El ecuatoriano que cantaba boleros en el Metro de Madrid y ahora hornea pan de Ambato en la panadería que nunca cierra
Walter Villegas dejó su guitarra y los vagones del Metro de Madrid para levantar Croquipan, un negocio familiar en Puente de Vallecas que no cierra al mediodía ni se toma las tradicionales vacaciones de agosto. "Lo nuestro no es industrial, lo nuestro es artesanal", dice, con convicción, este ecuatoriano nacido en Pelileo.

Walter Villegas, migrante ecuatoriano en Madrid, dueño de la panadería Croquipan, en el sur de Madrid.
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Soraya Constante
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MADRID. En una franja amarilla en la ventana de Croquipan se lee "auténtico pan Ambateño", así, con mayúscula. Dentro, el mostrador confirma la promesa. Aparecen tapados, enrollados, cachitos, llorones y empanadas de queso que los clientes señalan con una familiaridad que acorta la distancia. "Deme dos euros de pan", dicen algunos, como si estuvieran en Ecuador y no en Madrid. Detrás del mostrador está Walter Ramiro Villegas Pico, pelileño de nacimiento. Un hombre de 68 años que llegó solo a España en 2000 y que, antes de ponerse con el pan de su tierra, pasó años recorriendo con una guitarra los vagones del Metro de Madrid.
Walter habla del pan con conocimiento, pero cuando recuerda sus años de cantante cambia la intensidad. Se señala la garganta y habla de ella como su riqueza. En Ecuador era Ramiro Villegas, su nombre artístico, y el pasillo era su terreno. Cuando emigró no llegó pensando en convertirse en albañil ni en montar un negocio. "Yo vine directamente a lo mío, a hacer música", recuerda. Madrid se convirtió pronto en un escenario distinto y el pasillo ecuatoriano cedió terreno al bolero, a Los Panchos y a las baladas que podían reconocer pasajeros de distintas nacionalidades. "El bolero es el que me dio de comer aquí", asegura.
Y le daba para vivir bien. Walter calcula que en cuatro o cinco horas podía ganar entre 15.000 y 20.000 pesetas al día, mientras un peón de la construcción cobraba entre 3.000 y 5.000. Había llegado además con una frase que le había dejado su representante en Ecuador. "En el extranjero, el que sabe tocar y cantar, ese nunca se muere de hambre". Durante años pareció cumplirse. También hubo días difíciles. Todavía recuerda cuando un guardia de seguridad del metro lo expulsó y le rompió la guitarra, una "decepción enorme" que hoy coloca entre los gajes del oficio. Nunca ha dejado de considerarse cantante profesional y mantiene decenas de canciones publicadas en YouTube.

Soltar la guitarra para 'agarrar' estabilidad
Pero la música no podía darle acceso a los ansiados papeles. Walter había dejado en Ecuador a su hija adolescente y le prometió regresar para celebrar sus 15 años. No pudo cumplirlo. Podía salir de España, explica, pero sin documentación no tenía garantizado el regreso. La promesa incumplida dejó una frustración en ambos y lo obligó a replantearse una vida que, económicamente, le funcionaba. Cantar podía darle más dinero que muchos empleos formales, pero no el contrato ni las cotizaciones que necesitaba para regularizarse y reunir a su familia.
Así comenzó otra etapa. Consiguió un contrato en la construcción y trabajó para cotizar a la Seguridad Social y renovar su documentación. Cambió los vagones y la guitarra por un empleo menos libre, pero que le permitía construir su permanencia legal en España. En 2005 pudo finalmente traer a su hija y regularizar la situación de la familia. Si primero había vivido de la voz, a partir de entonces empezó a ganarse el futuro con las manos.
Su esposa también terminó emigrando. En Ecuador había desarrollado su carrera en el sector financiero y se jubiló en la cooperativa San Francisco de Ambato. Los dos habían instalado además una pequeña panadería en su casa, más como afición que como proyecto empresarial, de modo que la harina y los hornos ya formaban parte de su historia mucho antes de Croquipan. En Madrid, ella empezó desde abajo hasta conseguir un puesto en el Banco del Austro, que durante un tiempo intentó captar clientes en España.

Ese trabajo terminó acercándolos a la panadería que años después sería suya. Walter ya era cliente de Croquipan, pero fue su esposa quien estrechó la relación con la propietaria original, una ecuatoriana de Pujilí, a la que conoció mientras buscaba clientes para el banco. Con el tiempo, las dos familias se hicieron amigas. Cuando los propietarios decidieron regresar a Ecuador en 2013, surgió la posibilidad de comprar el establecimiento. Pagó 60.000 euros (USD 69.513) y formalizó el traspaso a su nombre. Después de la música y la construcción, regresaba así a un oficio que ya conocía desde Ecuador.
El sabor de Ambato en el sur de Madrid
Croquipan llevaba años abierta en Puente de Vallecas cuando Walter se hizo cargo y mantuvo como especialidad el pan de Ambato. En noviembre llegan también las guaguas de pan y la colada morada. Hacen tartas por encargo y hasta prepara chochos en el sótano. Walter reivindica la elaboración artesanal y algunos ingredientes de su receta, como la manteca de cerdo. "Lo nuestro no es industrial, lo nuestro es artesanal", repite, una frase que también aparece en los folletos que reparte por el barrio.
Walter tiene otra regla que considera fundamental. Croquipan no se toma vacaciones en agosto y tampoco cierra al mediodía. Cuando se le pregunta si baja la persiana durante el verano madrileño, responde sin dudarlo. "No, no, yo nunca cierro". Solo recuerda una excepción, la pandemia, y porque, precisa, lo obligaron a hacerlo.
En una ciudad donde muchos comercios reducen horarios, cierran durante parte de agosto o interrumpen la jornada al mediodía, él decidió hacer lo contrario. Croquipan abre al público a las nueve de la mañana y continúa de corrido hasta la noche. "Ese es el triunfo del negocio", sostiene. Para Walter, el cliente debe encontrar la puerta abierta cuando decide ir a comprar.

Mantenerla abierta ha tenido un precio. Durante años comenzó a trabajar alrededor de las cuatro y media de la madrugada y llegó a encadenar jornadas de unas 15 horas. Ahora ha reducido el ritmo y suele marcharse alrededor de las dos o tres de la tarde, cuando su hija toma el relevo. Ella se ocupa prácticamente de todo, aunque cuenta con ayuda para elaborar el pan, y es quien previsiblemente continuará con el negocio cuando su padre se jubile.
Así pasó de ser la adolescente que se quedó en Ecuador esperando a que Walter volviera para sus 15 años a la mujer que comparte con él la panadería en Madrid. Él abre por la mañana y ella continúa por la tarde. Su esposa ha regresado a Ecuador y pasa temporadas allí, y Walter también piensa en volver algún día. Tiene casa y habla de la jubilación como el momento en que podrá regresar sin empezar otra vez desde cero. "Quiero ir allá, a estirar los pies y no tener que pensar", confiesa.
Pero todavía no ha llegado ese momento. Por ahora, Walter sigue llegando cada mañana a Croquipan y, unas horas después, deja el mostrador en manos de su hija. Algún día será ella quien abra sin esperar ese relevo. Él estará entonces en Ecuador y la panadería seguirá haciendo lo que lleva años haciendo en Vallecas. Mantener encendido el horno, no cerrar en agosto y servir pan de Ambato a quien entre pidiendo, simplemente, "dos euros de pan".
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