De la Vida Real
El festejo de los 40 en plena novelería de las reuniones virtuales
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

31 May - 19:00

El acontecimiento no era cualquier cosa: eran los 40 años de mi ñaño. Sí, 40 años que no podían pasar inadvertidos. Mi cuñada organizó la reunión por Zoom, algo que yo había criticado todo este tiempo. “Qué ridículos, hacer esos festejos virtuales”, decía. Pero ahí estaba, organizando a toda la familia de mi vecindario para juntarnos a las 17:00 y estar en el cumpleaños de mi ñaño. 

Mi tío pidió pizza, y mi papá sacó las cervezas. Mis hijos no podían creer tanta anormalidad en medio de esta esclavizaste rutina. Mi tía nos puso unos disfraces, esos típicos de las horas locas. Mi mamá, un poco más tímida y recelosa, se puso solo un sombrero disimulado.

Todos nerviosos porque ya se acercaba la hora. Empezaron los mensajes, de voz y texto de la familia por WhatsApp: “No me llega el link”, “Ya conéctense”, “¿Por dónde dizque nos conectamos?” Mi cuñada escribió: “No tengo idea cómo se hace una reunión por Zoom, Valen. ¿Puedes tú dar programando este rato, porque a las 18:00 tenemos otra fiesta virtual con los amigos de tu hermano?”

Yo, toda inexperta, programé el Zoom. A todos los que estábamos juntos nos llegó la notificación. Mi papá saltaba por toda la casa, con el teléfono en la oreja, diciendo: “Samuelito, ¿me oyes? Aló, Samuel. Aló…”. Todos los presentes, virtuales y físicos, cantaban feliz cumpleaños en un nivel de descoordinación total.

Mis primas hablaban entre sí. No se entendía absolutamente nada. Fue un desastre. Mi mamá decía: “No me oye el Samuel y tampoco me ve. ¿Cómo es esto? ¿Qué hago?”. Mis tíos y mis papás estaban en la sala. Cada uno con un celular y hablando a la vez. “Shu, no les oigo. ¿Qué dicen? Callen, vean”, “Que viva el santo”, se oía por ahí.

Una prima pegó el grito. “Silencio, todos”. Pueden tener un solo celular o computador por familia en cada casa. De pronto, en la reunión nos quedamos solo mi ñaño y yo. “¿Qué pasó, Valenta? ¿Todos se fueron?”, me dijo. “Chuta, ña, creo que no entendieron que debían quedarse con un solo dispositivo por casa. Ya les digo que se vuelvan a conectar”.

Para no alargarles el cuento, tuvimos seis intentos, todos fallidos. A lo tradicional, le llamé a mi ñaño y cada uno de los presentes habló tranquilo y en calma, sin video ni presiones. 

Nosotros comimos pizza y nos quedamos tomando las cervezas hasta bien entrada la noche. Mi tío decía que él se reúne todas las semanas con sus hermanos por Zoom y que no hay ningún problema, que todo es maravilloso.

Mi papá, para no quedar mal, contó que el otro día se reunió con sus amigos y que pasaron divertidísimo. Que qué pena lo de hoy, decían. Para mí que fue la primera vez que usaban este sistema de comunicación, y les ganó la emoción. Pero no querían reconocer lo alejados que estaban de la tecnología. 

Al día siguiente, me tantearon la posibilidad de hacer otra reunión familiar. Se quedaron con la pica, creo. Organicé la cita, esta vez a las 19:00. Mi prima puso las reglas, pero el rato de los ratos todos hablan a la vez. Todos nos comentamos cosas.

No se puede disimular la emoción de vernos. Unos con barba, otros con pelo largo, en pijama. Algunos nos pusimos más arreglados. Los guaguas chiquitos de la familia se roban los celulares y participaron a la par, poniendo mute o quitando la cámara. Ellos sabían que estaban haciendo puras travesuras. Un relajo absoluto, pero todos nos consolamos con la idea de que es la única forma de mantenernos unidos y comunicados. 

Ahora ya ha pasado el tiempo, y somos expertos en el uso de estas herramientas digitales.

Ayer, en la última reunión, mi prima puso un fondo de pantalla de un atardecer en la playa. Los tíos estaban indignados que en plena cuarentena haya viajado. Los que sabíamos de estos efectos no podíamos parar de reír. Le preguntábamos del clima, si hay gente o no. Hasta nos contó de su “maravilloso romance playero”.

Mis tíos y mis papás estaban horrorizados con el grado de irresponsabilidad y advirtieron que por eso fue que se expandió el coronavirus, por no respetar la cuarentena.

En estas reuniones se va develando poco a poco la brecha generacional que existe y, claro, la inocencia de los grandes. Para nosotros, los más jóvenes, es el mejor juego de niños que puede existir.

Estas serán, luego, las anécdotas que contaremos cuando los papeles se inviertan con el paso del tiempo.

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