En sus marcas, listos, fuego
‘Homeless’ plus ‘Gossip’
Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

7 Sep 2021 - 19:03

La semana anterior las redes se inundaron con los afilados y profundos comentarios emitidos por los másteres en mendicidad, PhD en pordioserismo y coaches de homelessismo. Esto ha provocado que me atreva a escribir sobre este tema que lleva tantos años rondando mi cabeza.

La gente cuerda cree que la mendicidad es sinónimo de pobreza. Se equivocan. Me empecé a dar cuenta que existía un error de apreciación cuando interioricé sus movimientos al observarlos en Berlín, Madrid, Budapest, Barcelona y Quito.

Hallé un común denominador: casi todos hablaban solos, la gran mayoría no agacha la cabeza y sacando pecho sale a recorrer sus ciudades. No mendigan, exigen. Hay más postureo que desesperación en su forma de caminar. Así que decidí investigar el fenómeno y descubrí el agua tibia: el tema está recontra estudiado por la psicología y psiquiatría y nosotros, doctorcitos del todo, no lo sabíamos.

Resulta ser que, en la mayoría de casos (decir mayoría es una generalización, y generalizar significa decir la mayor parte, mas no todos) no se trata de casos de pobreza (aunque la pobreza acompañe necesariamente a la condición), sino de cuadros de esquizofrenia y de psicosis.

Mientras ustedes están atentos a nuestra propia versión de la Boda Real, son cientos de mendigos, en el mundo, que mendigan no por ser pobres, sino por tener trastornos de la personalidad o condiciones mentales que nos les permiten adaptarse armónicamente a nuestra ética y celestial sociedad.

Muchos vienen de hogares violentos, desintegrados y del consumo de drogas, que potencia los brotes psicóticos.

Al enfermo mental no se lo sana regalándole un trabajo estable, porque per se es inestable. No se puede enfrentar la salud mental con técnicas de salud financiera.

Guillermo Bastidas, psiquiatra ecuatoriano, logró incluso hallar una interesante génesis: muchos de los mendigos de Ambato estuvieron previamente internados en clínicas psiquiátricas, fueron ‘liberados’ para asistir a programas de reinserción social, pero ante su fracaso, fueron abandonados en las calles.

Quiero que hagan la prueba: ya que por 24 horas decidieron ser altruistas y por primera vez en sus vidas defender por redes la honra de los mendigos, prolónguenlo un poco más. Obsérvenlos.

Verán que no se trata de personas de escasos recursos pidiendo dinero en los semáforos para salvar del hambre a sus familias. Ellos viven en otra dimensión, despreocupados de lo mundano. Viven encerrados en su propio universo.

Miren los síntomas. Hallarán demencia senil, depresiones graves, discapacidad mental, psicosis postraumática, brotes psicóticos y esquizofrenia. No son ‘pobres de pobreza’, pues en su gran mayoría no entienden el concepto de ‘riqueza material’.

Su estado calamitoso los empuja a buscar estimulantes o depresivos fáciles de conseguir: cemento de contacto y alcohol, que terminan deteriorando aún más su salud mental. ¿Ven por qué no se trata de la frivolidad de despejarlos del Centro de Quito? ¿Ven por qué me resulta tan hipócrita su repentino interés por aquellos en cuyas vidas ustedes jamás se han interesado?

Cuando se les acerca un mendigo, la mayoría de ustedes se cambia de vereda y luego lloran porque alguien quiere excluirlos de las fotos y del glamour. Día a día oscilan entre el miedo y el asco. Aunque claro, resulta muy conveniente ser sus defensores desde las redes sociales. Héroes y heroínas de pantalla, ciegos de carretera.

Quizá es hora de que los gobiernos del mundo vean este fenómeno como un problema de salud pública y no como una consecuencia del capitalismo. Quizás todo lo que he dicho en esta columna sea una locura, y por ello invito a psiquiatras y psicólogos a contradecirme, a corregirme o a apoyarme.

No importa. Lo que importa es que empecemos a hablar de los temas relevantes en lugar de hablar de la longitud de una alfombra roja.

Porque, permítanme decirles, mirar hacia otro lado no les hace ni más cuerdos, ni más inteligentes, ni mejores estrategas. Este es un llamado de atención a los que abren los ojos solo cuando el morbo del escándalo los llama.

A veces es más sana una crisis de locura que un brote de mentira. Va siendo hora de transformarnos, de abandonar nuestro ‘expertise’ como críticos de farándula y empezar, de una vez por todas, a dejar de esconder los problemas del mundo debajo del tapete.

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