Leyenda Urbana
Bella Jiménez y Rosa Cerda, muestran las costuras de una Asamblea en entredicho
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

30 Ago 2021 - 19:03

Resultaba tan fácil ser mejor que la Asamblea anterior -aquella de los diezmos, del reparto de hospitales y otras vergüenzas-, que las miradas desde la sociedad se habían apartado de la actual Legislatura, al dar por hecho de que el repudio social habría supuesto un gran escarmiento, por lo que sería imposible que las bellaquerías volvieran a hacerse presentes. ¡Pero, qué va!

Un golpe de realidad política desde la Función Legislativa, ha dejado a los ecuatorianos con los ojos desorbitados.

En algo más de 100 días de labores, la Asamblea Nacional es protagonistas de escándalos de corrupción, con legisladores que estarían vendiendo cargos, cambiándose de camiseta o persiguiendo a sus propios colegas.

El discurso de la asambleísta Rosa Cerda, de Pachakutik (PK), con aquello de “si roban, roben bien, compañeros”, sacudió al país, y mostró el verdadero rostro de su movimiento que defendió, con ardor, a su militante, apologista del peor de los delitos políticos: robar.

La sanción de ocho días de suspensión sin sueldo, es una bofetada en el rostro de una democracia empequeñecida y burlada.

Puesta al descubierto con audios y chats, que probarían intercambiaba cargos por dinero, la segunda vicepresidenta de la Asamblea, Bella Jiménez, de Izquierda Democrática (ID), hace malabares con las palabras para intentar esquivar las preguntas, pero resulta un fiasco.

Con la mirada del país sobre ella, Jiménez debe darse por destituida. Es lo menos que pueden hacer los parlamentarios ante una patética inconducta, que echa por los suelos lo que queda de imagen de la primera Función del Estado, obligada a autodepurarse.

Que la ID la haya expulsado, está bien, pero no borra la gravísima falta como organización política, al haberla puesto de candidata a asambleísta, por Guayas, con los antecedentes ideológicos que tiene, al haber terciado a la concejalía en Guayaquil, en 2012, por Alianza País.

La ID llevó a la Asamblea a una correísta confesa.

Ese partido también ha guardado silencio sobre la fallida compra de cuatro vehículos, por USD 210.000, para la Asamblea; aunque Diego Almeida Valencia, secretario Ejecutivo de la ID, hizo los trámites, como coordinador de Planificación de la Legislatura.

Y ¿cómo procesará la Asamblea las denuncias en contra de Darwin Pereira, legislador por El Oro, por PK, integrante del Consejo de Administración Legislativo (CAL), acusado por su excoideario Bruno Segovia?  ¿Y la que hay en contra de Elías Jachero, quien ganó por el PSC, pero se pasó a la bancada oficialista BAN?

Pereira ha despedido a su asesor, Peter Armijos, quien, en su nombre, chateaba sobre cargos. Pero separarlo no puede zanjar tan grave asunto. ¿O sí?

Todo esto nos ubica en una dolorosa realidad: La política ecuatoriana es un ejercicio de oportunismo, al servicio de la ambición personal.

En este escenario, todos los dedos apuntan a los partidos y movimientos, pero estos ni se inmutan.

En las últimas elecciones, hubo subasta de candidatos y renta de casilleros electorales; hasta para las primeras magistraturas, se buscó en el mercado de las conveniencias.

Hasta hace poco, los caciques ponían en las listas de asambleístas a sus guardaespaldas; luego, se decantaron por la farándula y el fútbol y, últimamente, por los ‘influencers’.

Eso explicaría por qué, en Ecuador, ni siquiera los ‘líderes’ de los partidos defienden ideologías y principios o luchan por valores. Solo actúan midiendo los efectos en las urnas. Y de los bolsillos.

Aun así, la experiencia demuestra que una democracia solo es posible con partidos sólidos, estructuras que formen cuadros, pensando en el país. Y en la ética. Por hoy, es solo una utopía.

En lo que va de la Legislatura, 10 asambleístas han mutado su pelaje ideológico, en un santiamén. ¿Qué hay detrás de esa metamorfosis política? El tiempo lo dirá.

Ojalá el tiempo también esclarezca las denuncias sobre supuestas glosas que tendrían ciertos asambleístas. Y cómo fueron desvanecidas.

Ojalá también se descubra qué se traen entre manos ciertos asambleístas de PK que hostigan a Fernando Villavicencio, presidente de la Comisión de Fiscalización y Control Político, de la cual quieren sacarlo.

Produce coraje y vergüenza, a la vez, que el CAL haya calificado a trámite un proceso disciplinario en contra de Villavicencio, por una queja presentada por el asambleísta Ricardo Vanegas, también de PK y con carnet de discapacidad, luego que Villavicencio lo vinculara a una empresa que tendría negocios con el Estado.

Pero que Bella Jiménez haya votado a favor de dicho trámite, hace añicos la ética pública.

Villavicencio tiene razón al declararse en rebeldía, porque pretender sacarlo de la Presidencia, mientras han defendido, con ardor, a Rosa Cerda, muestra que a la política como un oficio de canallas.

No hay que olvidar, tampoco, la responsabilidad de la ciudadanía que, cuando en la papeleta ve gente nueva, se pregunta “de dónde salió” y, si es alguien conocido, repite: “los mismos de siempre”.

Envuelta en sus propias debilidades, los dichos de Rosa Cerda y las andanzas de Bella Jiménez; las de Darwin Pereira y Elías Jachero muestran las costuras de una Asamblea en entredicho. ¡Y esto, recién empieza!

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