Tablilla de cera
Es por la dignidad, que se lo pido, señor presidente
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Algunos están viviendo de fiado.
Sí: fiado.
Así trata hoy el Estado ecuatoriano a algunos de los hombres y mujeres a quienes proclamó como las cumbres de su cultura.
Otros sobreviven como pueden, tal vez con alguna otra fuente de ingresos —siempre modesta a la edad en que la vida debería conceder un mínimo de sosiego—. Pero todos están cansados de pedir, de averiguar, de notarizar que siguen vivos, de ir y venir, de escuchar excusas, de no poder cobrar lo que se les debe.
Lo que su Gobierno les debe.
Usted probablemente no lo sabe, señor presidente. Pero hay personas que dedicaron su vida entera al Ecuador: a investigarlo, a pensarlo, a cantarlo, a escribirlo. Hombres y mujeres que sacrificaron comodidad, fortuna y muchas veces estabilidad no para enriquecerse ellos sino a la cultura nacional con su arte, su poesía, su música, sus estudios.
Tras décadas de trabajo silencioso y perseverante, el propio Estado ecuatoriano los proclamó como las cumbres de su cultura.
Hoy están mendigando a ese mismo Estado.
Y no es justo. Es más que una injusticia: es una indignidad nacional.
Porque le hablo, señor presidente, de los galardonados con el Premio Eugenio Espejo, el mayor reconocimiento cultural de la República.
Y no reciben sus emolumentos desde hace tres meses.
Mientras tanto, el Ministerio de Finanzas retiene los recursos que el propio Estado —mediante decreto— decidió otorgarles. No se trata de fortunas ni de privilegios. Se trata apenas de una asignación mensual destinada a que puedan sobrellevar con decoro la última etapa de sus vidas.
Le hablo de Alicia Yánez, Pepé Carrión, Eugenia del Pino, Patricia González, Fernando Tinajero, Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Segundo Moreno, Julio Pazos, Luigi Stornaiolo. Y de los que usted mismo premió en 2024: Estelina Quinatoa, Kingman, Martillo…
Ellos no se quejan. No organizan protestas ni levantan escándalos. Rumian su humillación en silencio, con la dignidad intacta, como corresponde a quienes han dedicado su vida al espíritu y no al ruido.
Pero el silencio de los dignos no debería convertirse en la comodidad de una administración indiferente.
Y ya que estamos en esto, señor presidente, su Gobierno tampoco desembolsa al menos desde hace seis meses el premio Espejo a instituciones que lo recibieron.
Seis meses.
Entre ellas están las academias de la Lengua e Historia, la Sociedad Filarmónica de Guayaquil, el CIDAP, el Archivo Histórico del Guayas, el Conservatorio Nacional, la Cinemateca, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la Biblioteca Aurelio Espinosa, la editorial Abya Yala, las Olimpiadas Especiales Ecuador.
Con esa asignación sostienen a sus pocos colaboradores y logran —con mucho sacrificio— continuar sus actividades. Y si su Gobierno las tiene a pan y agua, deben hacer quiromancias para sobrevivir.
El caso de la Academia Ecuatoriana de la Lengua es particularmente cruel: no recibe el premio Espejo desde hace un año. Además, su Gobierno incumple otra obligación, esta vez derivada de un tratado internacional: el Convenio Multilateral sobre la Asociación de Academias de la Lengua Española, aceptado por el Estado ecuatoriano mediante Decreto Supremo No. 808 de 29 de octubre de 1963, que lo compromete a proveer anualmente los recursos necesarios para el funcionamiento de la academia.
Estos recursos constan en el presupuesto del Ministerio de Educación y cada año la institución presenta su rendición de cuentas, examinada con minuciosidad —a veces con exceso de celo— por los funcionarios de esa cartera. Y, al final, de aclaraciones y subsanaciones, sale el sacrosanto “CUR” a Finanzas.
Pues bien: la academia no ha recibido aún la asignación correspondiente a 2025.
El presidente Lasso la fijó en 200 mil dólares anuales. Su Gobierno la redujo a 150 mil. No la entregó durante 2024 y solo lo hizo —tras múltiples gestiones— en mayo de 2025. Y, cuando ya estamos terminando el primer trimestre de 2026, aún no entrega lo correspondiente a 2025.
¿Cómo funciona una institución sin recursos?
El bibliotecario, el conserje, las secretarias, la contadora: ¿de qué viven si el Estado no paga? ¿Cómo se cancela la luz, el teléfono, el internet, la página web?
Que la academia sobreviva —que haya publicado el Diccionario Académico de Ecuatorianismos, una obra monumental de 10 mil acepciones, y que haya celebrado el año pasado sus 150 años— se debe únicamente a la tenacidad de sus miembros y al sacrificio de su personal.
Pero no es digno, señor presidente.
Porque un país que no paga a quienes honró como sus máximos representantes culturales con el premio Espejo o que incumple obligaciones asumidas en tratados internacionales, no comete solo una falta administrativa.
Comete un acto de vergüenza moral.
Y esa vergüenza, señor presidente, tiene un nombre: abandono.
Por eso se lo pido —no por ellos, que han demostrado ya más grandeza que cualquiera de nosotros— sino por la dignidad del Ecuador: ordene que se acabe ese abandono.