De la Vida Real
Las implacables canas y sus cuantas verdades
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

2 Feb - 19:00

Últimamente he notado que la gente me mira más la cabeza, que la cara cuando cuando me hablan. Es algo que cada vez se hace más evidente. “Tal vez estoy despeinada”, pienso. 

El otro día estaba con unas amigas y todas me veían la cabeza como buscando algo que les había sorprendido. Me sentí bastante incómoda y me solté el pelo disimuladamente, pero las miradas seguían fijas.

Me fui al baño, prendí la luz y clavé la mirada en mi cabeza. Traté de ver si tenía piojos, luego caspa, pero no encontré nada extraño. Tal vez lo que les llama tanto la atención es el tamaño de mi frente. Pensé.

Me pinté los labios de rojo pasión, para ver si así lograba atraer las miradas hacia mi rostro. Pero nada, esos ocho pares de ojos seguían clavados sobre mi cabeza cada vez que yo hablaba.

Así que decidí callarme, poner una excusa y salir de ahí. 

Pasaron los días y tuve que ir al colegio de mis hijos. Noté lo mismo. Las miradas hacia la cabeza. 

Llegué a la casa e hice el mismo ejercicio: prendí la luz del baño y me miré la cabeza. Noté que me estoy quedando calva, pero no es tan evidente. Solo si uno se fija así con lupa se puede dar cuenta que hay un espacio entre pelo y pelo.

Me seguí observando. Entonces encontré lo que todos miraban. Eran miles, pero miles de canas. Tantas que mis ojos no podían enfocarse en una sola.

Me enfrenté por primera vez a la vejez real. Pero no es algo que me importe tanto. Estoy a tres años de cumplir 40. La edad la tengo bastante asumida. Pero sí me cuestioné si debo o no pintarme el pelo.

Las canas son muy gruesas, brillan. Son absolutamente autónomas, tienen vida propia y se paran solas. Tratan de sobresalir como sea. Había oído que, si me arrancaba una, crecerían 10 más. Esa no es la mejor opción.

También se me cruzó hacer agua de papa -cosas que una lee en Internet- pero siendo realistas, más de una vez, no me la iba a poner. Solución descartada. 

Entonces dije que tal vez si me cortaba el pelo me iría mejor. Yo tengo el típico corte de pelo largo hasta los hombros de una hebra. Más aburrido imposible.

No tengo tiempo de secarme con el secador y menos para pasarme la plancha. No entiendo como otras mujeres lo logran y quedan admirablemente regias.

Este martes estuve sola en la casa, absolutamente sola. Cosa que casi nunca pasa. Desesperada por lograr que la atención de las personas vuelva a mi cara y bastante aburrida puse en Youtube “¿cómo cortarme el pelo yo misma? La primera advertencia era que la tijera esté bien afilada. Me mojé la cabeza, bajé la cabeza junto al pelo y no pensé más.

Técnica: coreana (creo).

Tijera: la de costura 

Estado: desesperación total.

RESULTADO: Ahí les dejo. 

Observación: el lado derecho está bastante más largo que el izquierdo. 

Decisión: irme a una peluquería para que me igualen el pelo.

Hoy tuve otra reunión en la escuela. Fui con mi outfit relajado (como se llama actualmente a las “fachas”), zapatos bajos, jean y una blusa floja, pelo secado y planchado, labios pintados de rojo carmesí (me levanté a las 5:30 de la mañana para lograr este look casual).

-Valen, qué guapa estás. Me encanta tu personalidad, cero complejos, y me impresiona lo macha que eres para no pintarte el pelo con tantas canas. Yo si me pinto todos los meses.

Fue el primer comentario de una madre de familia… 

Conclusión: consuelo y resignación. Esperar a que el pelo me vuelva a crecer y asumir que mi cabeza tiene más protagonismo que mi cara.

Vi en la tele que ahora venden unos sostenes que aumentan hasta 3 tallas. Esta también podría ser una buena opción para desviar un poco más abajo las miradas.  

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