De la Vida Real
De YouTuber a tenista…
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

27 Sep 2020 - 19:00

Mientras preparo el desayuno, mi hijo Pacaí, de nueve años, se sienta en el mesón de la cocina para ponerme al día en lo último de la farándula.

Me cuenta que es terrible la situación entre Epic Games y Apple, porque los unos no le quieren pagar a los otros o algo así. Es un revuelto chino, que no entiendo ni me importa, pero ahí estoy calentando el pan, haciendo el café y respondiendo interesadísima.

-Ah, en serio. ¿Y por qué no quieren pagar?

-Madre, no entendiste nada. Mejor me voy.

-No, Rey, no te vayas. Sí entendí todo. Pero no entiendo quién le debe pagar a quién. 

-Madre, te vuelvo a explicar. Verás…

Mientras hago un esfuerzo supremo por prestarle atención, el pan se me quema, la leche se derrama y mi paciencia colapsa.

De verdad me vale un carajo lo que me cuenta, pero el otro día leí un artículo que dice que hay que interesarse por cada cosa que cuenta un niño. Cuando sean adolescentes no nos van a contar nada, porque van a pensar que no nos interesa.

Entonces, respiro profundo, le pido que me ayude a poner la mesa, y él sigue explicándome con lujo de detalle cada problema que tienen estas dos compañías.

Mientras hago el almuerzo, la escena se repite: él se sienta en el mesón, y yo preparo un delicioso pollo con verduras.

Madre, ¿sabías que en la frontera de España y Francia existe un país donde solo viven YouTubers? Se llaman Andorra. Los impuestos son baratísimos, por eso se van todos allá.

-¿De verdad, Rey? 

-Sí, madre, Andorrita le dicen.

Juraba que apenas comenzaran las clases, él iba a dejar de ver tanto YouTube, pero qué va. No se levanta de la computadora. Quien le viera pensaría que es lo más norio que existe. Yo le grito: “Pacaí, tienes que ver los videos de las clases asintomáticas”.

Él se ríe y me dice: “Madre, es asincrónicas”.

Desde hace mucho que para él he dejado de ser “Má”, “mami”, “mamá”, “mamita”. Ahora soy “madre” y de apellido “Sabías Qué”. No puede separar estas dos palabras.

Con mi esposo decidimos hacer un esfuerzo y meterlo en alguna actividad por las tardes, cosa que me complica terriblemente, porque mi otro hijo está en bici, pero cualquier sacrificio justifica alejarle de la computadora y de sus YouTubers, quienes ya son parte de nuestra vida.

Hablamos con él y le dijimos que escoja una actividad, la que él quiera, y nosotros nos encargamos del resto. “Padres, no quiero nada. Tal vez volver al fútbol”.

Con el Wilson, mi marido, se nos pasó el detalle de su pasión por este deporte y su fanatismo por el Independiente del Valle, que ha llegado a niveles tan altos que el gato se llama Independiente, y nos dice que cuando tenga un perro le va a poner Del Valle.

Como papás responsables, nos pareció que el fútbol en época de pandemia todavía no es seguro, así que le persuadí bastante obligado de que vaya a clases de tenis. Aceptó de pésima gana. Averigüé cursos y profesores, pero todos se nos salían del presupuesto, hasta que me dieron el dato de una escuela de tenis.

Inmediatamente escribí, hice las averiguaciones, y estaba dentro de lo que podíamos pagar. Llegó el lunes. Primera clase gratis. Le dejé a mi hijo Rodrigo, de seis años, en su clase de bici, y seguimos camino a la clase de tenis que quedaba tan, pero tan lejos que el Pacaí iba llorando.

-Madre, ¿dónde me llevas?

-Madre, ya no hay señal para el Waze.

Y como que yo no viera, me dice:

-Madre, aquí hay pura vaca. Me estás sacando de lo urbano para llegar a lo rural.

Llegamos a un lugar soñado. Canchas de tenis abiertas y otras cerradas, los profesores extremadamente buenas gentes. Pocos niños. Unos jardines increíbles.

-Rey, te quedas aquí. Tengo que irle a ver al ñaño a sus clases de bici.

-Bueno, má, me dijo con esos ojitos que tiene. Má, no te perderás, por Dios, que no sé ordeñar.

No pude más de la felicidad. Me dijo “má”, junto a un pésimo chiste casual. 

Cuando regresé para retirarle, ni bien me vio, gritó:

-¡Mami, gracias! Estoy feliz. Amé este deporte. ¡Gracias por obligarme a venir!

En el camino a casa el uno me hablaba de bicis y de su mortal caída y el otro de tenis. A veces, ser mamá es la mejor profesión que pude haber elegido. La vida sigue luego de tanto encierro, y la capacidad de asombro poco a poco se va reactivando. El miedo al contagio está junto a la mascarilla y al alcohol.

-Má, ¿sabías que Nadal…?

Pacaí, nada de YouTube por hoy.

-Má, hay un YouTuber que solo habla de tenis. Está que mola el canal.

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