Las remesas de los migrantes se volvieron un pilar de la balanza de pagos del Ecuador
Ecuador recibe cada año miles de millones de dólares enviados por sus ciudadanos en el exterior. Detrás de cada transferencia hay una familia que sobrevive, una hipoteca que se paga y una economía que se sostiene.

Mujer contando billetes de USD 100
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En el análisis de la economía internacional, la Balanza de Pagos representa el termómetro más completo de la posición financiera de un país frente al resto del mundo. Registra cada transacción, cada flujo de capital, cada dólar que entra y cada dólar que sale. Para economías pequeñas y dolarizadas como la ecuatoriana, este registro no es solo un ejercicio contable, es el mapa que revela sus fortalezas estructurales y sus vulnerabilidades más profundas.
Ecuador ha logrado mantener superávits consecutivos en su Cuenta Corriente durante los últimos años, alcanzando cifras históricamente elevadas, USD 7.042,5 millones en 2024 y USD 7.698,0 millones en 2025. A primera vista, estos números sugieren una economía externamente robusta, capaz de generar más ingresos del exterior de los que gasta en él. Sin embargo, una lectura desagregada de los componentes que sostienen ese resultado conduce a una conclusión diferente y, en cierta medida, compleja desde el punto de vista de la política económica.
Las remesas de trabajadores no son un componente marginal de la Balanza de Pagos ecuatoriana, sino el principal soporte del Ingreso Secundario. Entre 2018 y 2025, su saldo neto explica casi la totalidad de ese rubro, por lo que la posición externa del país muestra una alta dependencia estructural de estos flujos. Sin remesas, el Ingreso Secundario se reduciría drásticamente y en algunos años incluso sería deficitario.
La evolución de la Cuenta Corriente ecuatoriana
La Cuenta Corriente es el componente más observado de la Balanza de Pagos. Recoge los intercambios de bienes y servicios entre un país y el resto del mundo, así como los flujos de ingreso primario e ingreso secundario, donde se contabilizan las transferencias unilaterales, entre ellas las remesas.
En el caso ecuatoriano, los resultados recientes publicados por el Banco Central del Ecuador (BCE), resultan llamativos en términos históricos. Tras años de oscilación entre déficits y modestos superávits, el país registró USD 2.490,7 millones en 2023, seguido de un salto cualitativo hasta USD 7.042,5 millones en 2024 y USD 7.698,0 millones en 2025.
Estos resultados, sin embargo, no se explican únicamente por el dinamismo exportador del país ni por una mejora estructural de su competitividad internacional. La balanza de bienes, aunque positiva, ha mostrado una tendencia menos estable: en 2025 alcanzó USD 6.360,6 millones, pero con exportaciones e importaciones que crecieron de manera simultánea.
La balanza de servicios permanece consistentemente en terreno negativo, con un déficit de USD 2.081,4 millones en 2025. Y el ingreso primario, dominado por el pago de utilidades, intereses y remesas de inversión hacia el exterior, registró un déficit de USD 3.612,8 millones ese mismo año.
En ese contexto de déficits transversales en otros componentes, el superávit de la Cuenta Corriente solo puede sostenerse gracias a un factor determinante: el ingreso secundario y, dentro de él, de forma preponderante, las remesas de trabajadores.
El Ingreso Secundario como columna vertebral, remesas frente a otras transferencias
El Ingreso Secundario de la Balanza de Pagos recoge las transferencias corrientes entre residentes y no residentes. A diferencia del ingreso primario, estas transferencias no tienen contraprestación directa: son recursos que se transfieren sin intercambio de bienes ni servicios. En el caso ecuatoriano, este componente ha sido positivo y creciente, impulsado de manera decisiva por las remesas de trabajadores.
Los datos del BCE para el período 2018 a 2025 muestran una evolución sostenida del saldo neto del Ingreso Secundario: de USD 2.408,9 millones en 2018 a USD 7.031,7 millones en 2025, lo que representa un crecimiento acumulado de casi el 192% en apenas siete años.
Pero lo verdaderamente significativo no es la magnitud del ingreso secundario, sino su composición. El crédito total de este componente, es decir, lo que Ecuador recibe del exterior por transferencias corrientes, alcanzó USD 8.253,4 millones en 2025. De ese total, las remesas de trabajadores representaron USD 7.729,5 millones, equivalente al 93,6% del crédito total. Las otras transferencias corrientes, incluyendo ayuda oficial, donaciones institucionales y transferencias entre entidades gubernamentales, apenas sumaron USD 523,9 millones.
En el lado del débito, lo que Ecuador transfiere al exterior totalizó USD 1.221,7 millones en 2025, con USD 442,0 millones correspondientes a remesas enviadas por extranjeros residentes en el país, principalmente migrantes colombianos, venezolanos y peruanos.
