En sus Marcas, Listos, Fuego

Dicotómicos, cuadrados y acomplejados

Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

1 Mar 2022 - 19:09

¿Listos para la tercera entrega de columnas sobre sesgos? ¿Ya están lo suficientemente sesgados sobre lo interesante que es estudiar sesgos? Continuemos.

Ya hablamos de sesgos cognitivos, de disonancia cognitiva, del razonamiento motivado y del sesgo de confirmación. Ahora vamos a aprender lo que es el ‘Reflejo de Semmelweis’.

Así como el sesgo de confirmación nos orienta a buscar (aunque sea bajo las piedras) argumentos que respalden nuestras creencias (por tan descabelladas que sean nuestras ideas o sus sustentos), el Reflejo de Semmelweis se refiere al proceso mental de calificar de insuficiente, sin razón lógica alguna, a toda idea contraria a nuestras posturas.

Algo así como encontrar estadísticas que digan que hasta ahora el matrimonio igualitario no ha obligado a nadie a cambiar sus preferencias sexuales y que no degeneró al Ecuador y decidir que “esas estadísticas fueron escritas por un grupo de ‘progres enfermos y dementes, adoradores del diablo’ y, por lo tanto, son falsas”. Es decir, hasta la constatación de la propia realidad se invalida.

Luego tenemos el ‘sesgo de causalidad’, que consiste en forzar relaciones de causa y efecto que no existen. Esto es lo que hacen algunos comunicadores, investigadores, fiscales y políticos cuando quieren ‘hilar fino’ para llegar de Paraguay a Bolivia por mar.

Un clásico ‘sesgo de causalidad’ es el que producen las fotografías. Imaginemos que usted se toma una foto conmigo. Años más tarde usted se lanza a la Presidencia y yo, años antes, me afilié al Vox en España (tranquilos, tranquilos, es solo un ejemplo).

¿Saben qué van a decir en redes? Lo obvio, que la foto demuestra que usted simpatiza con Vox. Suena bien pendeja la conclusión, ¿verdad? Pues pendejos todos. Si no me creen, abran Twitter y vean la capacidad especulativa de tanto iluminado.

Y claro, el ‘sesgo de causalidad’ es clásico en el amor. Como cuando su novio o su novia no le contesta rápido el WhatsApp y usted concluye “ya ha de estar escribiéndose con otra persona este o esta infeliz”.

¿Pero por qué somos así? Porque nuestro cerebro -con su asombrosa elasticidad- tiene la capacidad de aprender y proyectar, es decir, crea un modelo de respuestas ante situaciones fácticas. Identifica regularidades en el ambiente o contexto y desarrolla paquetes de información o patrones de conducta más o menos fijos.

La psicología cognitiva llama a estos modelos ‘guiones’. ¿Ahora entienden por qué ante una misma situación varias personas pueden encontrar un significado y significante distinto?

Les decía que esto nos ha llevado, con la aparición de redes sociales, a campañas de odio y desinformación sin precedentes. ¿Cómo lo enfrentamos? Primero lo primero: debemos, cada uno de nosotros, romper el ‘pensamiento dicotómico’ que plantea solo dos opciones: blanco o negro.

El ‘pensamiento dicotómico’ es el que impera en los fanatismos de, por ejemplo, la religión o la política. Se expresa a través de los extremos que genera un esquema de ‘minimización/maximización’ de los hechos.

Amplificamos los aspectos positivos de lo que apoyamos y minimizamos los efectos negativos de lo que creemos. Así como amplificamos los efectos negativos de aquello a lo que nos oponemos y minimizamos las virtudes del pensamiento rival.

Esto nos lleva al ‘efecto halo’, que nos hace generalizar, como por ejemplo, si son ‘groupies’ de un político, dicen: “si es bueno para una cosa, es bueno para todo”, “si hizo una cosa bien, siempre lo hará todo bien”, “si robó una vez, seguro roba otra vez”.

¿Ven ahora como construimos la realidad? Sí, la construimos, no la vivimos. ¿Podemos cambiar? No completamente porque dejaríamos de ser humanos; sin embargo, lo que sí podemos hacer es aprender a suprimir la vehemencia y la locura ante todo aquello que fracture nuestra identidad y, en su lugar, plantearnos siempre: “¿y sí el otro tiene la razón?”

¿Qué tal si antes de descartar una idea, jugamos a defenderla y a verificar si tiene algo de validez? ¿Qué tal si matamos la fobia al ‘otrismo’? ¿Qué tal si entendemos de una vez que cuando nos ponemos obsesivos con un tema, son ladridos lo que emitimos y no opiniones?

Acabo con esto como un mensaje final para los acomplejados: ¿y qué tal si en lugar de odiar aquello que no son y que se mueren por ser, dejan de construir argumentos para explicar por qué el otro pudo y ustedes no, y, en su lugar, empiezan a construir el camino para dejar de ser lo que son?

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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