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Análisis

El oro y la paradoja de un activo milenario que vuelve a estar en el centro del mercado

Refugio, barómetro, casus belli... Son muchos los símiles que los expertos en economía utilizan para adornar la narrativa de lo que por sí mismo no necesita adornos: el Oro. Ese dichoso metal es, por excelencia, el activo del miedo, la respuesta emocional al caos, el refugio cuyo valor se eleva cuando todo lo demás cae.

Oro puro que fue colocado sobre la arena negra

Oro puro que fue colocado sobre la arena negra

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Canva

Autor:

Paulina Gordillo Tejada

Actualizada:

10 abr 2026 - 05:55

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En el año 2000, el economista Peter Bernstein sugirió, en su libro ‘El poder del oro, la historia de una obsesión’, que el metal precioso había sido relegado a la periferia financiera como un vestigio de un pasado romántico y bárbaro. Sin embargo, un cuarto de siglo más tarde, el mundo parece haber contradicho su epitafio, pues la fascinación ancestral que egipcios, cañaris o incas nos legaron está hoy más vigente que nunca.

Desde 2025 y en pleno 2026, su cotización no solo ha escalado con fuerza, sino que ha batido más de cincuenta máximos históricos, experimentando una rentabilidad del orden del 55% interanual y rompiendo la barrera de los USD 5.000 por onza.

Un rally que no se detiene

El epicentro de esta obsesión se sitúa en febrero de 2022, cuando el G7 elevó las sanciones contra Rusia por la invasión a Ucrania, congelando unos 300.000 millones de reservas en dólares y excluyéndola del sistema financiero de Occidente.

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Las lecciones aprendidas por otros Estados, sobre todo por los que conforman el bloque de economías emergentes denominado BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), fueron, por un lado, que sus reservas en dólares poseían una vulnerabilidad sometida a los designios de Washington y, por otro, que lo realmente estratégico sería acumular oro como cobertura contra el riesgo geopolítico. 

Si en 2015 el oro representaba el 10% de las reservas mundiales, en la actualidad esa cifra ha superado el 20%: “Más de 1.000 toneladas de oro –informaba el Consejo Mundial del Oro- fueron acumuladas en cada uno de los últimos tres años”, una notable diferencia si se compara con periodos anteriores, en los que el promedio anual de toneladas acumuladas por los bancos centrales no superaban las 500.

El diagnóstico del analista de datos Paul Hoffman, publicado en el portal BestBrokers.com, revelaba datos clave como que Polonia, acuciada por el temor de ser la próxima Ucrania, se puso a la cabeza del ranking global de compradores de oro por segundo año consecutivo, con 82,67 toneladas. Países como Kazajistán, Brasil o Turquía aparecen también en los primeros puestos de compras.

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Y a pesar de que China figura en el quinto lugar del podio, la realidad es que el país asiático es el verdadero factor dominante en esta nueva fiebre dorada. Gran parte de la demanda mundial proviene de allí, aunque muchas de sus compras ni se declaran ni se incluyen en los registros del Consejo Mundial del Oro (WGC, en sus siglas en inglés).

Un artículo publicado por la revista TIME en octubre del año pasado, afirmaba que, en 2024, el Banco Popular de China “compró de forma encubierta 630 toneladas de oro”, acumulando más del doble de las 2.280 toneladas que declara oficialmente, una cifra sospechosamente baja, teniendo en cuenta que el país asiático es el mayor productor de oro del mundo: solo el año pasado refinó alrededor de 400 toneladas e importó alrededor de 1.300. 

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Se sabe también que el Banco Popular de China ha repatriado una buena cantidad de los lingotes físicos que tenía en las bóvedas de Nueva York y Londres y la ha trasladado a Hong Kong como parte de una estrategia para transformar el mercado del oro desde cero. Su plan incluye convertir a esta poderosa metrópoli financiera en un centro regional de almacenamiento y comercio del metal precioso para, entre otros objetivos, influir directamente en su precio.

Instintos primarios

Pero no todo el oro que se mueve pasa por las manos de los bancos centrales o los grandes inversores institucionales. La historia ha demostrado infinidad de veces que el metal noble, más que ningún otro recurso, despierta los instintos primarios vinculados a la seguridad y a la riqueza y que, a pesar de ser muchas veces irracionales, dictan una gran parte de los movimientos del mercado.

Así, un grueso importante de la demanda actual llega en forma de ETF, un tipo de fondos cotizados respaldados en oro físico, que permiten a cualquier persona comprar una fracción desde su smartphone sin necesidad de salir de su casa.

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“La participación de los inversores en las compras de oro se duplicó el año pasado hasta alcanzar el 35% a nivel mundial”, apuntaba el experto en mercados emergentes Ruchir Sharma en un artículo publicado en febrero en el Financial Times, advirtiendo que este cambio en la demanda está alterando el cálculo real de su valor.

En 2025 y según datos del WGC, las entradas en estos fondos sumaron 801 toneladas métricas, una cifra impensable hace años y tras la cual subyace, entre otras causas, lo que los analistas llaman FOMO (Fear of Missing Out) o miedo a quedarse fuera. 

No se trata de una acción impulsada por el pánico, aunque tampoco de una decisión estrictamente racional; es más bien una sensación, magnificada por las redes sociales y el trading de que algo está pasando, de que el mundo se mueve y que uno tiene que moverse con él. El oro, además de ser el commodity  de los que buscan refugio, actúa como el activo de los que no saben muy bien dónde meterse, pero que sí tienen claro que no quieren ser simples espectadores.

