De la Vida Real
Un país en horario extendido de violencia
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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He visto todas las series de narcos. Todas. Por fascinación y por curiosidad, por tratar de entender cómo se cuenta ese mundo desde la pantalla. La única que no vi fue La reina del sur, aunque seguí, cual agente encubierto de la CIA, la historia real de Kate del Castillo, el Chapo Guzmán, los mensajes, las reuniones, esa línea borrosa entre ficción y vida real. Todo me sabía.
Vi también series malas, mal actuadas, hechas solo para vender morbo, sin contexto ni profundidad. Aun así, nada de eso se compara con lo que estamos viviendo ahora. La diferencia es simple: antes apagabas la tele y se acababa. Hoy no. Hoy lo vivimos en tiempo real y en horario extendido a nivel nacional.
Lavado de dinero a gran escala, robos millonarios, fugas improvisadas, modelos vinculadas con narcos, mujeres jóvenes metidas en redes que las usan como fachada, como trofeo o como escudo. Algunas salen invictas. Otras no. Algunas desaparecen. Otras aparecen muertas. La violencia dejó de ser excepcional. Ahora se comenta como el clima o el tráfico.
Sicariato, extorsión, masacres. Palabras que antes helaban la sangre y hoy circulan con una naturalidad que asusta. Y detrás de todo eso, vínculos entre política, justicia y economías ilegales. En una atarraya sin comienzo ni final, enredada, que pesca lo que puede.
El problema no es solo el narcotráfico nacional ni las rutas de la droga. Hay algo más estructural: un sistema legal que, en la práctica, favorece la impunidad. El delincuente sabe que probablemente saldrá rápido, que una detención no significa mucho, que el riesgo es bajo y la ganancia enorme. En ese contexto, delinquir deja de verse como algo extremo. Se vuelve una opción posible. Para algunos, incluso lógica.
Al mismo tiempo, estamos normalizando convivir con narcos. No con la violencia directa, sino con sus símbolos: los carros, los viajes, las casas, las fiestas, las historias de ser millonario lo más rápido posible.
Las redes sociales juegan un rol clave. Un like es una forma de validación. Un corazón es una señal de aprobación. Mientras más reacciones, más normal se vuelve. Esa plata viene de extorsión, de muerte y de corrupción, pero se presenta como esfuerzo, suerte o inteligencia. Y muchos compran ese relato sin hacerse demasiadas preguntas.
No es solo un problema legal. Es social. Sabemos de dónde viene ese dinero, pero miramos a otro lado y aceptamos sus invitaciones. Compartimos mesas en restaurantes lujosos.
Llevamos a nuestros hijos a los mismos colegios. Vivimos en las mismas urbanizaciones. Nos decimos que no es asunto nuestro, que mientras no nos metamos no pasa nada. Pero sí pasa. Porque al aceptar, al callar, al convivir sin incomodarnos, ayudamos a que ese sistema se sostenga y se normalice.
Debería existir un rechazo claro a esa validación social. No desde el discurso moral ni desde una supuesta superioridad ética, sino desde la responsabilidad. No aceptar estar entre “ricos de dudosa procedencia”, porque sabemos que su riqueza viene del crimen organizado. No ir a sus fiestas. No viajar con ellos. No normalizar su presencia. Los clubes, los colegios y los espacios privados deberían marcar límites. No todo dinero es bienvenido. No todo lujo merece admiración.
Hay muchos jóvenes que son usados para lavar dinero. Algunos por ambición, otros por necesidad. Manejan carros que no pueden justificar cómo los compraron, viven en lugares que no podrían pagar, muestran una vida que parece ideal. A cambio, entregan su libertad. Salir de ahí no es fácil. Hay amenazas, seguimientos y miedo constante. A veces, muerte. Lo que empieza como un atajo termina siendo una trampa. Pero en una sociedad que premia la apariencia, ese riesgo parece, para algunos, aceptable.
Las cárceles dejaron de ser solo lugares de encierro. Son centros de operación. Desde ahí se ordenan asesinatos, se cobra extorsión y se manejan territorios. El Estado llega tarde, mal o no llega. A veces responde con operativos espectaculares que duran poco. Otras veces guarda silencio. Un silencio que pesa.
Los noticieros ya no maquillan nada. Informan lo que hay. Y lo que hay es un país atravesado por economías ilegales que se cuelan en la vida diaria.
Decir que somos un narcoestado ya no suena exagerado. Es una sensación que se instala cuando todo empieza a parecer normal. Ese es el mayor peligro: la normalización. Para seguir viviendo, convertimos el horror en rutina. Igual que con las series de narcos, seguimos mirando, esperando el próximo capítulo, mientras la vida real se desangra fuera de la pantalla y los vacunadores terminan con los negocios y las vidas de quienes trabajan con honestidad.