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El Chef de la Política

Reducir las desigualdades

Santiago Basabe

Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"

Actualizada:

09 feb 2026 - 05:55

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Cuando el francés Alexis de Tocqueville cruzó el charco para descubrir los secretos de la democracia en Estados Unidos de América no pensó que sus conclusiones se podían resumir en una sola oración. El vigor y temple del régimen republicano instaurado por los migrantes ingleses tenía una causa fundamental: la igualdad con la que se observaban mutuamente las personas. Tocqueville planteaba, por tanto, que las sociedades en las que las asimetrías económicas, sociales y culturales se reducían, incrementaban las posibilidades de afianzar la convivencia democrática. Conjetura simple, pero a la vez profunda.

De lo dicho, Tocqueville derivaba a otra afirmación igual de poderosa e incisiva: el tránsito de súbditos a ciudadanos no solo conlleva una declaración formal de derechos y obligaciones, necesaria pero insuficiente para propiciar una sociedad de orden y progreso. Dicho de otro modo, un catálogo de normas dice poco o nada, por sí mismo, respecto a la salud del régimen democrático. Con maestría, el polímata francés pretendía colocar en la arena del debate público la idea de que los diseños institucionales tienen que ser vivos y reflejar lo que la gente es en la realidad. En otras palabras, no hay que dar a las personas las mejores leyes sino las que pueden cumplir, como diría Montesquieu.

En los Estados Unidos de América, apunta Tocqueville, la gente se reúne. Desde niños, se juntan para emprender en conjunto. Hay sindicatos, gremios, espacios de expresión de jóvenes, de artistas, de artesanos, de deportistas. Los norteamericanos no necesitan del Estado para hacer y proponer. Por el contrario, toda actividad cívica está encaminada, al final, a contener los posibles excesos de quienes detentan el poder político.  En definitiva, la igualdad permite la asociación y la asociación da luz verde para que la democracia florezca. Así, la gran lección del monumental libro de Tocqueville, “La democracia en América”, es que, sin combatir las asimetrías de diversa naturaleza, todo esfuerzo por mejorar la calidad de las decisiones públicas que tomamos las personas es infructuoso.

  • Sin ciencias sociales y humanidades, el cambio no llegará

La desigualdad en la distribución del ingreso, observada a través del índice de GINI, nos da un referente empírico de cómo andamos en Ecuador. Al respecto, los últimos datos del Banco Mundial nos colocan como uno de los países de América Latina con sociedades donde la desigualdad es un problema de fondo. Solo Colombia y Brasil nos superan con creces. En sencillo, acá hay un grupo pequeño, pequeñísimo, de personas que tienen ingresos muy altos y otro, mayoritario, que mes a mes pasa muchos apuros para subsistir. No es cuestión de atacar la prosperidad económica, a la que por el contrario hay que incentivar, es cuestión de evitar que las asimetrías se tornen tan groseras que la posibilidad de un mercado eficiente se pierda entre la bruma de la incapacidad para tomar decisiones racionalmente orientadas. Es Adam Smith y la “simpatía”. Es Rawls y la justicia como imparcialidad.

La desnutrición crónica infantil ofrece otro ángulo de análisis respecto a la desigualdad del país. En ese tema, junto a Bolivia, Honduras y Guatemala, somos de los que peores resultados presenta en América Latina, a juzgar por el índice global del hambre (GHI, por sus siglas en inglés). No se puede exigir un voto consciente, tampoco masa crítica y menos una sociedad activa cuando 17,7% de los niños ecuatorianos menores de cinco años sufren retraso en el crecimiento. No se puede esperar que políticos oportunistas o impostores disfrazados de estadistas cundan en la arena política nacional con esos niveles de injusticia social.

*** 

Si de acuerdos nacionales se trata, reducir nuestros vergonzosos niveles de desigualdad podría ser un buen punto de partida. Aunque por razones ideológicas pueden diferir los medios para conseguir que las brechas en la distribución de los ingresos se acorten o que la desnutrición crónica infantil descienda, tener temas de política pública en los que haya consenso ayudaría mucho, demasiado, en realidad. Otra vez: mientras no ocurra un cambio que favorezca a observarnos en el nivel, la libertad seguirá siendo una entelequia. Mientras nos refocilemos en nuestras injusticias, nos mantendremos como una sociedad en la que todos los animales son iguales pero algunos animales son más iguales que otros, parafraseando a Orwell en “La rebelión en la granja”.

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