Analistas como Gustavo Cuesta, magíster en Economía Pública y docente en la Universidad de las Américas de Quito (UDLA), coinciden en señalar que ese “algo” que tiene en vilo a los inversores está muy relacionado con la política internacional desplegada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Su estilo rompedor del statu quo de las relaciones internacionales ha terminado por desatar una crisis de credibilidad institucional inédita que ya se venía cocinando desde la crisis financiera de 2008.

“El dólar se está convirtiendo en una moneda de alta volatilidad, un activo muy riesgoso para otros inversionistas”, afirma Cuesta en una entrevista para GESTIÓN. “Estados Unidos se ha caracterizado por una política económica y monetaria de alguna manera estable y, ahora, llega un presidente que inyecta una dosis de incertidumbre cada semana. Muchos de los picos de los últimos meses del oro coinciden con las decisiones que ha tomado Trump”.

El Barómetro de Confianza Edelman de 2025 revelaba un mundo que “lidia cada vez más con la  desconfianza institucional generalizada”. Y cuando la erosión institucional de los sistemas monetarios tradicionales y del gobierno hegemónico comienza a hacerse evidente, el oro actúa como escudo. “La gente pone su confianza en el oro porque es una especie de activo neutral”, recuerda Cuesta.

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Se pueden imprimir billones de dólares con solo pulsar una tecla, pero el metal de los metales posee la terquedad de la materia, de lo tangible. No puede ser sancionado ni “apagado” y su valor no depende de la firma de un presidente impulsivo e impredecible.

“Nos quedan tres años de gobierno de Trump y es muy probable que el oro siga subiendo a pesar de una guerra como la de Irán”, señala. Un conflicto en la que contraintuitivamente, el precio del oro experimentó un discreto descenso, porque, entre otras causas, el foco se giró hacia el otro commodity que, en situaciones límite, pone en jaque al mundo: el petróleo.

Casus belli

Una de las consecuencias más graves de esta reciente voracidad por el oro es el aumento de la minería ilícita. Porque si para los inversores y los gobiernos el oro es un activo refugio, para mineros clandestinos su valor compacto y la dificultad para rastrear su origen lo convierten en la herramienta perfecta para el lavado de activos.

Al respecto, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) advirtió que el crimen organizado alrededor de las cadenas de suministro de oro se ha convertido en una de las grandes amenazas globales.

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Se calcula que solo en Ghana, el principal exportador de oro africano, operan en la ilegalidad más de 50 mil buscadores de oro chinos. En Sudán, el acceso a las reservas de oro es uno de los principales factores para la descrita como “peor crisis humanitaria del mundo” (más de 150 mil víctimas y alrededor de 12 millones de desplazados).

En varios países sudamericanos como Brasil, Colombia, Perú o Ecuador, la minería ilegal de oro, además de devastar el entorno natural y poner en peligro a las comunidades, ha mostrado su cara más aciaga con la narcominería.

En un diagnóstico publicado por Primicias a mediados del año pasado, Jackeline Beltrán señalaba que aunque era difícil precisar cuánto dinero mueve el crimen organizado en Ecuador, “hay datos que permiten tener una idea de la magnitud del problema. En 2022, el Viceministerio de Energía informó que la minería ilegal representaba al año entre USD 800 millones y USD 1.000 millones”.

La presidenta de la Cámara de Minería del Ecuador, María Eulalia Silva, afirmaba en una entrevista que el fenómeno de la minería ilegal “se afinca en jurisdicciones con institucionalidad pobre o débil”. Un libreto que “se va repitiendo de forma parecida país por país y, por eso, no es retórica decir que una de las mejores formas de parar el avance de la minería ilegal es fomentando la minería responsable”.

Y aunque reconoce que “es un reto durísimo para cualquier gobierno” y aplaude la reforma de la ley minera aprobada el pasado febrero, insiste que para garantizar una plena seguridad jurídica y un mayor control frente a la ilegalidad, “el Ecuador necesita un plan estratégico de Estado sobre los recursos geológicos a mediano y largo plazo. Un plan nacional entre gobierno, industria, academia y sociedad civil”. “Hay cosas que son urgentes y otras que son importantes”, puntualiza. “Quizá esto no sea extremadamente urgente pero sí es importante, porque tenemos los recursos debajo de nuestros pies”.

Época de los cuentos de hadas

Hay una lectura más: la de la fiebre del oro actual como el último bastión de la humanidad contra la digitalización total. Un acto de rebelión silenciosa donde el ser humano, sintiéndose deshumanizado y vulnerable por la tecnología, busca refugio en el metal más antiguo y honesto que conoce, un bastión psicológico que le conecta con la realidad física en un mundo cada vez más etéreo. Su inmutabilidad ofrece una sensación de estabilidad y permanencia que el vértigo tecnológico actual no puede ofrecer.

 “En un mercado alejado de los fundamentos y movido por un número creciente de historias aleatorias, es difícil saber qué narrativa es  real”, reflexionaba Sharma, confesando su creciente escepticismo ante este fenómeno, porque cuando muchas personas entran en el refugio, el refugio deja de ser seguro. 

Lo que sí queda claro es que cuando el futuro se tambalea y el ser humano parece perder la brújula, la civilización siempre vuelve a aquello que puede tocar, pesar y esconder.

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