De la Vida Real
El tan esperado día que se cayó al abismo y la filosofía de mi ñaño
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

13 Jun 2021 - 19:00

A mis 38 años logré entender lo que mi ñaño toda la vida trató de enseñarme. Él sabe que soy novelera y que espero con ansias a que llegue el día, cualquier día. Siempre espero que llegue el momento, cualquier momento. No duermo pensando en lo hermoso que vamos a pasar y en lo lindo que va a estar.

Mi ñaño, hombre sabio, calmado y centrado, siempre me ha dicho: “Valenta, no espere lo mejor, porque puede ser que algo pase y se va a desilusionar. Deje que la vida le sorprenda y vea qué pasa”. 

El domingo, de regreso a casa, mirando por la ventana del auto, me vino un ‘flashback’. Me acordé de lo sucedido paso a paso.

El Rodrigo, mi hijo, tenía que ir a un reconocimiento de una pista de bici en la Reserva Ecológica Santa Rita. Debíamos estar ahí a las 09:30. Me desperté cantando a las 05:30.

Hice el desayuno. Estaba tan feliz, luego de cinco fines de semana de encierro absoluto, por fin íbamos a salir de paseo familiar al aire libre. 

Me puse un pantalón amarillo, un chaleco gris y una mascarilla rosada fluorescente. Nunca pensé que vestirme así sería un gran error. 

Salimos de la casa a las 08:00 y pusimos el Waze, pero nos perdimos en el punto exacto en el que se fue la señal. Por instinto, llegamos tardísimo.

El Wilson, mi marido, me dijo que parqueara el auto mientras él iba a hacer el registro: “Voy yo, mi vida, porque tú eres pésima llenando formularios y te haces lío con el pago”.

Se bajó sabiendo lo pésima que soy para parquearme. Agarré el volante y aceleré. Me caí en un hueco de más de un metro de profundidad. Por el retrovisor vi la carita de mis hijos: “Má, nos caímos en el barranco”, dijo en voz bajita mi hija. 

Sentí la muerte o al menos así se debe sentir cuando uno se muere. El alma se me amortiguó, la boca se me secó y la mente se me nubló. Todo perfectamente sincronizado para dar el paso al más allá.

El tiempo en esos momentos se vuelve tan lento, que el cerebro no logra captar la cuarta dimensión. Una señora que estaba ahí vio todo y gritó: “¡Bajen a los niños del auto!”. Ese rato, creo que yo reaccioné, porque también me bajé y vi la llanta de atrás levantada en el aire.

La gente se acercó a ayudar. Nadie estaba ahí de curioso. Todos aportaron con ideas. Un señor dijo que había que llamar a una camioneta para jalar el auto. Él llamó mientras otro chico sugirió poner piedras en la otra llanta. Yo, ahí, parada, impávida, sin saber qué hacer. Mi marido llegó y dijo: “Qué bueno que te caíste tú, porque, si era yo, me hubieses pegado una puteada…”.

Subió al auto y siguió todas las instrucciones que le daban. Luego de un rato eterno, el auto salió sin un solo rasguño. En la mitad del jaloneo, la soga se rompió en mil pedazos. Por suerte, alguien sacó de su auto otra soga y prestó a la causa.

En medio de esto, me impresionó la calidad humana de todos. Debe ser porque son ciclistas, igual que mi ñaño. Una señora se hizo cargo de mis hijos. Los llevó en el carro del organizador a la pista que le tocaba reconocer al Rodri.

Entre todos, lograron sacar el carro. Yo veía de lejos cómo lo hacían tan organizadamente. El carro salió y todos gritamos de felicidad. Fue un verdadero trabajo en equipo, donde la culpable solo dio las gracias tímidamente queriendo desaparecer, pero era imposible.

Mi pantalón amarillo me delataba a cada paso. 

Mientras iba caminando por un empedrado, que no se terminaba nunca, y el cansancio me vencía, un chico en bici me dijo: “Seño, se vino mal. Es por el otro lado la pista”. 

Insolada y agotada, llegué al destino. Tuvimos que esperar más de dos horas hasta que, muertos del hambre, fuimos a comer con unos amigos.

Uno de ellos se sentía pésimo. Entre chiste y chiste, decían que mínimo está con coronavirus. “No digan eso. Ya eso sería el colmo de nuestro día. Soñábamos con esta salida”, dije.

Regresamos a la casa, y nuestro amigo nos escribe: “Me voy a hacer la prueba. Estoy volando en fiebre. Creo que fue un error haber ido hoy”.

Ese rato, cerré los ojos y me mentalicé volver otra vez a una cuarentena estricta. Sentía que mi alma se caía a un barranco mil metros para abajo y no había logística alguna que le sacara.

12 horas más tarde, llegó un mensaje: “PCR negativa”.

Entonces entendí con una claridad inigualable la filosofía de mi ñaño.

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