El saldo neto de remesas en 2025 fue de aproximadamente USD 7.287,5 millones. Sin ese flujo, el Ingreso Secundario pasaría de un superávit de USD 7.031,7 millones a un déficit de alrededor de USD 258 millones. Y la Cuenta Corriente colapsaría desde un superávit de USD 7.698,0 millones a un déficit estimado superior a los USD 5.000 millones.
La conclusión es matemáticamente incontestable, aunque las exportaciones siguen siendo la principal fuente bruta de divisas del país, las remesas han adquirido un papel decisivo en la sostenibilidad del saldo externo, al compensar déficits en otras subcuentas de la balanza de pagos.
Una década de crecimiento ininterrumpido
La magnitud actual de las remesas no es un fenómeno súbito. Es el resultado de una trayectoria de crecimiento sostenido que se aceleró de manera notable desde 2020, impulsada por la profundización de la migración ecuatoriana al exterior, especialmente hacia los Estados Unidos.
Los registros del BCE documentan con precisión esta evolución. En 2017, Ecuador recibió USD 2.840,2 millones en remesas de trabajadores. En 2018, ese monto creció un 6,7%, alcanzando USD 3.030,6 millones. El ritmo se mantuvo moderado hasta 2020, cuando las remesas sumaron USD 3.337,8 millones con un crecimiento del 3,2%, sorprendentemente resistente en plena pandemia de COVID-19, demostrando la solidez de la diáspora ecuatoriana incluso en contextos adversos.
El punto de inflexión llegó en 2021, cuando las remesas crecieron un extraordinario 30,7%, pasando de USD 3.337,8 millones a USD 4.362,4 millones en un solo año. El crecimiento continuó con firmeza: 8,7% en 2022 con USD 4.743,5 millones, 14,8% en 2023 con USD 5.447,5 millones, 20,1% en 2024 con USD 6.539,8 millones y 18,2% en 2025 con USD 7.729,5 millones.
En ocho años, las remesas se multiplicaron por 2,72%. Ningún otro componente del ingreso externo ecuatoriano ha mostrado una dinámica comparable en el mismo período. Este crecimiento no puede disociarse del aumento de la emigración ecuatoriana, fenómeno que se intensificó a partir de 2021 en respuesta a la inseguridad interna, la falta de empleo formal y la percepción de escasas perspectivas económicas en el país.
Estados Unidos como fuente dominante y el rol de Europa
Comprender la estructura geográfica de los flujos de remesas es fundamental para evaluar la sostenibilidad de este pilar externo. Los datos del BCE sobre remesas recibidas por país de origen revelan una dependencia concentrada, con Estados Unidos como fuente absolutamente dominante.
En el cuarto trimestre de 2025, de los USD 2.016,2 millones recibidos, USD 1.574,6 millones, equivalentes al 78,1%, provinieron de Estados Unidos. España aportó USD 282,6 millones correspondientes al 14,0%, Italia USD 37,4 millones con el 1,9% y el resto del mundo USD 121,5 millones con el 6,0%.
En términos anuales, la tendencia es igualmente clara. En 2025, Estados Unidos representó USD 6.010,1 millones del total recibido, frente a USD 1.088,0 millones de España, USD 152,6 millones de Italia y USD 478,8 millones del resto del mundo. La supremacía de Estados Unidos como fuente de remesas no ha hecho sino acentuarse en los últimos años, en paralelo con la intensificación de la migración ecuatoriana hacia ese país.
Esta concentración geográfica entraña riesgos sistémicos evidentes. Una desaceleración económica en Estados Unidos, un endurecimiento de las políticas migratorias o una reducción del empleo en los sectores donde se concentra la mano de obra migrante ecuatoriana, como la construcción, los servicios y la agricultura, podría reducir significativamente el volumen de remesas en un período corto, con consecuencias directas sobre la Cuenta Corriente y la liquidez de miles de hogares ecuatorianos.
Los datos del Banco Central del Ecuador para el período 2018 a 2025 son inequívocos: sin las remesas, el Ingreso Secundario sería negativo y la Cuenta Corriente, hoy exhibida como señal de fortaleza externa, registraría un déficit de magnitud considerable.
El crecimiento ininterrumpido de las remesas, que pasaron de USD 3.030,6 millones en 2018 a USD 7.729,5 millones en 2025, refleja tanto la profundización de la diáspora ecuatoriana como la capacidad de resiliencia de los migrantes ante contextos adversos. Sin embargo, este dinamismo no puede ser leído únicamente como una virtud. Es también el síntoma de una economía que expulsa talento, que no genera suficiente empleo de calidad y que ha terminado por depender de la generosidad de sus ciudadanos más vulnerables para sostener su equilibrio externo.
El reconocimiento honesto de esta dependencia estructural es el primer paso hacia una política económica que tome en cuenta tanto la protección de los migrantes como la necesidad impostergable de construir un modelo de desarrollo que no descanse sobre el sacrificio de los que se van, sino sobre las oportunidades de los que se quedan.
(*) Economista, analista económica Gestión Digital.
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