De la Vida Real
Día de las madres
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

9 May 2021 - 19:02

Este artículo se debe leer en retrospectiva. Fue el Día de la Madre, y creo que todas las mamás fuimos lindamente festejadas. Con un detalle que llegó el viernes, una reunión virtual, un desayuno improvisado.

Para mí, fue un alivio no salir de la casa. No se descansa mucho, pero por lo menos me quedé en pijama hasta pasado el mediodía. Y eso ya es un gran avance.

Pensamos en irnos a pasar el encierro en algún lado, pero al final desistimos, porque el coronavirus está terrible, y siempre con niños el riesgo es mayor.

En mi casa cada hijo tiene una visión del Día de la Madre muy diferente. Mi hijo mayor, de diez años, dice que es un día netamente comercial y que es una fecha hipócrita, porque solo ahí se le quiere a la mamá. Pero, como buen rebelde sentimental, fue el encargado de organizar el desayuno y llevármelo a la cama con una flor cosechada del jardín y un jugo de tomate de árbol lleno de pepas y cáscaras.

Me imagino que no se le ocurrió que había que cernirlo.

Mi hijo Rodrigo, de seis años, es un niño más detallista y romántico. El lunes pasado le rezó a ‘Diosito Santo’, como él le dice, para que pasara rápido la semana y llegara de una el Día de la Madre. Me entregó una tarjeta el sábado en la noche y me preparó un plátano asado con medio tarro de manjar.

El domingo, me despertaron con miles de besos y gritaban: “¡Feliz día, Má, feliz día!”. Vi la hora, y eran las 05:25 de la mañana. No me podía poner del todo malgenio, pero sí estaba bastante enervada (nada que no se pueda disimular).

Nos volvimos a despertar a las 08:00. Mi hija, Amalia, de seis años, es una niña que, ante todo, pone la razón. Para ella el pragmatismo es lo más importante.

Me dijo: “Má, ¿quién se inventó el Día de la Madre? De ley fue un hijo que hizo algo malo y le quiso pedir perdón a su mamá y le dijo: ‘Feliz día, mamá’. Y desde ahí, todos festejamos el Día de la Madre, porque una mamá es mamá todos los días”. Me quedó viendo, esperando una respuesta y se lanzó a darme un abrazo lleno de besos.

En voz bajita, para que no escuchen sus hermanos, me dijo: “Má, feliz día. Eres la mejor mamá que he podido tener en la vida, porque no tengo otra”.

Fue a la cocina y me preparó una galleta con mermelada de mora. “Má, como no tengo plata para comprarte nada, te doy esta galleta ya hecha porque, como tampoco sé cocinar, no te puedo dar nada más”.

Yo pensaba en que ser mamá era eso: ser mamá y ya. Pero ¡qué va! Toca ser tres mamás diferentes para poder sintonizar con cada uno. Es agotador, mágico y maravilloso al mismo tiempo. 

El Día de la Madre transcurrió como transcurren todos los días de encierro, solo que en pijama. Mi marido trató de pedir comida a domicilio, pero el Wilson tiene algún karma con esas cosas. Si no soy yo la que llama y organiza, no sale nada.

Nos reímos, porque ningún restaurante le contestaba, otros decían que traen a partir de las 16:00 el almuerzo o le dejaban esperando por horas en el teléfono. Pero él estaba ahí, al pie del cañón, organizando con los guaguas qué ordenar.

Y ese ese mínimo detalle fue el que más feliz me hizo: verle ahí, agotando todas las opciones para luego decirme: “Chi, intenta tú, a ver si tienes mejor suerte”. Pero no, no tuve mejor suerte. Hicimos entre todos un delicioso tallarín con verduras y un tiramisú improvisado. 

Lavamos los platos. O sea, ellos lavaron y yo, con el trapeador, estaba ahí secando el piso. Dejaron empapado todo, rompieron vasos y platos.

Las mamás somos las mejores actrices del mundo. Estaba calmada por fuera, pero por dentro era un volcán en erupción.

Luego, la Amalia decidió que viéramos una película. Me tocó hacer canguil y nos acostamos los cinco en la cama. La paz de una familia armónica duró menos que la intro de Netflix. Los niños empezaron a pelear, porque el uno no se iba más allá, porque el otro le puso los pies y la otra pegó una patada en la cabeza del ñaño. 

Y yo me levanté sin decir nada. Tenía dos opciones: irme al baño, que uso como refugio, o irme a la hamaca. Me fui a la hamaca con un libro en mano y un pie en el suelo, mientras la guerra continuaba en el cuarto.

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