De la Vida Real

Esa vieja calle y los sapos detrás del muro

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

29 Ago 2022 - 5:26

A lo largo de muchos años he pasado por esa calle. No es una gran avenida. Me he fijado como algunas casas del valle de Los Chillos, con grandes jardines y techos de teja, son reemplazadas por locales de negocios.

He visto que, junto a un centro educativo, hay un gran muro blanco.

Nunca le di mayor importancia al muro, porque queda en el punto exacto donde la calle se convierte en vía.

La semana pasada, fui por ahí y advertí que el muro estaba pintado de celeste con letras azules y un sapo.

Por coincidencia, vi en Facebook una publicidad de Wikiri, donde salía el mismo dibujo del sapo que había visto pintado en aquel muro.

Di clic y me enteré de que es una exposición de sapos, la más grande del mundo. Les escribí para pedirles información. Me contestaron que la entrada costaba USD 10 para adultos y USD 8 para los niños. Coordinamos la visita.

Llegamos puntuales los cinco, mis tres hijos y mi marido. Nos recibió una guía que nos explicó que este centro de investigación científica de sapos está abierto al público desde el 15 de agosto.

Wikiri Sapoparque es una alianza de dos instituciones: Wikiri y el Centro Jambatu para trabajar en la conservación de los anfibios. Jambato es una fundación dedicada a la investigación y Wikiri es una iniciativa privada de biocomercio”.

Ambas “luchan por la conservación de las ranas, combatiendo el tráfico ilegal de las especies, generando ciencia y protegiendo sus ecosistemas”.

Nos dio la bienvenida y el tour comenzó.

Se abrió un mundo desconocido, donde el tiempo no pasa, los carros no suenan, el clima se encarga de transportar a los visitantes a diferentes regiones del país, a través de cada exhibidor.

Nunca me han gustado los sapos ni las ranas. Ahora ocupan el 90% de mi mente.

Estoy obsesionada por aprender todo lo que pueda de esta magnífica especie. Muchos están en peligro de extinción y otros ya extintos.

Los sapos y las ranas han estado en nuestra cultura toda la vida.

Cuando oímos croar, sabemos que la lluvia se aproxima, porque los sapos son bioindicadores del clima (tenía que poner este nuevo término en el artículo).

Este dato es muy interesante, porque hay una especie de rana que se llama Jambatu que vive en los páramos de Ambato, es más, por ellas se llama así la ciudad.

Había tantas de estas ranas que era imposible caminar sin pisarlas. Esto hace más de 30 años, hasta que un día, de repente, desaparecieron.

Investigaron el fenómeno y se dieron cuenta de que existen cambios climáticos en el planeta. Ecuador no fue el único país que perdió una especie de rana, sino que era un fenómeno global. Eso nos lo contó la guía, mientras tratábamos de encontrar una dentro del terrario de exposición. Era una rana negra chiquitita.

Estar frente a un exhibidor es entender el ecosistema en el que vive cada rana. La exposición está tan bien hecha que, por unos minutos, junto a los sonidos ambientales de la naturaleza, los visitantes nos trasladamos al trópico, a la selva, al Chocó Andino.

Y nos despierta la conciencia de la conservación, que en la ciudad se nos duerme profundo, profundo. Todos los que puedan deberían ir a visitar esta exposición y regalarse unos minutos de reflexión.

El mundo de los sapos es infinito. La guía nos explicó que estos anfibios no tienen dermis y, por eso, tienen en su piel sustancias que les ayudan a combatir los virus, las bacterias y hasta los hongos.

Gracias a los estudios con sapos y ranas se han encontrado remedios para otras especies. Hay una sustancia que descubrieron en la piel de una rana venenosa, pero no mortal, que es más potente que la morfina y no causa adicción.

Hay ranas que tienen más de 200 moléculas para analizar.

Luego de las explicaciones científicas y técnicas, pasamos al área de alimentación, donde un joven, que se presentó como el chef de las ranas, empezó a sacar larvas, grillos, moscas de fruta: una gama gastronómica infinita.

Los niños felices agarraban los bichos. Sutilmente, me hice para atrás y decidí mirar de lejos, mientras mis hijos cogían todo, hasta se comieron un gusano tostado que dijeron es la proteína del futuro.

Terminado el refrigerio, pasamos a un contenedor donde se replica el ecosistema perfecto para las ranas. Es totalmente oscuro, cae agua y se ve una vegetación alucinante, que es alumbrada por la linterna de la guía. Nos sentíamos biólogos. Yo vi una rana, pero mis hijos vieron más de 15.

Gracias, Wikiri, por abrir las puertas de este muro y permitir que todos podamos conocer su trabajo de conservación. Ahora, cada vez que pase por ahí, sonreiré porque sé que detrás de esas paredes hay ciencia, conciencia y esperanza.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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