De la Vida Real
A solas con mi abuela
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
Mientras pelaba los chochos con mi abuela para la fanesca, el tiempo se detuvo. Oírla me llevó a contemplarla.
Ella, tan ella, con las manos igualitas a las mías: chiquitas, muy chiquitas, y gorditas, muy gorditas.
La miraba agarrar un chocho y con fuerza sacarlo de la cáscara hasta que el agua salpique y caiga donde pueda.
Hablaba y me contaba que nunca fue buena en la cocina, y yo caía en cuenta de que no tengo ningún recuerdo de ella cocinando.
"Cuando en casa de mamá hacían fanesca, las empleadas pelaban hasta las alverjas. Me llamaban que ayude y yo salía corriendo. No me gustaba la cocina", me decía, y yo me la imaginaba a ella tan guapa, tan esbelta, tan elegante, con cola de caballo, jugando en el jardín.
Mi abuela ya confunde las historias, repite una y otra vez las anécdotas.
Y yo la contemplo. Ella no se ha olvidado ni un solo nombre y me reclama por qué no les llevé a mis hijos. Desde que soy mamá, mi abuela me ha repetido que lo mejor que tengo son mis hijos, y me dice que no le gusta que vaya a visitarla sin ellos: “A tus chiquitos los cargué desde el día que nacieron, tienes que traérmelos para verles crecer”.
Me reclama y luego me cuenta de cuando nació mi tío Martín: "El doctor Arias me dijo que no va a crecer mucho, que le ponga al sol. Y vele, ahora es un gigante. A los niños hay que ponerle al sol”.
Después pide que le pase una toalla porque no le gusta sentir los brazos mojados. Usa una técnica muy poco estética para pelar los chochos.
Pero yo la contemplo, la miro, y ese momento me da paz.
Mi abuela siempre me dejó claro que no soy su nieta favorita. Cuando le llamaba por teléfono, contestaba: "Aló, ¿con quién hablo?". "Con su nieta preferida, Pepé". Y ella me decía: "Gabrielita, qué lindo oírla".
Pero esa tarde sentí que ella me quiso. Me contaba que cuando era joven hacían una olla gigante de fanesca y en la cocina no paraban de sacar frituras. "Cada empanada era rellenada con queso y cebolla blanca, una delicia que ni te cuento. Tú ya no has de probar esos potajes. Esas cosas ya no se hacen porque toman mucho tiempo prepararlas", me decía mientras se limpiaba el otro brazo con el limpión de cocina.
El tazón de chochos de mi abuela estaba casi lleno, y todo a su alrededor mojado del agua que salpicaba. Yo apenas tenía medio tazón.
Me quedé horas mirando sus ojos cafés claros, y me fijé en lo cortitas que son sus pestañas. Nunca había notado ese detalle.
Me empezó a doler la espalda. Mi abuela me dijo que a su edad no le duele nada.
Y me fijé en sus dientes: estaban raros. Los observé tanto que esa tarde ella me confesó un secreto: "Estoy usando dientes postizos desde hace una semana. Me sacaron todos los propios y me pusieron estos que se fijan con una pega espantosa que además es rosada. Ahorita mis dientes son mi novelería", me dijo, riéndose, para que yo le siga contemplando.
No sé cuánto tiempo pasamos juntas, no sé cuántas historias nos contamos. Solo sé que esa tarde la tuve frente a mí y me pude fijar en cada lunar de su cara.
Le dije: "Usted y yo solo tenemos parecidas las manos". Y ella me respondió: "Manos que nos han quedado para pelar estos chochos. Qué mudas que somos, era de haber mandado a comprar los que ya venden pelados".
Y pensé: qué bueno que no se compraron chochos pelados, porque nunca hubiera tenido esa tarde con mi abuela, a solas.
Sequé la mesa de la cocina, boté las cáscaras, le ayudé a lavarse las manos y nos sentamos a tomar un té de manzanilla, aunque las dos en ese momento hubiéramos preferido una copa de vino tinto. Las dos estábamos agotadas: ella por haber vivido 96 años, yo por todo lo que cargo a diario a mis 43.
Mi abuela me cogió la mano y me dijo: "Chiquita, yo la adoro. ¿Vendrá mañana a comer fanesca? Pero eso sí, me los traes a mis chiquitos, y ojalá yo pueda comer con esta dentadura nueva que mira, sí está bien pegada. No se me ha caído en toda la tarde, y eso que hemos conversado bastante “.
Le di un beso en la frente y ella se despidió con un “hasta mañana, chiquita y gracias por venir a visitarme”. Miré mis manos, son exactas a las de ella, y sonreí.