El ecuatoriano que da empleo a casi 80 personas en España: Así descifró el estricto negocio de las franquicias
Deivy Elizalde se metió con intensidad en el mundo de las franquicias en Madrid. En un entorno rígido, donde la empresa dueña de la cadena decide hasta el mínimo detalle, este ecuatoriano ha sacado adelante dos locales de la firma 100 Montaditos. Con ellos da trabajo a unos 80 empleados, sobre todo migrantes latinoamericanos.

Deivy Elizalde, migrante ecuatoriano que decidió entrar al mundo de las franquicias españolas, en uno de sus locales en Madrid.
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Soraya Constante
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MADRID. Deivy Elizalde era el único ecuatoriano en un grupo de 40 personas que acudieron a una reunión informativa sobre la franquicia española 100 Montaditos, una de las más extendidas del país. Entre los asistentes había algunos extranjeros —cuatro venezolanos y un colombiano—, todos con el objetivo de invertir. Deivy, en cambio, iba a aprender cómo funcionaba ese negocio. El costo de esa decisión empezaba alto: 45.000 euros (USD 53.105) solo para reservar el derecho de entrada.
La escena tuvo algo de filtro silencioso: quién parecía inversor y quién no. “Nos prestaron poca atención. Tuvimos que ir nosotros a pedir la información. Te sentías menos, como que no confiaban en que podíamos abrir un local”, recuerda. En ese momento, Deivy no tenía ni 30 años. Aun así, decidió quedarse. Apostó más de 300.000 euros (USD 354.000), firmó un contrato de diez años y entró en el sistema. “Buscábamos algo que no fuera comida nuestra”, explica. “Una franquicia para aprender cómo funcionan las franquicias”. Eligió una de las más consolidadas del mercado español, propiedad del Grupo Restalia, que ha convertido un modelo de bajo coste en una red internacional.
Para hacerlo, tuvo que aprender rápido a tratar con bancos. Puso como aval el negocio de comida ecuatoriana que había levantado su familia y los ahorros que reunió trabajando como taxista. “En España, si no vives con préstamo, no sales adelante jamás”, dice.
Antes de abrir su propio local, pasó por un proceso de formación que funcionaba como una inmersión acelerada en el negocio. Durante quince días recibió clases teóricas, seis horas diarias, sobre gestión, contabilidad y operación. “Aprendimos cosas que no teníamos ni idea”, recuerda. Después vino un mes de prácticas en un local de la propia franquicia: jornadas completas, turnos desde primera hora de la mañana y trabajo operativo sin remuneración. “Fuimos a trabajar gratis prácticamente”, resume.
El modelo está diseñado para estandarizar el aprendizaje. “Es una especie de escuela y está muy bien hecho”, cuenta. Esa es una de las fortalezas de la franquicia: ofrece procedimientos claros, reduce la incertidumbre y ordena el proceso. Pero no elimina el riesgo.
El mundo de franquicias: poner el dinero y aceptar las reglas
El primer local abrió en otoño de 2016, junto a Madrid Río, uno de los principales reclamos turísticos de la capital. Durante los primeros meses, el negocio respondió, incluso en una zona donde este tipo de restaurantes suele depender de la estacionalidad. “Éramos una novedad en el barrio y nos fue muy bien al principio”. Ese arranque reforzó la idea de que el modelo funcionaba.
Sin embargo, entrar en una franquicia también implica aceptar una estructura rígida. “Ellos se ocupan de toda la adecuación del local, tú lo único que tienes que hacer es poner el dinero”, explica. En la práctica, eso significa asumir costes elevados y poco margen de decisión. “La decoración es una barbaridad. Todo cuesta muchísimo dinero”.
Cada elemento tiene un precio fijado dentro del sistema, desde la obra hasta los detalles más pequeños. “Un cartelito puede costar 5.000 euros”, dice. La lógica es clara: pagar por la uniformidad de la marca, por replicar un modelo que ya funciona en otros lugares.

El modelo de 100 Montaditos exige una inversión que puede oscilar entre los 180.000 y los 400.000 euros (USD 212.400 y 472.000). A eso se suma un royalty mensual del 7% sobre las ventas. La empresa centraliza la elección del local, el diseño y la operación, en una red que supera los 400 establecimientos en España y que tiene presencia en casi 20 países.
Para Deivy, ese 7% no es una cifra abstracta. “En verano puedes vender 70.000 euros al mes y de ahí se van más de 5.000 en royalty”, explica. En algunos casos, el pago a la marca supera incluso el alquiler del local. Además, el control es total. “Todo va por su sistema. Si no pagas, te lo cortan”, cuenta.
La presión es inmediata. “Si se devuelve el recibo, en dos días no puedes vender”, explica. El sistema se bloquea y el negocio se paraliza. “Me ha pasado”, admite y cuenta que ha tenido que hacer los cobros a mano para no detener la actividad.
Una segunda apuesta
A pesar de esas condiciones, un año después decidió escalar. En 2017 abrió un segundo local junto a su hermana, en el barrio de Tetuán, al norte de Madrid. La lógica era replicar el modelo. “Ya sabíamos a qué nos teníamos que atener”, dice. En este caso tuvieron algo más de margen: buscaron el local por su cuenta y gestionaron parte de la obra.
En paralelo, intentó diversificar con otra marca del mismo grupo: The Good Burger. Abrió un local en un centro comercial en San Sebastián de los Reyes y lo mantuvo durante cuatro años. Cerró en noviembre del año pasado. “La marca se estaba muriendo”, dice. Solo en Madrid, calcula, cerraron entre 15 y 20 locales en un año.
Las pérdidas se acumularon y sintió que volvía al punto de partida. “No pierdes el miedo hasta que fracasas”, afirma. El modelo promete estructura, pero no inmunidad. La ubicación, la gestión y el contexto siguen marcando la diferencia. “Tienes que saber dónde te metes”, resume. Porque abrir no es lo más difícil. Sostenerlo es otra cosa. “Vendes, vas al banco, inviertes otra vez y vives endeudado”, dice.
A pesar de todo, no hay un discurso de retirada. “Así como fui valiente para intentar, también lo soy para seguir”. Mantiene una nómina de casi 80 trabajadores, sobre todo de Latinoamérica. “Son 77 dolores de cabeza todos los días desde las ocho de la mañana hasta que te acuestas”, dice entre risas.
Ahora que sus contratos de 10 años están llegando a su fin, su salida de la franquicia se perfila más como un cierre de ciclo que como una retirada. Su objetivo no era quedarse, sino entenderla: aprender su lógica, sus reglas y sus límites. Para, en algún momento, trasladar ese conocimiento a un proyecto propio, esta vez vinculado a la comida ecuatoriana, como ya intenta con la cadena La Perla del Pacífico.
Deivy vuelve a aquella sala donde apenas le prestaron atención y sabe que el objetivo se cumplió. Entendió cómo funciona por dentro una franquicia: sus reglas, sus límites y sus riesgos. El costo fue alto, pero se lleva sin factura el aprendizaje.
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