Firmas
El rostro de los jueces y la horca de los pueblos
Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

14 Sep 2021 - 19:05

Si usted es una persona visceral, a quien cualquier texto superior a los 180 caracteres le resulta abrumador y sabe más de deportes que de literatura o historia, pare aquí, que esta columna no le va a gustar. Pero si es de los que reflexiona, que siempre le busca la otra cara a la moneda y de los que piensa y luego existe, siga leyendo.

Hoy es una costumbre, intensa y violenta, colocarles rostro a los jueces. Sí, ponerles nombre y apellido. ¿Con qué fin? Exponerlos y humillarlos públicamente cuando una decisión jurisdiccional no le gusta al man de la esquina. ¿Este es el mecanismo de fiscalización adecuado para combatir la corrupción? Vamos a ver.

Primero: la justicia no es ni circo para sus amiguitos, ni pan para usted. Los jueces no están aquí para entretener al pueblo, sino para hacer justicia para la comunidad. ¿Qué es justicia? Simple: cuando la norma dice si sucede A entonces se aplica B, siempre que sucede A, se aplica B.

Injusticia es, entonces, dejar de aplicar la norma para un caso y aplicarla a otro idéntico. ¿Ven? Justicia no es condenar al tipo que a ustedes les cae mal. Justicia es aplicar la ley, sin importar un bledo sus simpatías.

Vamos a ver ejemplos de cómo ustedes nadan en piscinas sin agua:

a) Titular: “Juez corrupto libera a hombre que asesina a su esposa y a su hija”. Realidad: “Fiscalía acusó a X de ser el asesino; la defensa demostró que X (gordito, que mide 1.55, calvo, de 58 años) el día de los hechos estaba fuera del país; seis testigos presenciales describen al asesino como alto, fornido, con rastas y de unos 18 años aprox. ¿Qué debía hacer el juez? Obvio, absolver.

Pero ustedes leen el titular y convulsionan. Respiren. Si ni siquiera han leído el expediente, presenciado la audiencia, ni conocen el caso, tienen dos opciones: 1. Preguntar (investigar); 2. Callarse. Pero esto de defender absolutamente aquellos hechos que ignoran absolutamente, desmerecen la parte de sapiens de lo que tienen homo.

b) Titular: “La Juez A tiene ingresos por 60.000 anuales pero bienes por 200.000”. Reacción del twittero: “¡Juez corrupta! ¡Miserable! ¿Por qué Fiscalía no la procesa?”

Realidad: facilito publicar cuánto ganó el anterior año la juez y compararlo con su patrimonio acumulado de los últimos, que sé yo, ¿10 años? Les voy a contar un secretito: si durante 10 años acumulo patrimonio y lo comparo con lo que gané el último año, una cosita no va a cuadrar. Básico.

Claro, y del otro lado tenemos a jueces verdaderamente corruptos, no lo niego. El problema es el método poco socrático y bastante oscurantista que están eligiendo para combatirlos. Usted me dirá: “y que tal si la publicación sí dice la verdad”. Chévere. Construyamos, entonces, una sociedad que sustente sus creencias en especulaciones, en hipótesis no testeadas.

Yo tengo una mejor respuesta: “¿y qué tal si dejamos de especular y le dedicamos las próximas horas a investigar?” Si no conocemos los hechos y nadamos sin certezas, ¿cómo podemos ser tan radicales y brutales en nuestras reacciones?

Al publicar el rostro a los jueces en casos donde ustedes leen palabras que suenan a mandarín (prescripción, ejecutoriada, doble conforme, versare in re ilicita, non reformatio un peius, etc.) no sepulta la corrupción, sino que la incrementa, como crías de perra callejera.

Porque aquellos juristas honestos, probos y capaces que son expuestos, ya no querrán seguir siendo justos (recuerden: aplicar la ley con el silogismo “si A, entonces, B”) sino que ante la mirada asustada de sus hijos (los jueces también se reproducen y tienen hijos pequeños que ven como un cúmulo de desconocidos destrozan a su familia), mañana preferirán complacer a las hordas medievales enardecidas.

Exponer la vida, el rostro, la identidad de todos (sin saber a ciencia cierta si existen irregularidades o no), coloca en riesgo al sistema mismo, quebrando la rectitud de los buenos y aumentando la jauría de los malos. Créanme, los corruptos son de cartón, exponer sus rostros no les quita el sueño. Lo grave está cuando, sin proceso de discrecionalidad alguno, se publica o ayuda a viralizar cualquier rostro, sobre el sólido sustento de un titular cualquiera.

Si usted mañana lee que Fiscalía dice: “pese a haber demostrado A, el Juez hizo C”, respire, inhale, exhale. Los expedientes son extensos y usted no puede basar su criterio sobre el comentario emitido en 180 caracteres por quien cuenta solo un lado de la historia.

Combatir la corrupción poniéndole rostro a los jueces es una forma bastante inesperada de suicidio. ¿Saben qué estamos haciendo como sociedad? Sacando la soga, haciéndole nudo, colocándola alrededor de nuestro cuello y, ups, lanzándonos al vacío. Porque llegará el día en que usted, lector, sí usted, sea el procesado y gracias a su ímpetu de hoy, mañana no imperarán las pruebas, sino el poder que usted tenga en redes.

¿Quieren una mejor justicia? Entonces dejen de aspirar al retorno del Anfiteatro Flavio, donde las muchedumbres alcoholizadas eran las que elevando su voz dirigían el dedo pulgar del emperador.

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