Galicia, la tierra de llegada en España para una pequeña comunidad ecuatoriana que echó raíces junto al mar
Cerca de 900 ecuatorianos viven en Galicia, la comunidad del noroeste de España. Es un grupo de migrantes que lleva más de dos décadas construyéndose y que vive especialmente en las provincias de La Coruña y Pontevedra.

Juan Francisco, Miriam y Rodrigo. Un quiteño, una ibarreña y un lojano. Tres historias ecuatorianas en Galicia, zona de España que ha acogido a una pequeña comunidad de migrantes.
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LA CORUÑA, ESPAÑA. Juan Francisco se sumerge siempre con su máscara de Aya Huma, la deidad andina de dos caras que simboliza la dualidad y la resistencia. Bajo el agua, el gesto funciona como una declaración de principios de Aya Huma Diving, el emprendimiento con el que sueña y cuyo logo —la máscara expulsando burbujas sobre la bandera internacional de buceo— ya tiene patentado. Mientras esa empresa toma forma, trabaja en una escuela de buceo de La Coruña gracias a su título de Dive Master, el primer escalón profesional de una carrera que espera llevarlo a convertirse en instructor, organizar expediciones a Galápagos y, algún día, entrar al Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil.
Este quiteño de 34 años llegó a España en 2018 y ya le ha dado tiempo para nacionalizarse e invertir sus apellidos —Rodríguez Caicedo— para usar primero el materno, que le resulta más curioso y poco común en España. Su regularización, sin embargo, no fue sencilla. Tras acabar sus estudios tuvo problemas con extranjería y la renovación de permisos porque el trabajo que encontró no estaba relacionado con el máster que había cursado. La solicitud le fue denegada en dos ocasiones hasta que su entonces pareja, una ciudadana española, le propuso hacerse pareja de hecho. “Era lo más fácil”, recuerda. Gracias a esa unión, que duró cinco años, consiguió la residencia como familiar de un ciudadano de la Unión Europea y más tarde aceleró su nacionalización para ampliar sus posibilidades laborales dentro de Europa.
Este ingeniero de petróleos vino para cursar un máster de administración de empresas. Escogió La Coruña por la simple razón de que era lo más barato que encontró en España. “No tenía mucho presupuesto”, resume. Tampoco sabía demasiado del lugar al que aterrizaba. “No sabía ni qué era Estrella Galicia (la cerveza), ni qué era Inditex (empresa dueña de la marca Zara). No sabía nada”. Ni siquiera sabía que en Galicia se hablaba gallego o que esta región había sido históricamente tierra de emigrantes: se calcula que cerca de dos millones de personas salieron de Galicia entre el siglo XX y comienzos del XXI, sobre todo hacia América Latina.
Cuando acabó el máster consiguió empleo en una tienda de bicicletas gracias a su inglés y allí sigue todavía, aunque ahora divide las jornadas entre ese trabajo y el mar. El buceo empezó mucho antes de Galicia. Empezó en Galápagos, en 2017, durante un viaje familiar. “Estábamos haciendo snorkel y de repente el guía bajó unos ocho o diez metros. Ese momento me fascinó”. Después vio a unos buzos rodeados de tiburones martillo. “Dije: ‘Wow, los buzos están tranquilitos con los tiburones’. Desde ahí dije: ‘Quiero bucear’”.

El sueño terminó desarrollándose en el Atlántico gallego, un sitio menos paradisíaco, pero mucho más exigente. “El agua aquí está a 14 grados y hay mala visibilidad”, explica. Según su testimonio, bucear allí es como “aprender a manejar en Guayaquil”. Si uno sobrevive a eso, luego puede desenvolverse en cualquier parte.
Una comunidad ecuatoriana presente
Pero su historia no es solo la de un ecuatoriano persiguiendo un sueño submarino. También retrata una comunidad pequeña y dispersa que lleva más de dos décadas construyéndose en Galicia.
Según el Instituto Galego de Estadística, 867 ecuatorianos están registrados en la comunidad autónoma, especialmente en las provincias de La Coruña y Pontevedra, ambas marcadas por la relación con el mar. La presencia en Ferrol resulta particularmente llamativa. Allí, donde la Armada española mantiene uno de sus enclaves históricos más importantes, varios hijos de migrantes ecuatorianos terminaron integrándose en las Fuerzas Armadas.
España abrió formalmente el acceso de extranjeros al Ejército en 2002, tras el fin del servicio militar obligatorio. La medida buscaba cubrir la falta de personal y permitió el ingreso de ciudadanos de países latinoamericanos y Guinea Ecuatorial por sus vínculos históricos y lingüísticos con España. Muchos jóvenes latinoamericanos encontraron en la milicia una vía de estabilidad, ascenso social y nacionalización.
Uno de ellos fue el ecuatoriano Rodrigo Cajamarca. Llegó a Ferrol en 2002, con 15 años, después de que sus padres emigraran desde Loja buscando mejores oportunidades. Su madre encontró empleo como interna en una casa vinculada al mundo naval y así la ciudad gallega terminó entrando en el mapa familiar. Para Rodrigo, el aterrizaje fue un choque de idioma, horarios y costumbres. “Aprendí gallego a base de estudiarlo y posteriormente la familia de mi novia que habla en gallego, yo lo iba escuchando y he aprendido poco a poco”, recuerda.

