Leyenda Urbana
Superpotencias batallan por la vacuna. La gente discrepa por el dióxido de cloro
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

3 Ago 2020 - 19:00

Los más lúcidos pensadores no habrían previsto que, a estas alturas de la humanidad, la lucha de las superpotencias no sería por territorios ni por la carrera espacial, sino por la vacuna contra el Covid-19.

Y tampoco que el campo de batalla serían los laboratorios en los que, en una marcha frenética contra el tiempo, se desarrolla el antídoto. Y los humanos en quiénes se prueba su efectividad.

Ante la catástrofe sanitaria que deja 688.000 muertes y más de 18 millones de infectados, el mundo contiene la respiración y apuesta por la validez de una vacuna. 

Al comienzo, la disputa era entre Estados Unidos, como potencia hegemónica, y China, el gigante en expansión donde se originó el virus, buscando resarcirse ante el mundo. Pronto, se unió Rusia.

Todo se aceleró luego de que la Universidad de Oxford que, junto al laboratorio británico AstraZeneca desarrolla la vacuna, anunció que está en la fase tres, con “resultados prometedores” y que estaría lista en septiembre. La producirán también en la India y en Brasil que adquirirá 100 millones de dosis.

De inmediato, Estados Unidos dijo que la compañía biotecnológica Moderna ha iniciado la fase tres del ensayo de su vacuna y que podría salir en noviembre.

La presunción de que Donald Trump, que ve peligrar su reelección, ponga presión a la farmacéutica para acelerar los tiempos, se comenta a todo nivel.

A menos de 100 días de los comicios del 3 de noviembre, Trump quiere la vacuna para frenar el virus que ha dejado más de 154.000 fallecidos y más de 4,6 millones de contagiados en su país. Y para que la gente, a la hora del voto, no recuerde su desastroso manejo de la pandemia.

En la historia de la medicina, no hay precedentes de una disputa por ser los primeros. El fin de semana, Rusia sorprendió al anunciar que este mes aprobará la vacuna del instituto Gamaleya y que la administrarán a la población en octubre. Se adelantaría a Estados Unidos. 

Pero la celeridad de los experimentos ha generado sospechas. Hay quienes presumen que Putin estaría forzando para que Rusia sea vista como una fuerza científica global.

El anuncio de Moscú ha hecho recordar la denuncia del Centro de Ciberseguridad Nacional británico sobre presuntos piratas informáticos vinculados con agencias rusas de inteligencia, que habrían espiado el desarrollo de su vacuna. 

Inmunizar a sus ciudadanos, lo que llevaría a reabrir sus economías, tiene a las potencias jugando a dos bandas. Mientras desarrollan sus propias vacunas, se aseguran comprando otras.

A la Casa Blanca se le cae el discurso proteccionista cuando paga USD 2.100 millones a la francesa Sanofi y a la británica GlaxoSmithKline para estudios y adquisición de millones de dosis, bajo el programa ‘Operation Warp Speed’, que lanzó Trump. 

La Unión Europea reservó 300 millones de dosis con Sanofi y negocia con otras farmacéuticas. Japón cerró un acuerdo con la alianza alemana-estadounidense Pfizer/Biontech, para garantizarse 120 millones de dosis.

“Las oportunidades se multiplican a media que se toman”, dice Sun Tzu, en el Arte de la Guerra. Pekín lo hace con destreza. 

Como Sinovac Biotech tiene casi a punto su vacuna, hoy miran a Latinoamérica y al Caribe, donde siempre falta dinero.

La semana anterior, el canciller chino, Wang Yi, en una reunión virtual con sus homólogos de la CELAC, ofreció USD 1.000 millones en créditos para que adquieran la vacuna.

Ecuador participará también en ensayos clínicos de la vacuna Covax que, según el ministro de Salud, al ser sintética, produciría menos efectos colaterales. Igualmente, se habla con Pfizer.

Una crisis sanitaria como esta solo se vive una vez por siglo, dice el director de la OMS. No pocos países combaten la pandemia con lo que disponen.

Varios países, incluido Ecuador, están inmerso en foros virtuales y testimonios en los que se da cuenta del buen resultado del dióxido de cloro. Dan cifras positivas. Pero a los médicos que advierten que “destruye bacterias y virus, pero también células humanas”, se los descalifica. 

Los defensores del dióxido de cloro hablan de una suerte de confabulación de gobiernos, grandes medios y empresas que defienden a las farmacéuticas. A la vacuna la consideran “veneno”.

“No aborden ese tema, se exponen al escarnio público”, se advierte una y otra vez. Ojalá no tengan razón. 

En la memoria colectiva del país está fresco el discurso del “conmigo o contra mí”, que dividió a las familias, separó a amigos y dañó el alma de muchos durante el correato. La historia no puede repetirse, más aún si es la vida la que está, hoy, en riesgo.

Si las superpotencias libran una batalla por la vacuna, los ciudadanos tendrían que ser capaces de discrepar sobre una probable cura para la pandemia, sin considerar enemigo al que piensa distinto. ¿Verdad?

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