Durante todos estos años, nos hemos visto en distintas fiestas infantiles y, como cómplices, nos escondemos de los hijos para poder fumar un tabaco y tomarnos algunas cervecitas.

Hablamos con doble sentido y nos matamos de la risa por la mínima tontería. Es un grupo de papás bien chévere.

En la reunión virtual sentí que estábamos jugando a ser padres de familia responsables, vestidos elegantes y con carpeta ejecutiva en mano.

El presidente, con un discurso muy solemne y nada emotivo, nos dijo que debemos resolver la fecha, el presupuesto y el lugar para que los niños vayan de paseo de fin de año. La secretaria, muy formal, nos compartió las cotizaciones que tenían hasta el momento de distintos destinos turísticos a nivel nacional.

Hace un año, éramos todavía papitos; ahora, subimos de categoría a padres de familia. Así fuimos nombrados durante una hora y media de reunión, en la que cada madre y padre de familia daba su opinión.

No participé mucho, porque total siempre hay una mamá que termina decidiendo todo, otras que de ley se pelean, otros que tienen una opinión de cada cosa y se dedican a dar la contra.

En toda organización grupal hay puntos conflictivos que se resuelven en el camino. Esto he aprendido de mis hijos, y es la misma actitud que tienen los adultos.

Cuando se acabó la reunión, me quedé pensando en mis papás. Ellos seguramente pasaron por lo mismo, con los mismos sentimientos.

Me imagino que mis papás también han de haber ido a las reuniones como espectadores. No los veo muy participativos. Ahora pienso en ellos.

Su hija, su bebé, está planeando el paseo de fin de año de su nieto. Y entiendo el dicho “las vueltas que da la vida”. El paso del tiempo se resume en un eterno volver a vivir. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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