De la Vida Real
La abuelita olvidada y la fiesta del pequeño Neymar Junior
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

22 Ago 2021 - 19:00

Una familia fue a festejar los 100 años de la abuelita en un día de playa. Llegaron en bus con vallenatos a todo volumen. Bajaron dos ollas de encebollado y seis jabas de cerveza. Sentaron a la abuelita en una silla de plástico y la taparon con una manta liviana, mientras los demás disfrutaban el festejo.

A las tres de la tarde, la marea empezó a subir, todos recogieron sus cosas y se treparon al bus rapidísimo, antes de que la arena se pusiera blanda y el bus no pudiera arrancar.

Los que cuentan la historia veían todo esto desde lejos muy entretenidos. Dicen que les angustiaba la abuelita porque seguía sentada en su silla, sin que nadie se acordara de ella.

El bus arrancó. Se vio a un señor de unos 50 años que sacó la cabeza por la ventana y gritó: “Paren, se nos queda la abuelita”, mientras otro bajó corriendo: “Casi se nos queda mamita”.

Esta historia se convirtió en leyenda. Cada vez que la oigo la adornan, la exageran y la hacen más divertida. 

El martes pasado, fuimos con mi familia a Punta Bellaca, a tres kilómetros de Bahía de Caráquez. Llegamos con la marea baja. Es una playa espectacular, bastante rocosa. Ideal para los niños porque se bañan en las cochas que se forman entre las rocas. 

Era un día con un sol mortal, de esos que te quema hasta el poro más profundo de la piel. No encontramos nada de sombra. Decidimos hacer una carpa de mala muerte con cuatro palos y un pareo grande. Me sentía como en los primeros capítulos de la novela ‘Marimar’. 

Estábamos tratando de armar nuestro refugio, cuando llegaron cuatro camionetas: una doble cabina, otra con cajón de madera, una chiquita y chocada el capó, la cuarta era la clásica de alquiler. Se parquearon y empezaron a bajar cientos de personas, no conté cuántas.

Hombres y mujeres, desde niños hasta adultos, uniformados por equipos. Unos tenían camisetas verdes y los otros, camisas moradas. 

Sacaron mesas de plástico, armaron una carpa blanca gigante e inflaron globos azules y morados para la decoración. Me fijé en que había un globo plateado con el número 1 mucho más grande y lo colgaron en la mitad de la carpa. 

A ratos había más viento que sol, y los globos salían volando por toda la playa. Un grupo de niños eran los encargados de atraparlos.

Nosotros, desde nuestra triste carpa mal parada, observábamos todo el movimiento. Sacaron dos parlantes enormes y pusieron desde bachata hasta reguetón, pasando por varios pseudo vallenatos, que coreábamos todos los que estábamos en esa playa: ‘Un osito dormilón’, ‘La hoja en blanco’ y ‘Los caminos de la vida’, entre otras canciones.

Mis hijos abrieron sus fundas de ‘snacks’. Los de la fiesta comían seco de pollo con arroz y maduro frito. Tomaron cervezas y colas. Literal, nosotros no llevamos ni agua y mis guaguas se morían de sed.

A todo volumen sonó la canción: “Qué Dios te bendiga y que cumplas muchos años. Hoy estás cumpliendo años”…

De una camioneta sacaron a un bebé divino, vestido de marinerito, que lloraba a mares. Todos dejaron de jugar para tomarse fotos con el cumpleañero. Una señora, creemos nosotros que era la abuela, gritó: “Ahora sí viene la gran sorpresa para nuestro amado Neymar Junior”.

Nos levantamos, nada disimulados, para ver cuál era la sorpresa. ¡Era un pastel azul con blanco, de tres pisos!

Mi hijo, el Pacaí, me dijo:

-Má, cachas que se le caiga semejante pastelazo.

A lo que no tuve ni tiempo de contestarle porque en ese instante la señora se tropezó en una de las sillas y se cayó. El pastel se estrelló contra la arena seca.

Seguramente hay miles de videos de este momento, porque todos los invitados filmaban con un celular en la mano, menos nosotros, que estábamos de espectadores.

De reojo le regresé a ver al Pacaí que se agarró la cara y me dijo:

-Má, justo lo que te dije.

Y nos agarró una risa nerviosa que no podíamos parar. Mi marido nos clavó una mirada furiosa.

Neymar Junior no sopló las velas y lo pusieron en el cochecito. La marea empezó a subir. Bajaron el volumen de la música y los invitados no sabían qué hacer.

Nosotros agarramos nuestras cosas y nos fuimos. Espero que, con lo sucedido, no se hayan olvidado del homenajeado en su primer año de vida. 

Al llegar al departamento el Pacaí se encargó de contarles a mis tías la historia del cumpleaños en la playa. Historia que pronto será leyenda:

Yo si vi clarito que el pastel se iba a caerfff…

Agarramos nuestras cosas y nos fuimos. Espero que no se hayan olvidado del homenajeado en su primer año de vida. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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