Columnista Invitado
Otras formas de morir
Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

1 Jun 2021 - 19:00

La especulación carece de método científico porque no es una proyección, es la elucubración que nace de la sospecha de quienes dudan. Dudan y sospechan quienes no se gobiernan desde la certeza.

Por ello urge hablar sobre un asesino silencioso, que se cuela entre las sombras, que envenena lentamente, que hace metástasis mental. Un verdugo sin rostro, una horca cuyas sogas resuenan con cada respiración.

Llegó el día de ponerle un nombre a ese fenómeno que te fusila por partes, pero que te deja tendido e inerte al final del camino: se llama proceso penal.

Qué fácil resulta alentar corrientes conspiracionistas y aseverar, tan sueltos de huesos, que José Agusto Briones no se quitó la vida, sino que le fue arrebatada por quienes preferían su silencio. ¿Una muerte sospechosa? No. Una muerte anunciada, practicada, ensayada por generaciones de prisioneros de un proceso que succiona la vida para entregársela a quienes claman por ella.

Quienes no han vivido un proceso penal (aún) no pueden comprender todo lo que significa psicológicamente para el procesado. Quiero que imaginen que, siendo culpables o inocentes, una madrugada escuchan el estruendo de su puerta estallando y los gritos de terror de sus hijos.

Decenas de policías armados ingresan a su dormitorio. Un fiscal les lee sus derechos.

Acto seguido, tras una audiencia tan breve como un sueño, un juez dictamina su prisión preventiva y, esposados en una buseta, son trasladados a una cárcel donde son recibidos con la algarabía de toda fiesta que se celebra cuando llega carne fresca.

Carne fresca para lamer, carne fresca para abusar, carne fresca para devorar. Carne humana para deshumanizar. Los derechos humanos son prisioneros de los presos. Hasta aquí: el purgatorio.

Pero el traslado al infierno es más calamitoso. ¿Cómo sucede? Cuando su caso se mediatiza, cuando sale en la prensa y el fuego se aviva en las redes sociales. A partir de este momento ya no es relevante lo que usted hizo o no hizo. Inocencia y culpabilidad son solamente palabras como lo son nuez o maní, o sea, palabras.

Un día ve sus canas frente al espejo y entiende que no importa a quien contrate para su defensa porque cuando el caso es mediático, la sed de sangre de un cúmulo de desconocidos pesa más que la verdad.

Y se toca las canas y entiende que la vida que tiene por delante será todo menos vida. ¿A qué ritmo respira? Al que marca la ansiedad.

¿Qué quiero decirles? Que es fácil especular sin tener la menor idea de lo que significa sentarse media hora en el banquillo de los acusados y comprender que en esta vida se paga caro por nuestros pecados y por nuestras virtudes. La muerte acaba con la vida, el proceso penal la destruye. Son dos formas de morir.

Dicen que los muertos no hablan. Mentira. Hoy una muerte grita.

El proceso penal arrasa, seca, exprime. De ahí que nuestra justicia deba plantearse la pregunta más importante de este siglo: ¿los casos mediáticos garantizan justicia o aniquilan todas sus expectativas?

Gente: nadie está libre de un proceso penal inhumano. Sería bueno digo yo, por fin, humanizarlo.

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