Columnista Invitada
La era en que la vergüenza parece haber desaparecido por completo
Vanessa Carrión

Vanessa Carrión

Es Ph.D. en Economía. Docente-investigadora de la Universidad de las Américas. En sus investigaciones combina sus dos pasiones: la economía y la ciencia política.

Actualizada:

3 Mar 2021 - 19:00

En muchas de sus manifestaciones, la vergüenza es entendida como el rechazo hacia uno mismo por el incumplimiento de un guión social; es decir, pasa por un juicio real o interno que examina nuestros pensamientos y nuestros actos frente a las normas o estándares que compartimos con otros.

La vergüenza tiene incluso manifestaciones físicas, como el enrojecimiento en la cara y el dolor en las entrañas. Se trata de un sentimiento que la mayoría de las personas trata de evitar. 

Si bien no existen reglas escritas sobre la vergüenza, en general, esperamos que esta emoción tenga un efecto inhibitorio en los individuos y que actúe como una brújula moral.

Normalmente esperamos que la vergüenza actúe como una brújula moral.

Aun cuando cabría suponer que el respeto a las reglas implícitas de la sociedad sea asumido por parte de todos sus miembros, existen expectativas aún mayores sobre los estándares morales para los líderes políticos y las autoridades. 

Lastimosamente, alrededor del mundo hemos visto que las transgresiones intencionales de la conducta social esperada son cada vez más frecuentes. Llegando a niveles de cinismo y desvergüenza que nos asombran y que tienen consecuencias graves para la democracia.

De acuerdo con Aneta Stępień, la desvergüenza constituye una amenaza para el orden social, puesto que el ignorar los valores sobre los que se han construido las sociedades conduce al abuso de poder. 

En el continente americano, el expresidente Donald Trump y el presidente Jair Bolsonaro (Brasil) son los ejemplos más representativos de este abuso, pues a pesar de los constantes desaciertos y escándalos políticos en los que han estado envueltos, jamás se han disculpado por las transgresiones cometidas.

En nuestro país existe una larga lista de autoridades que han hecho gala de su cinismo.

En Ecuador existe una larga lista de autoridades que han hecho gala de su cinismo. Recordemos unos pocos ejemplos:

El pago de un millón de dólares de parte de la constructora brasileña Odebrecht al exministro de Electricidad Alecksey Mosquera por la adjudicación del contrato para la construcción de la central hidroeléctrica Toachi-Pilatón.

Un episodio que fue calificado como ‘acuerdo entre privados’, por el expresidente Rafael Correa.

Las palabras del exministro de Salud, Juan Carlos Zevallos, quien dijo que “si alguien desearía que dentro de este proceso (de vacunación) hubiera dejado fuera a mi madre o a cualquier otra persona debo decirles que difiero, con todo respeto, con ese criterio sobre este histórico proceso que se ha realizado”.

Zevallos, quien ahora se encuentra fuera del país y del cargo, pretendió justificar con estos argumentos que en el plan piloto de vacunación contra el Covid-19 hubieran sido incluidos sus familiares y otras personas cercanas a él.  

El Alcalde de Quito, Jorge Yunda, quien ahora porta un grillete electrónico, dando cumplimiento a una medida dictada por el juez que lleva un caso por presunto peculado en su contra por la compra de pruebas rápidas para Covid-19, manifestó que este grillete es la mejor presea que ha recibido. 

El Alcalde de Quito dice que el grillete electrónico es la mejor presea que ha recibido.

Pareciera que estamos entrando en una era en la que ya no podemos esperar que los funcionarios públicos, ya sea motivados por la culpa o por la vergüenza de sus errados comportamientos, busquen enmendarlos.

Al contrario, las críticas a la violación de los estándares morales parecen provocar un comportamiento aún más descarado, poniendo a prueba los límites de lo que se considera aceptable.

Sí, lamentablemente, ya estamos viviendo en la era de la desvergüenza.

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Tenga asesoras, señor Presidente. Siéntenos en su mesa, señor Presidente, y escúchenos.

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