El Chef de la Política
La Perestroika indígena y el éxito electoral de Pachakutik
Santiago Basabe

Santiago Basabe

Politólogo, docente-investigador de FLACSO Ecuador y analista político. Sus campos de interés son las relaciones entre política y justicia, el funcionamiento de las instituciones democráticas y la representación política de las mujeres en América Latina.

Actualizada:

19 Jul 2020 - 19:00

A mediados de la década de los noventa, el movimiento indígena emergió a la vida político-electoral del país. Ideológicamente anclados al discurso reivindicativo de derechos históricamente esquilmados y con el contingente de varios líderes blanco-mestizos que fueron parte de los acuerdos, Pachakutik (PCK) adquirió presencia legislativa.

Sin embargo, el envión inicial de a poco fue perdiendo vigor al punto que la bancada indígena nunca superó el 10% de las curules del extinto Congreso Nacional.

Roces en cuanto a la concepción esencialista o no de la propuesta política, deficiencias en la estructura institucional de la agrupación electoral y las inevitables diferencias que genera la entrega de espacios de poder por parte de los diferentes gobiernos, coadyuvaron para que Pachakutik no alcance a consolidarse en la arena electoral. 

La ausencia de un candidato presidencial propio luego de 2006 da cuenta del letargo en el que ha caído el movimiento indígena en el plano proselitista.

Sin embargo, el ciclo político del país vuelve a ofrecer a Pachakutik una oportunidad magnífica, acaso la mejor desde su aparecimiento en la vida electoral del país. Varias razones abonan en torno a lo mencionado.

Si se toman en cuenta los resultados de la primera vuelta electoral de 2017, del casi 40% de votos alcanzados por el ahora Presidente Lenín Moreno, al menos la mitad se orientará hacia el candidato de la Revolución Ciudadana (RC).

Esto implica decir que el ungido por Rafael Correa, independientemente de quien sea, está prácticamente en la segunda vuelta electoral.

Como consecuencia de ello, el 20% restante es un voto decepcionado de RC, en la doble interpretación de las siglas, pero que difícilmente girará hacia una propuesta de centro-derecha, como la de Guillermo Lasso o el candidato del Partido Social Cristiano.

Si bien Otto podría capturar una parte de esa votación, tendría el límite que le impone haber sido parte del actual Gobierno. Luego, si se asigna al ex vicepresidente un 10% de ese caudal de votos (y un porcentaje adicional que arrancaría a Lasso o al candidato PSC), el movimiento indígena podría capturar el restante 10%.

Ese valor, sumado al histórico 5% leal a Pachakutik, y que se refleja tanto en su representación legislativa como en las presidenciales en las que ha participado apoyando a otros candidatos (Acosta o Moncayo), bastaría para que el movimiento indígena entre en la disputa por ingresar a la segunda vuelta electoral.

Si se considera que las próximas elecciones tendrán al menos una docena de candidatos y que ninguno de ellos superará el 20% de la Revolución Ciudadana, con 15% de votos el movimiento indígena podría disputar el paso al ballotage con Guillermo Lasso, eventualmente Otto y el candidato socialcristiano.

En cualquier caso, entre PCK, CREO, el ex vice-veci y PSC las diferencias serán mínimas y cualquiera de ellos podría obtener el segundo espacio. Si esto es así, allí está ya el 80% de la votación. Del 20% restante, 10% se repartiría entre los cinco o más candidatos que empiezan a surgir y la diferencia iría a nulos y blancos.

Sin embargo, para que las opciones de segunda vuelta de PCK tomen forma, se requiere una Perestroika al interior del movimiento indígena. Por tanto, en el conjunto de decisiones que deberían adoptar está, ineludiblemente, la convicción de que pueden ocupar el centro del espectro electoral, ahora despoblado.

Para el efecto, la vía sería plantear un discurso moderado en lo político, pragmático en lo económico y de respeto a las diferencias en lo social.

Aquello implica una amplia discusión ideológica que debe partir por dejar de lado muletillas como la del “neoliberalismo”, que además de ser carente de la más mínima evidencia empírica (Ecuador es de los países que menos aplicó políticas de ajuste estructural en América Latina), cada vez es menos atractiva para los votantes.

En lo económico, calaría muy bien entre el electorado más centrista una propuesta innovadora que otorgue su justo espacio al mundo privado y que discuta también el rol específico del aparato estatal, apartándose así de los extremos que van de la cuasi desaparición del sector público al de su excesiva presencia y control.

Finalmente, en el plano de las diversidades, una señal poderosa desde PCK estaría en el otorgamiento de mayores espacios políticos a las mujeres del propio movimiento indígena, excluidas históricamente de la toma de decisiones, mucho más que en el resto de agrupaciones partidistas.

Naturalmente, decisiones como las mencionadas van de la mano con la idea de que los cambios se los consigue cuando se maneja el poder político y que este se obtiene vía urnas.

Esta afirmación, que puede parecer una obviedad, no lo es en algunos sectores del movimiento indígena. Allí hay, por tanto, otro tema respecto al que la Perestroika indígena debería promover una amplia discusión interna.

Adicionalmente, en el nivel más operativo, el distanciamiento abierto con la candidatura de la Revolución Ciudadana y una nueva narrativa de la participación indígena en los hechos de octubre del año pasado, podrían apuntalar una candidatura con posibilidades reales de éxito electoral.

Con las consideraciones anotadas, una Perestroika en versión Pachakutik podría derivar en un presidenciable indígena, al que se agregue una cuota blanco-mestiza en la papeleta, con mayor fuerza y capacidad de llenar una serie de expectativas ciudadanas ahora no resueltas por las opciones que circulan.

Desde luego, la otra posibilidad (para algunos más realista) es que el movimiento indígena renuncie a su propia Perestroika y se mantenga en la posición actual, corrido hacia la izquierda, mucho más que la Revolución Ciudadana.

En dicho escenario, el discurso disruptivo y extremista acogerá al 5% de votos leales y la lucha política de PCK continuará desde los márgenes, con mucha capacidad de movilización pero con menor incidencia sobre las trascendentales decisiones que el país deberá asumir en los próximos años. A la par, el 20% de votos situados hacia el centro continuará huérfano de representación partidista.

***

En las semanas que están por venir la dirigencia indígena deberá definir, por tanto, si se mantienen en su radicalidad o si optan por una reinvención de su ideario político.

En lo de fondo está la disyuntiva entre los viejos axiomas, carentes de impacto popular, como lo demuestra la votación histórica de PCK, o la reforma que, sin perder de vista los aspectos nodales de la lucha indígena, pueda ofrecer una alternativa electoral moderada y con opciones reales de éxito.

Al final, la pregunta que queda en el aire es si Pérez, Quishpe o Iza están dispuestos a ser el Gorbachov del movimiento indígena.

Si lo hacen, no solo cambiarán la configuración de fuerzas políticas hacia 2021 sino también incidirán poderosamente en las preferencias electorales de mediano y largo plazo de muchos ecuatorianos.

Noticias relacionadas