De la Vida Real
Un superhéroe en bicicleta llamado Richard Carapaz
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

1 Ago 2021 - 19:00

Se pone su casco anaranjado, su jersey verde y su licra de ciclista que le queda gigante. Muy concentrado mete uno por uno sus deditos en su par de guantes negros y agarra el ‘camelback‘ lleno de agua. Mientras pedalea canta a todo volumen: “Carapaz, eres capaz de ganar una vez más”. 

Se baja de la bici. Entre dos árboles de guaba amarra una soga vieja. Lo oigo hablar solo y se dice: “No puedo ajustar más el nudo”.

Veo por la ventana de mi cuarto a mi hijo Rodrigo, de siete años, cómo juega a ser un gran ciclista. Pero no cualquiera, él juega a que es la Locomotora del Carchi, y grita, al mismo tiempo que pedalea a toda velocidad: “tú puedes, Richard, tú eres el más veloz de todos. Dale con fuerza, campeón”.

Como mamá esto me llena de alegría, porque para él su superhéroe es un ciclista de Tulcán que llegó a ser el ganador de la medalla de oro en las Olimpiadas de Tokio 2021.

Mucha gente se refiere a Richard Carapaz como un niño pobre que salió adelante. Pero no, él nació con talento, con espíritu de triunfo y con unos padres que, pese a no poderle dar la mejor bicicleta, lo apoyaron y confiaron en él.

Lo hemos visto siempre sonreír antes de llegar a la meta, porque él sabe que llegará. Tal vez no siempre primero, pero llegará triunfante.

Muchos lo critican porque dicen que habla con el español de España. Otros dicen que sus declaraciones fueron arrogantes. He oído, también, que él ya no es ecuatoriano, y que no nos pertenece. 

Los adultos somos crueles, vemos defectos donde solo hay triunfos de un ser humano disciplinado, dedicado, que ha entregado su vida al ciclismo. Y ahora muchos niños lo ven como un héroe. 

A mí me interesa, como mamá, que la gente tome conciencia de que en las vías van ciclistas y que los ciclistas tomen conciencia de que en las vías también van carros, y hay que ir con cuidado. Me desespera que la gente siga diciendo que el ciclismo es solo una moda. No, no es moda; es un deporte, es pasión y también es un medio de transporte.

Claro que me angustia pensar que algún día mi hijo Rodrigo vaya a montar bici en la carretera y pueda ser víctima de algún accidente. Sufro que la bici agarre fuerza en una competencia y mi guagua se caiga. Me lleno de orgullo cuando queda en cuarto lugar entre seis participantes.

No me puedo ni imaginar la alegría que sentirán los padres de Richard Carapaz, porque su hijo, a base de esfuerzo, les ha dado una infinidad de triunfos y alegrías; triunfos personales y nacionales. Él representa a un país. Un país ingrato con su talento, que no le llevó ni un solo masajista.

Pero de estas cosas ya se ha hablado mucho. De lo que no se habla es cómo estas acciones llegan a los niños.

Y, desde la ventana, veo a mi hijo Rodrigo pidiendo a su hermana melliza que le haga un masaje en la pierna porque se cayó justo antes de llegar a la meta. La hermana le masajea durísimo la rodilla y le dice: “anda, que esto no es una competencia de carros, esto es el mundial de bici, y tú no puedes perder. Anda rápido y gana a todos, Carapaz”.

Él se acomoda el casco y grita: “Vamos, Richard, que sí se puede, campeón”. Y canta mientras pedalea.

Luego de tanto alboroto, el hermano mayor sale con su bici a seguir la competencia. Y ahora ya no hay un Richard Carapaz, sino dos, porque se multiplican, porque todos quieren ser el mejor. La masajista improvisada también va a ver su bici y la carrera se pone emocionante. 

Miro por la ventana cómo un ciclista del Carchi es mucho más que el campeón del mundo. Es un espíritu que hace que los niños jueguen y sueñen. El poder que tiene un buen deportista es el que tiene Richard Carapaz para ser la inspiración de muchos niños ciclistas.

Él no gana solo por ser el mejor, él gana por no seguirles el juego a los políticos. Él gana por su perseverancia y sencillez.

Su espíritu está aquí, y yo veo a través de mi ventana cómo tres niños se ríen porque el uno se llama Richard, el otro es  Carapaz y la otra, la improvisada masajista, ahora es la encargada de poner la medalla al campeón del Ecuador.

Como ella no se decide a quién darle el premio final dice: “mejor juguemos al Tour de Francia”.

Y el juego vuelve a comenzar.

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