La fiesta de San Isidro también es tricolor: los migrantes ecuatorianos que abrazan las tradiciones madrileñas como propias
En una celebración central de la cultura de Madrid ya no solo se reparten tortilla de patata y rosquillas; hoy conviven el pan de yuca, el corviche y niños ecuatorianos vestidos de chulapos. Para migrantes como Gabriela y Lesly, celebrar al patrón de Madrid es el reflejo de una adaptación profunda.

Gabriela y Lesly, dos ecuatorianas, junto a sus hijos nacidos en España, disfrutan de la tradición de San Isidro, en Madrid, el 15 de mayo de 2026.
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Soraya Constante
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MADRID. ¿Tortilla de patata con o sin cebolla? Gabriela Toledo lanza la pregunta mientras reparte platos sobre una manta extendida en la Pradera de San Isidro. Lleva vestido de chulapa ajustado hasta las rodillas, mantón de Manila sobre los hombros, pañuelo blanco en la cabeza y claveles rojos en el pelo, el símbolo tradicional de las mujeres casadas. A simple vista podría pasar por una madrileña más en la fiesta más castiza de la capital. Pero Gabriela nació en Ecuador y llegó a España con apenas 13 años.
A su alrededor, además de las tortillas para todos los gustos, hay lomo, pan, bebidas y también pan de yuca y pan de jamón venezolano. La escena resume bien lo que hoy es San Isidro: una romería madrileña atravesada por las migraciones de quienes han hecho de Madrid su casa.
Cada 15 de mayo, más de un millón y medio de personas acuden a la Pradera de San Isidro para celebrar al patrón de la ciudad, San Isidro Labrador, un campesino venerado por su fe y por los milagros que la tradición le atribuye. El más conocido es el de los bueyes, que cuenta que mientras él rezaba, unos ángeles araban el campo por él. Pero la fiesta gira especialmente alrededor del agua del santo.
La tradición sostiene que San Isidro hizo brotar un manantial golpeando una roca con su vara para calmar la sed de su amo y que también logró salvar a su hijo de caer a un pozo haciendo subir el nivel del agua. Desde entonces, miles de madrileños peregrinan cada año hasta la ermita para beber el agua de la fuente, a la que se le atribuyen propiedades curativas y hasta milagros relacionados con la fertilidad o la buena suerte.
Las fiestas de San Isidro, la máxima expresión del casticismo madrileño, mezclan desde hace siglos fervor religioso y verbena popular. En la pradera conviven las rosquillas del santo —las tontas, listas, francesas o de Santa Clara—, la limonada madrileña, las gallinejas, las familias sentadas sobre mantas y el sonido de los organillos mientras algunas peñas bailan chotis. El baile, aunque hoy parezca inseparable de Madrid, nació en el centro de Europa y fue adoptado por la capital en el siglo XIX.

También sobreviven símbolos castizos como los trajes de chulapo y chulapa. Ellas llevan vestido entallado, mantón y pañuelo blanco; ellos, chaleco, pantalón oscuro, pañuelo al cuello y la clásica parpusa de cuadros. Hasta los claveles tienen su propio código: dos blancos para las solteras, dos rojos para las casadas, uno de cada color para las prometidas.

Ecuatorianos acogieron la celebración
Gabriela lleva años repitiendo esa tradición. Primero llegó con sus padres y su hermano; ahora acude con su marido, Óscar Sánchez, y con su hija Triana. “Yo llevo viniendo desde adolescente. Lo típico es subir, caminar, ver el pasacalles y tomar el agua del santo”, cuenta. Este año no pudieron acercarse a la fuente por la cantidad de gente, pero ella recuerda una anécdota que ya forma parte de la mitología familiar: “Hubo un año que le pedí a San Isidro quedarme embarazada y al año siguiente nació mi hija”.
Óscar, el único español del grupo, tampoco nació en Madrid. Su familia llegó desde Córdoba y conoció a Gabriela por internet, cuando Messenger todavía era la forma más moderna de enamorarse. Hablaron durante casi dos años antes de verse en persona. Él sabía desde el principio que ella era ecuatoriana y asegura que la mezcla cultural nunca ha sido un problema. “Nos hemos adaptado bien. Lo que más me gusta de la cultura latina es que te abren las puertas y te dan todo lo que tienen, aunque sea poco”, explica.

La familia aún no ha podido viajar a Ecuador; primero llegó la pandemia y después nació Triana. Pero Óscar sí se ha acercado a las tradiciones del país de su esposa. Recuerda especialmente el Inti Raymi celebrado en el parque de El Retiro, rodeado de migrantes ecuatorianos. “Me pareció muy bonito”, dice.
Junto a ellos hay otra pareja formada por Lesly Cedeño, ecuatoriana, y José del Valle, venezolano, que llevaron pan de yuca ecuatoriano y pan de jamón venezolano a la mesa del picnic. “Como somos mezcla, traemos un poco de todo”, cuenta Lesly mientras vigila a su hijo vestido de chulapo con chaleco ajustado, pañuelo blanco y parpusa de cuadros.

Aunque vive en Madrid desde los cinco años, reconoce que no suele acudir a la pradera. Su padre emigró primero y tiempo después llevó a España al resto de la familia. Ella creció aquí, estudió aquí y hoy siente la fiesta como algo propio, aunque admite que la multitud le abruma. “Ahora que soy madre vengo menos porque esto es muy caótico y los niños se pueden perder”, dice.
El lenguaje, un detalle clave en la integración
La adaptación de estas familias también pasa por el lenguaje. Tanto Gabriela como Lesly aseguran que en casa intentan moderar los modismos latinoamericanos para facilitar la integración de sus hijos en España. En el hogar de Lesly y José, por ejemplo, han dejado de usar palabras como “patilla”, la forma venezolana de llamar a la sandía, para evitar que su hijo Alex se líe entre distintos términos.
“Entre nosotros hablamos como sea, pero con él intentamos hablar más como aquí”, explica Lesly. Ella misma reconoce que sesea mucho y que empezó a corregirse cuando vio que su hijo imitaba su pronunciación. “Queremos evitarle problemas al escribir o incluso que le hagan bullying”, admite.
En casa de Gabriela ocurre algo parecido, aunque a veces es su propia hija quien la corrige. “Se me escapan palabras de Quito y Triana me dice: ‘mamá, eso no se dice aquí’”, cuenta entre risas. Como exprofesora, Gabriela cree que la pronunciación influye directamente en cómo los niños aprenden a escribir. Para ambas familias, adaptarse al habla madrileña no significa renunciar a sus raíces, sino facilitar que sus hijos crezcan plenamente integrados en el lugar donde han nacido o crecido.
En la pradera, entre mantones, música castiza y olor a parrilla de los quioscos instalados para la verbena, Madrid parece funcionar como una ciudad capaz de absorber acentos sin perder sus tradiciones. O quizá transformándolas un poco. Porque en las fiestas de San Isidro ya no solo se reparte tortilla con o sin cebolla: también corviches que se integran al menú de familias mezcladas y niños que llevan por dentro los países de donde vinieron sus padres.
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