Elecciones en Brasil: entre el mito del fraude y la violencia política

Política

Autor:

EFE / Redacción Primicias

Actualizada:

1 Oct 2022 - 5:21

Los brasileños acudirán el domingo 2 de octubre a las urnas, los principales candidatos presidenciales son Jair Bolsonaro y Lula da Silva. Imagen del 28 de septiembre de 2022, en Río de Janeiro. - Foto: EFE

Elecciones en Brasil: entre el mito del fraude y la violencia política

Autor:

EFE / Redacción Primicias

Actualizada:

1 Oct 2022 - 5:21

Mientras Jair Bolsonaro apuesta por la reelección presidencial y amenaza con no aceptar una derrota, Lula da Silva sigue siendo el favorito en las encuestas.

Las elecciones del domingo 2 de octubre de 2022 en Brasil definirán la futura relación del país con América Latina y el mundo. Además, enfrentan a dos modelos claramente opuestos: la ultraderecha de Jair Bolsonaro y la izquierda progresista de Luiz Inácio Lula da Silva.

A estas elecciones generales (presidente, diputados, senadores, gobernadores) se suman dos factores inéditos en la historia electoral brasileña: la sombra de un golpe de Estado y la violencia política.

En el primer caso, el sistema electrónico de votación que se utilizará está bajo observación, por la desconfianza sembrada por Bolsonaro, que aspira a la reelección presidencial.

Desde el año pasado, cuando los sondeos comenzaron a dar como favorito para las elecciones al exmandatario Lula da Silva, el líder de la ultraderecha ha asegurado que el sistema puede ser objeto de fraude.

Esto pese a que no existe una sola denuncia en los 26 años de su funcionamiento en Brasil y es motivo de “orgullo” para las autoridades electorales, porque su implementación ha traído “seguridad y confianza” en las votaciones.

Y, precisamente, ha servido para reducir el número de fraudes y aumentar la velocidad del recuento, que antes duraba días y ahora se completa en pocas horas. También facilitó el voto de la población analfabeta, lo que ha repercutido en una reducción drástica de los votos nulos.

Bolsonaro ha alimentado el clima de tensión, por las dudas que ha sembrado acerca de si reconocerá la eventual derrota que le vaticinan todas las encuestas. Y sus declaraciones ambiguas han azuzado el fantasma de un golpe de Estado.

“La historia se puede repetir”, advirtió Bolsonaro el pasado 7 de septiembre, después de enumerar varias fechas históricas, algunas de ellas alusivas a levantamientos militares y al golpe de Estado de 1964.

Ese día, numerosos seguidores le pidieron en un multitudinario mitin impulsar una intervención militar, clausurar el Parlamento y destituir a los jueces del Supremo. Y él, lejos de desautorizar estos exabruptos, los ha amparado en el marco de la libertad de expresión.

A esto se suma el segundo factor: el alto nivel de crispación y los episodios de violencia, en los dos últimos meses.

Las autoridades investigan el asesinato de al menos cuatro personas tras presuntas discusiones políticas, dos de ellas el pasado fin de semana, entre otras agresiones a militantes y candidatos desde el inicio de la campaña.

La primera vuelta

Este domingo no solo está en juego el sillón presidencial de Brasil, sino también los puestos en el Senado y el Congreso, así como las gobernaciones.

Pero el amplio favoritismo de Lula en las elecciones presidenciales no se refleja en las disputas por los gobiernos regionales que, según los sondeos, serán asumidos en su mayoría por candidatos de partidos de centroderecha.

Entre los candidatos que lideran las encuestas en los 27 estados, 11 dijeron estar al lado de Bolsonaro y 10 declararon apoyo a Lula, aunque buena parte de ellos son de fuerzas de centroderecha.

Paradójicamente, los partidos de los dos candidatos con más intención de voto para las presidenciales son poco competitivos regionalmente en Brasil.

Para el legislativo se elegirá también un tercio de los 81 senadores y 513 diputados federales.

En las urnas se juega el desafío de revertir el gran retroceso en materia de derechos sociales. Por ello, habrá un récord de candidaturas de representantes indígenas, de la población negra, de mujeres y de las diversidades.

El Congreso actual es el más conservador desde la vuelta de la democracia en 1985, con un amplio espacio ultra reaccionario, conformado por operadores del agronegocio, del sector armamentista y del fundamentalismo religioso.

El de ahora es un parlamento dominado por hombres blancos y mayores que ha servido para garantizar las ganancias empresariales y obturar cualquier conquista popular y legislación inclusiva.

A pesar de que el 55% de la población brasileña se declara afrodescendiente, esta es la primera elección de la historia en que las candidaturas negras son mayoría. Según las estadísticas ofrecidas por la autoridad electoral, 14.015 aspirantes se registraron como afrodescendientes (49,5%) y 13.914 como blancos (48,8%).

En un país con el 51,8% de la población femenina, las mujeres representan el 33% de las candidaturas, una cifra que es récord, aunque sigue siendo baja. También se presenta un número inédito de candidaturas de lesbianas, gays, travestis y trans: serán 269.

Todas las fichas de estos sectores apuestan a que Lula se quede con la Presidencia de Brasil y, de preferencia, en la primera vuelta. Si los aliados de Bolsonaro ganan en las elecciones locales, al actual Mandatario le quedará difícil hablar de un fraude en el sistema de votaciones.

La política exterior

Las diferencias entre el actual presidente, Bolsonaro, y el exmandatario, Lula, se reflejan también en la política exterior del país.

Durante los últimos cuatro años, Brasil ha mantenido una agenda ultraconservadora. Bolsonaro se alejó de Estados Unidos desde 2021, cuando Joe Biden asumió el poder, también puso distancia con la Unión Europea, que protesta por sus agresivas políticas para la Amazonía.

Además, el Mandatario creó fricciones con China y dejó de lado a sus pares de Latinoamérica, ya que solo ha visitado los países de la región cuando han tenido gobiernos de derecha. Por ejemplo, visitó Ecuador para la investidura de Guillermo Lasso.

Bolsonaro mantiene las críticas contra los gobiernos de Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Colombia, Nicaragua, Venezuela y Cuba, a los que asocia con su principal oponente, Lula, y con el “comunismo”.

Mientras tanto, el líder brasileño de la denominada izquierda progresista promete a los votantes que el país volverá a lo que dice fue la bonanza de la primera década del siglo XX, cuando estaba en el poder.

Lula plantea restaurar las bases de la integración latinoamericana, un eco que ha venido resonando desde que la tendencia en la región empezó a regresar a la izquierda. Esto implica un renacimiento de la casi extinta Unasur y fortalecer el Mercosur y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).

Unasur y Celac fueron creados durante su gestión y abandonados por Bolsonaro. Para ello, Lula se ha reunido, en los últimos meses, con líderes de la región, como el mexicano Andrés Manuel López Obrador, el argentino Alberto Fernández, el boliviano Luis Arce y la vicepresidente de Colombia, Francia Márquez.

Venezuela y Nicolás Maduro siguen siendo el punto de quiebre en Latinoamérica, al que se ha sumado la Nicaragua de Daniel Ortega. Mientras que Bolsonaro ha sido crítico contra ambos regímenes y sus acciones, Lula es esquivo y evita ser crítico.

El panorama en Brasil, creado por Bolsonaro, puede cambiar con estas elecciones presidenciales. Todas las encuestas consideran favorito a Lula, con una intención de voto en torno al 45%, frente al 30% del actual presidente.

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