La Armada, sin embargo, ya formaba parte de su imaginario mucho antes de cruzar el Atlántico. Un primo suyo pertenecía a la Marina ecuatoriana y de niño le fascinaban los uniformes y las historias de navegación. Ferrol terminó haciendo el resto. En 2007 se alistó y empezó, como él mismo dice, “en lo más bajo que puede empezar alguien, siendo un aspirante a marinero”. Con el tiempo ascendió a cabo y en 2013 superó las oposiciones para formarse como suboficial. Hoy es sargento primero de la Armada española.
Su especialidad es la mecánica naval. En las fragatas supervisa motores, turbinas, generadores eléctricos y sistemas esenciales para la vida a bordo, desde las calderas hasta la producción de agua potable. “El suboficial es el responsable de que todo esté en perfecto funcionamiento”, explica.
La vida militar también lo llevó mucho más lejos de lo que imaginó cuando llegó adolescente a Galicia. Ha navegado por el norte de Europa, el Mediterráneo, Sudamérica y la costa africana de Guinea. Mientras habla, su barco está navegando en uno de sus ejercicios rutinarios. “He tenido el gusto de cruzarme con gente de habla inglesa, francesa, holandesa, alemana”, enumera. Cuando mira hacia atrás todavía recuerda “a un marinero asustado entrando a una escuela de formación”. Ahora forma parte de las fragatas F-100 Álvaro de Bazán, algunas de las más modernas de la flota española.
Historias como la suya se han ido diluyendo en las estadísticas. Muchos hijos de migrantes ecuatorianos se nacionalizaron y hoy cuentan oficialmente como españoles.
Una asociación de ecuatorianos
Quienes sí mantienen viva una estructura comunitaria visible son asociaciones como Amespa (Amigos en España), fundada en La Coruña en 2004 por Miriam Pantoja, una de las migrantes ecuatorianas más veteranas de Galicia.
“Nací orgullosamente en Ibarra”, responde esta mujer de 62 años que llegó a España tras estudiar filología rusa y alemana en Ucrania y terminó instalándose en Galicia por el azar laboral hace 26 años. Desde entonces ha trabajado en empresas privadas y actualmente es funcionaria de la Xunta (el gobierno de Galicia) tras aprobar un concurso de méritos.

La asociación de ecuatorianos empezó trabajando, sobre todo, con sus compatriotas, aunque después se amplió a otros latinoamericanos y migrantes eslavos. Miriam habla ruso y eso terminó convirtiéndose en una herramienta inesperada de ayuda comunitaria. Cuando comenzó la guerra en Ucrania colaboró como profesora voluntaria de Cruz Roja durante los primeros meses de llegada de refugiados. Todavía hoy, cuenta entre risas, sus compañeros de oficina recurren a ella cuando aparece alguien que no puede comunicarse en español. “Empiezan a gritar: ‘¡Miriaaam, necesitamos tu ayuda!’”.
También habla inglés, gallego e italiano, y entiende alemán. Desde Amespa ha acompañado durante más de dos décadas a migrantes que necesitaban orientación con papeles, traducciones o simplemente alguien que les explicara cómo empezar de nuevo en Galicia.
Porque la historia de los ecuatorianos en Galicia ocurre lejos del ruido de las grandes comunidades migrantes de Madrid o Barcelona. Aquí son pocos y están dispersos entre puertos, astilleros y ciudades lluviosas. Algunos terminaron sobre fragatas militares cruzando océanos; otros encontraron en el Atlántico gallego el lugar perfecto para aprender a bucear. Muchos, simplemente, construyeron una vida.
Y aunque al principio Galicia les pareció distante —por el idioma, el clima o esa lluvia tan del norte— varios terminaron reconociendo algo familiar en esta tierra marcada por el mar, la migración y la costumbre de marcharse lejos para buscar futuro.
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